Viernes 30 de septiembre de 2016,
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¿Hasta dónde vamos a llegar?

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OPINIÓN / La actual gestión de la crisis, que sigue a pies juntillas la doctrina neoliberal de la austeridad, nos pone ante las cuerdas y amenaza con destruir los principales cimientos de la convivencia humana

La más reciente medida criminal (no la puedo calificar de otra manera) aprobada por el PP (la de negar asistencia médica a los inmigrantes irregulares) no hace sino contribuir a estigmatizar y marginar todavía más a una población ya de por sí amenazada por graves problemas. ¿En qué lugar queda la más elemental apelación a la caridad por parte de estos autodenominados ‘buenos cristianos’? Dar cobertura sanitaria a los inmigrantes sin papeles no es un asunto que pueda medirse según criterios de rentabilidad económica. El gasto público que puede suponer la atención a estos inmigrantes es ínfimo en comparación con los indudables beneficios, no ya económicos, sino humanos, que genera la extensión del sistema a todos los habitantes del territorio nacional.

Estoy harto de que esta crisis sirva para justificar cualquier medida política destinada a recortar derechos adquiridos tras muchas décadas de durísimas luchas sociales y sindicales

A esta medida hay que sumar las otras dos que conocimos ayer: la obligación de pagar parte del coste de las prótesis y el transporte no urgente en la sanidad pública y la eliminación de la atención gratuita para los mayores de 26 años que no hayan cotizado.

Este gobierno, títere del poder económico de las grandes corporaciones, está traspasando límites éticos que jamás debieron ser traspasados. ¿Hasta dónde vamos a llegar en nombre de la cacareada ‘austeridad’? El derecho a la salud es, simplemente, un derecho humano para cualquier persona por el mero hecho de serlo. Así lo proclama la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, ratificada y firmada por nuestro Estado. Pero qué importa a estas alturas dicha declaración, que nunca pasó de ser un simple catálogo de buenas intenciones para la mayor parte de nuestros dirigentes…

Estoy harto de que esta crisis sirva para justificar cualquier medida política destinada a recortar derechos adquiridos tras muchas décadas de durísimas luchas sociales y sindicales. Estoy harto de que esta crisis pueda servir como argumento para el retroceso a la barbarie. Estoy harto de que se llame crisis a lo que no es sino una estafa mayúscula.

Efectivamente, esta crisis es una estafa porque los causantes de la misma son los que ahora están proponiendo las ‘soluciones’, que consisten en recortes cada vez más drásticos de los derechos económicos y sociales que el llamado Estado de Bienestar venía garantizándonos (de modo muy insuficiente, no obstante) en los últimos tiempos. Estos recortes, claro está, no van encaminados a arreglar la crisis, porque ésta no se ha producido por un exceso de deuda pública, sino por un exceso de deuda privada, exceso al que se ha llegado precisamente por el continuo desgaste del poder adquisitivo de los consumidores y por la especulación descontrolada y codicia desmedida de muchos inversores, que han provocado una crisis de superproducción.

Esta crisis es una estafa porque los causantes de la misma son los que ahora están proponiendo las ‘soluciones’, que consisten en recortes cada vez más drásticos de los derechos económicos y sociales

Los recortes sociales no van a conseguir que el poder adquisitivo de la gente aumente, sino todo lo contrario. El nivel de empobrecimiento de la población es cada vez mayor, tanto más cuanto más duros son los recortes. El dinero que el Estado ha estado entregando a los bancos desde el estallido de la crisis en 2008 no sólo no ha revertido en un mayor flujo de crédito hacia las pequeñas y medianas empresas y a los particulares, sino que ha agravado la situación al aumentar la deuda del Estado. Esto no tiene otro nombre que estafa.

