Jueves 29 de septiembre de 2016,
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Historia de un amor viajero

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RELATO / La tragedia, narrada de boca de una anciana, que provoca los celos: un engaño y un crímen

Mis queridos lectores y lectoras,

Desde hace algún tiempo estoy trabajando en un libro, cuyo título es ‘Por qué ellos no nos saben amar’.

Esto se debe a que constantemente oigo las quejas de mujeres de todas las edades.

Las más frecuente de estas quejas son, por ejemplo: “No hay hombres”, “los hombres ya no se quieren casar”, “solo se me acercan hombres casados”, “Mi novio- mi marido, no me comprende”, “creo que mi esposo- novio tiene otra relación”, “la mayoría de los hombres son gay o bisexuales, me da pánico contraer una enfermedad”.

En fin, la mayoría de las mujeres que me leen conocen tan bien como yo la cantidad de cosas de las que se quejan la mayoría de las mujeres. Pido perdón por no incluirme en esa larga lista, pero yo, en lugar de quejarme, intento comprender a los hombres y los enseño a ‘amarme’ como yo quiero ser amada.

Sé que se mueren curiosidad por conocer mis secretos, pero la verdad es que me llevó años darme cuenta de ‘Por qué ellos no nos saben amar’.

Cuando encuentre un editor, digno apreciador de las letras que brotan de como tinta de mis venas, y publique mi libro, podrán leer y aprender todos mis secretos. Estoy más que segura que los hombres también quedan extasiados y querrán aprender el verdadero arte amatorio.

Por ahora, no diré más, pero pueden tener la seguridad de que tengo mucho que contar.

Mientras, les regalo está bella historia, que escribí hace varios años.

Está basada en una traición y la reacción de un hombre ante el engaño de su amada.

Espero la disfruten, tanto como yo la disfruté al escribirla.

Por favor, comenten y voten, participen.

He aquí mi relato:

[blockquote]

Historia de un amor viajero

Ahora que el tiempo cubre las sienes de mis cabellos y que como hilos de plata se asoman queriendo recordar el tiempo, y ahora, que mi lerdo andar va camino del entierro, vienen a mi mente viejos recuerdos.

Han pasado ya muchos años, más de veinte -según creo-. Todos esos años los he vivido en esta casa y cada noche oscura, con brisa y sin luceros, me he asomado al balcón que ha sido como un punzón que ha atravesado mi pecho.

Esa noche soplaba el viento, no se veía la luna con su mágico destello, tampoco alcanzaba a mirar el resplandor de un lucero.

No puede borrar mi memoria esta historia que es un cuento.

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Eran casi las doce, cuando inquieta buscaba un abrigo para cubrir mi cuerpo.

Esa noche conocí a un hombre alto, delgado, de andar sereno, que vestido de patiquín se paseaba por mi pueblo.

La primera vez que lo vi fue de lejos, casi no distinguí ese su andar sereno.

Se paró junto al farol que está cerca de la plaza, en la esquina del lamento.

Fue allí donde lo vi por primera vez desde lejos.

Andaba yo de ventanas y de balcones quietos, pasando un malestar de dolores de esos que comen por dentro.

Lo miraba desde mi balcón y me pareció que lloraba en el borde de un pañuelo.

Se me pasó hasta el dolor que llevaba en mis adentros.

Sentí lástima del hombre que lloraba como un necio.

Me detuve en el balcón sin lámpara y con un velo.

Lo miraba desde lo alto sollozar cual niño ingenuo.

Luego él miró para arriba como buscando el cielo.

Pasó el sereno diciendo, como si se sintiera triste o enfermo:

-Son las doce, todo quieto.

Respiró el hombre como conteniendo el tiempo.

No entendí por un momento, cuando calló de repente en el empedrado suelo, con su cabeza gacha casi se besaba el pecho.

Pensé, que su tambaleo era producto de un mal aire, ya que soplaba el viento.

