Miércoles 28 de septiembre de 2016,
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Honduras: la salida a una crisis provocada

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El final del sainete hondureño puede ser que el Parlamento actúe como juez y reinstaure a Zelaya en su cargo sin elecciones

Parece que el estrambote hondureño, casi una secuela menor del conocido género de la novela de dictador, cumple etapas. Tras la introducción y el nudo se llega a un desenlace que está casi sugerido, casi escrito, casi marcado, pero que todavía no se ha producido. Los sucesos son, a grandes rasgos, y evitando carreras de delegados, correveidiles, representantes, espías, y otras hierbas mensajeras, de la siguiente manera.

Honduras, el pequeño país centroamericano cuya capital es Tegucigalpa, estaba gobernado por un líder, Manuel o ‘Mel’ Zelaya, que había llegado al poder con fama de liberal, y que se enfrentaba a una buena cantidad de problemas sociales, de integración, de bandas, de drogas, además de los propios de la crisis económica que sacude jabs fortísimos. De repente, no sabemos si al aspirar el aroma inconfundible e injerente de Hugo Chávez, su política se ha ido convirtiendo poco a poco en más populista y demagógica, más cercana a ese grupo ALBA de Caracas-Quito-La Paz-Managua-La Habana, cuya máxima ilusión es crear un nuevo estado en América Latina, dirigido, liderado y mandado por Hugo Chávez. Parece que no pudo, no supo o no quiso resistirse al poder inmisericorde de los petrodólares de Chávez y comenzó a coquetear sin mucha duda ni ambage con este grupo, hasta el punto de que ya amenazaba con el cambio de la Constitución para eternizarse en el puesto como Chávez, con un respeto decreciente por la democracia y una tendencia a convertirse en el salvador de su patria: primer capítulo de la novela de dictador.

De esta forma, probablemente espoleados por la clase dirigente del país, y admitido por Estados Unidos, un personaje menor, un político de segunda, da un golpe de estado, asonada, o llamémosle lo que sea, que depone a Zelaya del poder: segundo episodio de la novela de dictador. Zelaya, presidente elegido por los hondureños ha de ir al exilio, se le prohíbe permanecer en Honduras bajo amenaza de ser encarcelado y establece un periplo por otros países: Costa Rica, la fronteriza Nicaragua, hasta que al final Brasil le permite ‘entrar’ a Honduras y permanecer en su embajada como medida de presión. Allí lleva más de tres meses. En este tiempo los partidarios de Zelaya han protestado en diversas ocasiones e incluso ha habido muertos en una escalada que solo un acuerdo podría finiquitar.

El gobiernucho del ‘Salvador’ Micheletti, así se llama el golpista, pretende primero enrocarse en el poder incluso estableciendo el estado de sitio y cerrando medios de información críticos. Este escenario abocaba a lo peor de las novelas de dictador: la represión, la muerte y el desencuentro con quienes apoyan la democracia internacionalmente. Sin embargo, este discurso se torna imposible con la presión internacional a pesar del silencio norteamericano. Ante lo insostenible de la situación política, se busca una salida honrosa que les evite lo que parece de libro: habrá de ser juzgado junto con sus cómplices. El final es que la única solución es que el parlamento hondureño sea el juez en la cuestión que acabará perfectiblemente con Zelaya de nuevo en el poder, sin nuevas elecciones ni renuncia por su parte.

En estos tiempos estamos. Zelaya apoyado por los países de la Organización de Estados Americanos y la

Los detractores de Zelaya le acusan de su cercanía al chavismo y de otras malas compañías

superpotencia local, Brasil, en su propia embajada está, con la opinión pública de su parte, como debe corresponder a un Presidente elegido democráticamente y retirado del poder mediante una maniobra de elementos oligarcas con la connivencia sino activa, al menos pasiva, de EEUU y con un olor de repetición del intento de golpe de estado en Venezuela en 1992, que acabó con destapar el tarro de las esencias del chavismo. Puede que éste sea el paso que nos quede: Zelaya en los brazos de Chávez y un mayor enquistamiento en la situación geopolítica en América Latina de la mano del pretendido, y para algunos sedicente, nuevo Simón Bolívar Chávez.

Este es el fin del sainete de novela de dictador que hemos vivido desde los medios: un Presidente con ínfulas autoritarias y amigos poco recomendables, una democracia golpeada por un presidente que se da la vuelta como un calcetín y por un ‘golpista’ casi setentón que destapa el poco gusto por el que piensa diferente, por la democracia y la libertad, aunque se blanda su nombre para golpearla. Unos agentes internacionales que, como en los tiempos de United Fruit, mandan más que los que han sido elegidos y, el refutar del poder de Brasil en la zona y la indolencia/duda/falta de liderazgo de EEUU en todo este entremés de la democracia. ¿La victima? La democracia de Honduras, los hondureños, la estabilidad y el derecho de éstos a ser biengobernados sin ‘tutelas’ bastardas. Los culpables: Micheletti, por felón; Zelaya, por dejarse ver con amistades poco recomendables; Chávez, por sus ínfulas de emperador tropical; EEUU por su ya casi tradicional falta de diplomacia, hasta llegar al desenlace último donde actúa como elefante en cacharrería; y la situación de creciente tensión en América Latina y de democracia vigilada.

Esperemos que termine pronto este absurdo sainete, que dice más de lo que cuenta, y no nos aboque a más episodios de injerencia, de falta de democracia eludible, de desapego por las instituciones y la voluntad popular y, por último, de una negligentísima falta de gobierno y gestión en los tiempo de mayor crisis, en uno de los países más pobres de la región.


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Fotografías: (CC) rbreve, (CC) prendio2

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