Sábado 01 de octubre de 2016,
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Hun Sen: el faraón del Angkor Wat

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A miles de kilómetros de Egipto, Hun Sen gobierna desde hace 26 años Camboya, donde el 34% de la población vive con menos de un dólar al día

En estos días de revolución árabe, el mundo mira hacia Egipto como un espejo donde los problemas de un planeta globalizado se reflejan con toda su fuerza y esplendor. Los hermanos de los faraones toman las calles pidiendo la dimisión inminente de un Mubarak que subió al ‘trono’ en 1981, después de que el antiguo Primer Ministro Anwar al-Sadat fuera asesinado. Se estima que el régimen de Mubarak mantiene a más de 17.000 prisioneros políticos en sus cárceles, en un país, Egipto, con un 26,3% de paro, y donde mientras que la mayoría de los ciudadanos que gritan hoy democracia viven con menos de 2 dólares al día, 62.000 millones de dólares han volado desde las arcas de los ‘todopoderosos’ Estados Unidos en concepto de ayuda hacia el país de Tutankamón y Nefertiti.

A miles de kilómetros de esta revolución, otro faraón llamado Hun Sen campa como quiere en un país del que es Primer Ministro desde hace 26 años, cuatro menos que su ‘amigo’ Hosni. En Camboya, el 34% de la población vive con menos de 1 dólar al día, la libertad de prensa es un sueño casi imposible y la ayuda de las naciones desarrolladas vuela en aviones privados llenos de regalos para una cúpula política preocupada solo por agrandar sus cuentas bancarias. En el año 2009, más de la mitad de la ayuda internacional se esfumó como por arte de magia sin que nadie alzara la voz, como confirma la Embajadora de los Estados Unidos en Camboya, Carol Rodley.

Mientras, en Egipto un enfermo Hosni Mubarak prepara la sucesión para que su hijo Gamal se haga con el poder. En Camboya, Hun Sen mueve las fichas para que su hijo, Hun Manet, nombrado Mayor General del ejército camboyano hace tan solo unas semanas, sea Primer Ministro el día que su ‘papá’ esté cansado de ‘gobernar’.

En el año 2009, más de la mitad de la ayuda internacional se esfumó como por arte de magia sin que nadie alzara la voz, como confirma la Embajadora de los Estados Unidos en Camboya, Carol Rodley

Aunque está claro que ‘Papá Hun’ no dejará el puesto de mando del país del Angkor Wat, como él mismo ha confirmado en repetidas ocasiones en declaraciones a los medios nacionales, la maniobra parece confirmar que Camboya se convertirá en un país dirigido por una familia que no tiene otra intención que seguir incrementando un patrimonio personal estimado en más de mil millones de dólares, y cuyas pertenencias incluyen hasta montañas en la Cuba de Fidel Castro.

El hombre que un día fue jefe de un regimiento de las tropas de los jemeres rojos de Pol Pot, se convirtió rápidamente en el Primer Ministro más joven del Mundo en aquella época. En la actualidad es el gobernante asiático que más tiempo ha estado en el poder después del Sultán de Brunei. En 2007, se atrevió a afirmar que seguiría en el poder hasta que cumpliera la edad de 90 años, aunque dos años más tarde confirmó que dejaría su ‘trono’ en el año 2023, algo que resulta difícil de creer.

Quizás Camboya estaría en una peor situación de no ser por su Gobierno. La mano dura de Hun Sen y sus políticas en pro de los negocios están acreditadas con atractivas inversiones extrajeras que pusieron a Camboya en el camino de la estabilidad y el crecimiento tras décadas de guerra. El populismo de Hun, hace que muchos camboyanos le sigan viendo como un Dios que salvó a Camboya de la barbarie de los jemeres rojos. Sus palabras son veneradas por los mayores de un país donde el 45% de la población es menor de 15 años. No es de extrañar por tanto, que en las últimas elecciones generales de 2008 ganara con la abrumadora cifra del 97% de los votos. Aunque como me confirmaron muchos de los votantes, días antes de los comicios miembros de su partido, el  CPP (Cambodian People’s Party), visitaban a los más pobres del país ofreciendo una caja de paracetamol y 100 gramos de sal a cambio de un voto que en muchos casos estaba destinado para el líder de la oposición, Sam Rainsy, condenado a 10 años de cárcel tan solo hace unos meses por hacer unos comentarios acerca de los límites fronterizos con la vecina Vietnam.

Sea como fuera el pasado, en este año 2011 la tensión vuelve a crecer en Camboya. Las nuevas elecciones se aproximan y Hun no quiere que nada pueda manchar la alfombra roja donde celebrar su victoria en unos comicios que estarán marcados por la corrupción y el miedo. De sobra es sabido en el país, que todo aquel que se atreve a opositar al Primer Ministro es silenciado sobre la marcha, como pone de manifiesto la condena a Rainsy, o las recientes noticias de la compra de espías políticos de los partidos de la oposición.

Camboya podría ser el próximo Egipto, si no fuera por ese karma budista que todo ciudadano camboyano presume tener. La idea de aceptar esta vida tal y como les ha tocado vivirla está sumiendo a este país en una crisis con consecuencias impredecibles. Mientras tanto, la cuenta bancaria de la familia Hun sigue creciendo y los bolsillos de los camboyanos se vacían de una esperanza que les fue robada hace tanto tiempo que ya ni recuerdan haberla tenido. El futuro es el único que nos dirá la verdad de un país que solo es conocido en el exterior por sus extraordinarios templos y un genocidio que acabó con casi la mitad de la población del país de la sonrisa eterna.

“El poder corrompe, pero el poder absoluto corrompe absolutamente”, antiguo proverbio camboyano.

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