Un pobre ebrio quizás, un borracho forastero.

Era como un hombre cansado, hambriento de algún apartado pueblo.

A lo mejor se cayó, porque la noche era oscura y no se asomaba ni un lucero.

O quizás se trataba tan solo… de un pobre y triste ciego.

Se levantó de repente, como sujetándose el pecho, luego corrió hasta el zaguán de mi casa, bajo el refugio de aleros…

entre jazmines y flores, tras la higuera de aquel huerto…

que era como un lugar escondido entre ramas de sauces viejos.

El hombre estaba allí, debajo de mi balcón, que era ahora el refugio de sus ruegos,

haciendo de aquel un lugar de refugio… entre los nardos de aquel lugar secreto.

No me moví,

puse la mano en mi boca para evitar escapase un suspiro, que cual susto quería salir risueño.

Por un momento sentí a mi corazón latir por el miedo del momento.

Pasó un tiempo, pero me quedé allí, aguantando en el frío de la noche oscura sin estrellas, ni luceros.

De repente

se oyó un sollozo que se escapaba del alma de aquel hombre,

Era como un sollozo, lleno de angustia, de tristeza…

Sentí el desgarrar de su voz, como si fuera un lamento.

Empezó a hablar aquel hombre, como si se confesara en aquel lugar secreto.

– ¿Por qué…?, ¿por qué…?

Dejó oír de repente como en un susurro quedo.

Me senté entonces despacio, evitando a cada paso hacer algún ruido indiscreto.

En mi quieta hamaca que colgaba bajo techo, apreté mi cara a la almohada mullida, con una inquietud curiosa que me quitó hasta el sueño.

Volvió a decir aquel hombre con voz ronca de barítono discreto:

– ¿Por qué, amor mío, me has despreciado así, como si yo fuera un perro…?

¡Y con mi mejor amigo, has compartido el lecho…, que era tan solo nuestro!.

Casi salto de la hamaca cuando oí todo aquello, pero me mantuve allí, más quieta que palo seco…

Continuó aquel hombre entonces como si contara un cuento, con esa trágica historia que hoy todavía recuerdo.

Decía aquel hombre sombrío, desde el escondite ajeno:

– Cuando salí esta mañana de casa me despediste con un beso, me deseaste un buen día y me diste tu pañuelo…

– Me volví para decirte que no me esperaras hoy porque el viaje era lejos y de múltiples encuentros…

– Tú sonreíste entonces y me dijiste:

– Te quiero.

– Yo besé tu pañuelo y lo apreté fuertemente contra mi pecho.

– Tú me viste partir y me saludaste con tu mano desde lejos.

– Cuando me alejaba en el coche, sólo pensaba en lo mucho que te quiero, en lo que hablamos anoche cuando te pedí un hijo para sentirme completo.

– Tú tan solo respondiste:

– ¡El mandado ya está hecho…!

– De pronto recordé que hacía más de dos meses yo no entraba en aquel santuario que era para mí tu cuerpo. Desde entonces no te tocaba, por aquello de tu malestar interno y aguanté todo ese tiempo, sólo besando tu cuerpo. Adorando cada instante en que yacías junto a mi pecho…

– Cuando volviste a decir:

– ¿No me oíste…?

– ¡…El encargo está completo!

– ¡Por Dios!

– Sólo atiné a decir.

– ¡Ahora sí es verdad que estoy completo!

– Te tomé entre mis brazos, te besé por todas partes hasta llegar a tu vientre, sellando mi gratitud…, de este mi gigantesco amor estampándote mis besos.

– Así partí esta mañana llevándome tu pañuelo…

– Con el corazón lleno de gozo por aquello que dijiste.., en la quietud tardía de aquel mágico momento.

– ¡Me arrojaste los mendrugos de tu amor…!

– ¡Te hice mía…!

– Con cada caricia decía que te amaba,

– con cada beso te adoraba.

