Viernes 30 de septiembre de 2016,
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¿El escondite del hombre del saco?

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Este almacén de sacos es único en Córdoba

Se trata de uno de tantos oficios peculiares y, además, en peligro de extinción por los nuevos tiempos

[span class=doc]Este artículo formará parte de una serie. Al final de los próximos artículos encontrarás los enlaces a las partes anteriores[/span]

Nicanor, aunque no lo aparente, lleva ya 13 años jubilado. Antes se había dedicado a su almacén de sacos, “entre otros muchos trabajos”, como él dice.

Lo que empezó como una pequeña tienda, poco a poco fue prosperando hasta pasar del alquiler a la propiedad, y, posteriormente, a adquirir el local contiguo. El negocio de los sacos vino después. 15 años duró, hasta que se jubiló, ahora lo lleva su yerno.

Nicanor nació en Soria, pero tuvo que emigrar para buscar oportunidades. Llegó a Córdoba con 30 años. Un año después ya estaba casado y trabajando.

Su negocio se encuentra en la capital cordobesa, en el centro, en un lugar privilegiado, a dos minutos a pie de la Plaza de las Cañas, y a unas decenas de pasos más de la Plaza Corredera.

Pero las bondades de su ubicación ya no son suficientes. Antes daba de comer a una familia. De hecho, este negocio tan peculiar, que ahora es único en la ciudad, hace unos años no lo era. Nicanor recuerda al menos otros dos. “¿Qué pasó con ellos?”. Pues el primero cerró al morir su dueño, la familia no quería continuar su trabajo. El segundo cerró poco tiempo después.

Los sacos se utilizaban, sobre todo, para transportar y almacenar legumbres, grano y, sobre todo, oliva. Córdoba es la segunda provincia productora de aceite de España, y linda con la primera, Jaén (cuya producción normalmento solo es superada por la de Italia y Grecia).

Los sacos, como tantas otras cosas, han sido desplazados por otros materiales, principalmente de ‘usar y tirar’. Otros utilizan sus propios enseres de almacenaje, de materiales más resistentes, que se reutilizan casi indefinidamente. Nicanor, además de venderlos, recogerlos, entregarlos, también los reparaba. Parece ser que ya no resulta rentable. Pocos utilizan ya envases que necesiten ser reparados regularmente, como la rafia. Aunque esta semana tuvo un pedido de 80 sacos.

Su yerno se ocupa ahora del negocio, como un complemento, por supuesto, tiene otros empleos, éste no da ya para subsistir. Además, como Nicanor está jubilado, le ayuda, se entretiene, se siente útil y ocupa su tiempo. Es fácil pasear por el centro de una ciudad con tanto encanto y encontrarse con la puerta del almacén abierta y, echando un furtivo vistazo a su interior (nadie quiere ofender con su curiosidad) encontrase a Nicanor cosiendo uno de sus sacos con su antigua máquina de coser, que tiene que desconectar para poder tener una charla tranquila.

Antes había al menos otros dos negocios de almacén de sacos. El primero cerró al morir su dueño. El segundo poco tiempo después.

El local es pequeño, pero suficiente. En una de sus paredes cuelga un mapa de África, y al lado uno con las ‘recientes’ diecisiete autonomías españolas. El local de al lado, que todavía conserva, alberga una estantería llena de aceitunas cortadas, recuerdo del empleo que mayoritariamente tenían sus sacos. Planea vaciarlo. No lo utiliza y piensa que es una pena que esté inhabilitado, podría servir para poner un negocio y que una familia comiera de ello.

Sobre los trabajos que ya están en desuso, que están desapareciendo poco a poco: “Hay muchos, muchos. Igual que los pueblos, que también están desapareciendo. Yo soy de Soria y en mi comarca hace poco descubrí que habían desaparecido 20 pueblos”. Uno podría pensar que todo lo bueno desaparece.

Pero siempre quedan los recuerdos. El recuerdo de un trabajo que dio mucha faena, que no consistía solo en estar dentro de su almacén, sino que también le hizo viajar mucho: “había que entregarlos y también que recogerlos”.

Cuando su negocio cierre será el último de la ciudad, y, seguramente, no queden muchos más en el país.

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