Se ha estado transfiriendo dinero a la banca para que ésta siga aumentando impúdicamente sus beneficios mientras a la inmensa mayoría de la población se la quiere condenar a vivir en condiciones de miseria. Esto es intolerable. Se nos dice que no hay recursos suficientes para mantener la educación y la sanidad públicas, universales y gratuitas, pero es mentira: lo que no hay es voluntad de mantener estos sistemas porque lo que quieren los poderes económicos es desmantelarlos progresivamente, rebajar sus índices de calidad hasta niveles ínfimos y así encontrar el pretexto perfecto para iniciar la privatización masiva de esos servicios y entregárselos a las empresas privadas de los socios, familiares y amigos de los políticos de turno. Esto es lo que está ocurriendo, ni más ni menos. Y quien no quiera verlo, es que prefiere vivir en la inopia.

Vivimos en un mundo que se enfrenta hoy más que nunca a una contradicción evidente. Decía el filósofo alemán Herbert Marcuse en un libro escrito en los años 60, ‘El final de la Utopía’, que nunca hasta ahora el mundo había alcanzado un desarrollo tal de las fuerzas productivas que permitiera realmente erradicar el hambre, la miseria y la explotación en todo el mundo. Hoy, acabar con esas tres lacras de nuestra sociedad, es algo que está técnicamente al alcance de nuestro mano, por mucha crisis que nos quieran vender. Hay alimentos, agua, vivienda, trabajo, acceso al conocimiento y muchas cosas más para todas y cada una de las personas que pueblan el planeta. Cualquier científico social mínimamente digno reconoce este hecho. Sin embargo, ¿qué ocurre? Ocurre que millones de personas no disfrutan de ninguna de estas cosas. Y esto es así, no porque no haya recursos suficientes para todos, sino porque no hay, directa y llanamente, la voluntad política de repartirlos. Hemos alcanzado un inaudito desarrollo científico-técnico, pero este desarrollo no ha ido acompañado de un desarrollo igual de nuestros valores morales y políticos. El Homo Sapiens tal vez después de todo no sea tan ‘sapiens’.

Actualmente, la utopía de un mundo libre e igualitario en el que todas las personas tengan lo indispensable para vivir una vida digna con autonomía y sin violencia no es un imposible

Cuando se habla de utopía a menudo se olvida este hecho. Actualmente, la utopía de un mundo libre e igualitario en el que todas las personas tengan lo indispensable para vivir una vida digna con autonomía y sin violencia no es un imposible. Es algo completamente realizable que, no obstante, se enfrenta a poderes todavía muy fuertes que no quieren que esa posibilidad se convierta en una realidad. Y esos poderes se hacen fuertes con la complicidad de muchos, desgraciadamente, también a través de la vía de la manipulación y la ignorancia.

Nunca podremos salir de esta situación si no acertamos a hacer un diagnóstico adecuado de la misma. ¿Cómo un médico podría pretender curar una enfermedad si desconoce la causa que la provoca? La única manera de salir de la crisis en que nos hallamos es atajar las raíces del problema. Y dichas raíces se encuentran en el sistema económico capitalista. Pero decir esto es como mentar al demonio. Es despertar a todos los viejos monstruos que nos han enseñado a temer de forma instintiva: marxismo, comunismo, totalitarismo, falta de libertades, miseria, ineficacia, iglesias ardiendo, Cristos descabezados… Todo junto. Es complicado hablarle a la gente corriente de una alternativa al capitalismo cuando en el discurso habitual la alternativa es presentada de semejante forma… Y cuando no es presentada así, lo es como una simple forma de utopismo o idealismo que no pasa de ser la expresión de un deseo ingenuo e infantil, el sueño de un mundo justo propio de perroflautas y gente holgazana e irresponsable. No sé qué es peor. Todos estos mitos están demasiado asentados en la cabeza de muchas personas.

La lucha es la de siempre, que nunca ha dejado de existir: la que se produce entre los que entienden que el poder debe estar equitativamente repartido entre todo el pueblo y que la economía debe estar al servicio del bien común, y los que defienden la desigualdad, la búsqueda ilimitada del beneficio, el ‘todo vale’ y el ‘sálvese quien pueda’, es decir, la ley del más fuerte. Y en esa lucha seguimos, apremiados por la urgencia del presente.


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1 comentario

  1. taxistamorboso 12/05/2012 en 7:21

    Tomemos la calle!!!!
    Revolución jajaja

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