– … Y tú, ninfa mía, suspirabas, suspirabas…

– ¡Ya poco o nada importa lo que leerse pudiera…

– en las imprudentes sábanas de intimidades sueltas..

– donde te hablara mi amor…

– a lo invisible unido y de lo carnal liberto..!

– Eras el centro de mi amor, la flama y la esperanza misma.

– Ando ebrio de dolor en esta noche oscura, lánguida y fría,

– pero cuando el sol levante sus destellos… este infructífero amor,

– en mi alma hará un hueco, profundo, oscuro, sin la salida dolorosa que significa para mí como hombre… tu traición… tu afrenta… y este dolor tan intenso…

– Yo sé que el final no espera y que a la postre, llega la terquedad quimera de todos mis sueños rotos.

– De cada final surge un principio… como cada flor del tallo arrebatada… efímera es su forma y su fragancia misma… de mis espinadas manos heridas de tu amor… que me acariciaba en vano… y me juraba su amor…

– Fue pecado y maldición de tu oquedad inmunda.

– Igual la espina hiere en mis manos sudorosas,

– pero el sacrificio absuelve la trémula fragancia de los tímidos placeres…

– entre los olores confundidos… como el que despide la sangre de mis manos que fue río.

– ¿Por qué volví esta tarde…?, si yo era tan feliz…, cuando lejano de ti, te creía como un templo.

– Lleno de amor por ti, cantaba como gorrión que vuela al nido risueño, en mis manos…, una flor, una rosa para marcar el momento.

– Entré a nuestra casa…, ese nido…, con el que soñaba cada noche, cuando sólo y sin ti… solo pensaba en estrecharte en mis brazos… y cubrirte con mis besos…

– Entré tranquilo, sereno…

– pero de repente mi corazón se detuvo de terror…

– cuando te encontré en el lecho… desnuda…

– con tus manos alborotabas tus largo cabello…,

– te oí gemir…

– Ya no recuerdo más que tu trémula expresión…

– se me nubló la razón… sintiendo tan solo dolor… se encendió mi mente… y sus llamas me quemaban… como si vinieran del averno.

– Todo fue rápido… y solo quedó grabada en mi mente… la escalofriante escena de aquel dantesco hecho.

– De pronto oí salir de su garganta un grito, lleno de espamto, horror… odio… y la más profunda impotencia…

– ¡Juan era mi amigo… y tu cuñado…!,

Y llorando dijo:

-…¡Malditos…, malditos sean…!

Continúo diciendo aquel hombre, mientras yo… me llevaba ambas manos a mi boca:

– Yo estaba allí… de pie… me hice sombra…

– Ví a mi hermano Juan, cuando tocándote el vientre, mientras que con su granuja expresión…,

– lo oí decir de repente: “¡a este hijo sí lo quiero!”.

– Un sordo golpe inundó la habitación…

– …cayó un cuerpo…

– Disparé mientras apuntaba a su corazón… detuve una lágrima fría que me corría hasta el pecho.

– Tú, llena de terror… ante la muda expresión… al ver mi rostro desecho, temblabas… tu rostro blanqueó ante el palidecer postrero.

– Ni un suspiro, ni un lamento salió de la habitación.

– Permanecimos así, por un tiempo callados… quietos.

– Me senté en la cama con aquel dolor intenso… te di la flor que llevaba… ya marchita y sin pétalos;

– por un momento sentí las espinas clavadas muy hondo entre mis dedos…

– me corría la sangre con la que manché tu pañuelo…

– acaricié tu rostro.. te di un mirar postrero,

– … puse mi mano en tu boca como buscando tus besos…

– Erguí mi arma… la coloqué tu en vientre… como buscando aquello que no era mío… si no ajeno.

– Disparé una vez para matar el insulto de mi amigo, de mi hermano Juan…, aquel al que creía bueno.

– Tu sangre quemó mis manos,

– … yo te veía partir sin pronunciar lamento.

– Tú, aún muda, extendías tu blanca mano como paloma en vuelo…

– … acariciaste su rostro en el trémulo momento.

– En un suspiro… pronunciaste su nombre…: “Juan…”.

– Yo, quedé lelo… impávido por un momento.

– No dije nada y le disparé a tu pecho… buscándote el corazón, donde ahora sé que de mí… allí no guardabas nada…

– Ni siguiera mi nombre… y muchos menos mis besos…

Suspiré…

dejé correr una lágrima,

cubrí mi rostro con ambas manos…, y agité mi cabeza con sordo movimiento.

En esos años de antaño…

de mis quereres furtivos,

asomada en mi balcón, vi como una ilusión partida por el desprecio, acabó con la razón, de aquel hombre alto, delgado, intenso.

Su verbo hecho flecha se me clavó en el pecho, como la daga punzante de doloroso poseso.

En su alharaca incesante, la angustia hecha canción, oí su drama de amor que con terrible voz y tembloroso del terror, contaba su triste cuento.

“¿Pero no estaba sólo el hombre?”, interrumpió el fantasma de mi sueño.

“¿A quién le contaba el cuento?”.

No lo sé, la verdad…, he imaginado por años que hablaba con Dios, con él mismo, con su alma, con el viento.

“¿Y no ha pensado nunca que él había advertido su presencia, sabría que usted le oía?”, volvió a preguntar el fantasma en la penumbra de mi sueño.

No lo sé, no me gusta pensar en eso, cuando lo hago no duermo, me remuerde la conciencia al creer que pude haber hecho algo por aquella alma triste, abatida en el infierno.

Se le inundó el rostro del llanto por lo que yo misma decía.

Se hizo un silencio…, que fue imponente.

No me pregunten más, salió de mi boca un ruego.

Ya casi termino el cuento.

El hombre no dijo mucho más, aguanté callada casi hasta el crepúsculo.

De repente, sentí un ruido.

El hombre gritó de nuevo:

– ¡Juan era mi amigo…, tu cuñado…!

– Y yo más que adorarte….

Después un silencio…

un sollozo, un llanto quedo, que lo ahogaba, pero sollozando decía:

– Te quiero… te quiero…

Otro silencio.

Dijo de repente:

– ¡Besó tu pañuelo….!

Oí el disparo… salí corriendo,

encendí la lámpara en un instante que fue eterno.

Bajé las escaleras a grandes pasos, corría con la agonía que me pesaba en el pecho.

Llegué hasta los sauces, entre nardos y helechos,

entre la higuera y la ronda de los corazones muertos,

Aquel hombre yacía recostado en el tronco del sauce viejo.

En una mano el arma sostenida por su pecho, en la otra, sostenía como puñal un pañuelo…, lo besaba como buscando los labios de su amada…

Una quimera, un recuerdo.

Me arrodillé para abrazarlo, mientras posaba su cabeza en mi regazo.

Se volvió hacia mí y con voz lánguida, me dijo: “señora, yo la amaba”.

Me incliné aún más, lo abracé dulcemente… acaricié su rostro bañado de sangre, de sudor y de lágrimas… que marcaban aquel su profundo dolor… lamento.

– Ya me voy señora… disculpe si he perturbado su sueño.

– ¿Le puedo pedir un favor…?

Dijo con un apagado aliento.

– Quiero que me entierren junto a mi amor… quimera de cruel ilusión… que sólo ha sido un vago sueño….

– Aquí… si a usted no le importa… cerca de este sauces viejos…

De pronto sentí salir de mi boca, torpes palabras que apenas podía articular: “No se preocupe que cumpliré su póstumo ruego…”.

Le traeré siempre flores de mis rosales frescos, será este humilde refugio la grita de sus anhelos…

Tomó mi mano aquel hombre para besar mis dedos… suspiró levemente, levantó su mirada al cielo… dejando escapar de sus labios un casi inaudible… “Te quiero… te quiero…”.

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