Domingo 04 de diciembre de 2016,
Bottup.com

¿Nos hemos vuelto locos o solo es la estupidez humana?

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Barrio de una ciudad africana

Barrio de una ciudad africana

En la época navideña en la que casi todo el mundo se vuelve más solidario, aprovechamos la ocasión para reflexionar sobre todo lo que somos capaces de consentir durante el resto del año

En más de una ocasión he recordado en algunos de mis artículos aquella frase del genial Albert Einstein en la que afirmaba que la estupidez del ser humano puede llegar a ser infinita.

Una frase cierta y genial que, por momentos, me atrevería a decir que aún se queda corta si nos atenemos a la falta de moral y de compromiso del ser humano en general con todos aquellos que le rodean. La verdad es que el individualismo y el egocentrismo ha llegado hasta tal punto, que cada vez tengo más claro que la gran mayoría de la humanidad piensa aquello de… “si yo estoy bien, todo va bien”, dejando de lado un verdadero sentimiento solidario para así no herir su conciencia al comprobar su falta de compromiso real con todo aquello que le rodea. “¿Y yo qué puedo hacer?”, se escudan en decir los que aún conservan algún tipo de remordimiento en su conciencia (porque por lo que parece, una gran mayoría ya no saben ni lo que es tener conciencia). Pues mucho, diría yo, se puede hacer mucho, empezando en primer lugar por hacer autocrítica y no seguir apoyando este sistema político y económico que cada vez acentúa más las diferencias entre ricos y pobres (el 20% de la población mundial utiliza el 80% de los recursos del planeta).

Se puede hacer mucho, empezando por hacer autocrítica y no seguir apoyando este sistema político y económico que cada vez acentúa más las diferencias entre ricos y pobres

¿Y cómo se puede hacer para no seguir apoyando este insolidario sistema?, se preguntarán muchos. Pues de muchas formas, pero la principal es preguntarnos el porqué de las cosas y sus consecuencias para así no dar nuestro voto a los que siguen apoyando este sistema. Está más que demostrado que los políticos se rigen por encuestas, y si aprecian que estamos radicalmente en contra de que se siga sin redistribuir la riqueza, siempre adoptarán medidas para volver a captar nuestra atención. Nos ofrecerán poco en un principio, como siempre han hecho, pero al menos habremos conseguido algo y siempre podremos seguir presionándolos para conseguir nuevas demandas siempre y cuando nos unamos entre nosotros (les invito a leer mi artículo en Bottup ‘¿Queremos que se nos tenga en cuenta, o ser simples comparsas?‘).

Pero para esto, para tener fuerza y convicción, deberemos involucrarnos en los movimientos sociales (un buen ejemplo es el 15M) y en asociaciones en las cuales se defienden no sólo los derechos de los demás, sino los nuestros propios, ya que cuando comprendamos que ayudar a los demás redunda a la larga en nuestro propio beneficio, será entonces cuando empecemos de forma personal a ganar la batalla a la sinrazón y a la injusticia.

Hay quien dice que la experiencia es un grado, algo que pienso que es así, de ahí que valore muy positivamente todo lo que he aprendido a través de mis viajes. Y sin duda, a pesar de que por desgracia he tenido que ver demasiada miseria, una de las cosas que he aprendido de las gentes que habitan algunos de esos lugares es que cuando uno menos tiene, más se preocupa por los demás, algo que evidentemente no pasa en las sociedades más industrializadas. En el momento en que el individuo se encuentra con algo de poder económico, su sentimiento individual se dispara y se cree autosuficiente en casi todos los sentidos. Pero en estas sociedades en donde la riqueza no está presente es precisamente el sentimiento solidario entre ellos lo que más destaca. Se necesitan entre todos, y eso hace que sus lazos sentimentales se estrechen de una forma palpable. Estas gentes no es que sean diferentes a los habitantes del llamado primer mundo, sino que simplemente su propia experiencia personal y la realidad que viven en ese momento, los incita por su propio bien a buscar el refugio y la solidaridad mediante la unión de todos.

En el momento en que el individuo se encuentra con algo de poder económico, su sentimiento individual se dispara y se cree autosuficiente en casi todos los sentidos

Sería algo similar a aquello que sentimos los que todavía hacíamos la mili, es decir, cuando llegamos de reclutas al cuartel estábamos en el escalafón más bajo y éramos miles en la misma situación, cosa que propiciaba que al día siguiente de haber conocido a alguien ya lo consideraras como uno de tus mejores amigos (aquellos individuos compartían contigo durante las veinticuatro horas del día tus mismas necesidades y padecían lo mismo que tú podías sentir). En cierto modo, también se podría comparar a cuando uno es joven o adolescente, ya que entonces al no estar emancipado económicamente de tus padres, el individuo lo único que busca con sus amistades es una unión recíproca de solidaridad en donde la amistad supere todos los nuevos problemas que van surgiendo al abrirse a la vida (todos son iguales, no como después, en el que cada uno formará su propio grupo al sentirse económicamente independiente y, de alguna forma, pensar que ya no necesita a los demás).

Por cierto, no crean que en el fondo he visto mucha más infelicidad en estos lugares tan miserables que en nuestras propias sociedades, ya que la falta de recursos económicos la cubren con creces con esos sentimientos de amistad y solidaridad que son capaces de ofrecer a sus semejantes (si tienen tiempo, lean mi artículo publicado aquí en Bottup ‘Kenia, miseria en un mundo rico‘). Y por propia experiencia, les puedo decir que me siento infinitamente mucho más realizado al hacer algo por los demás que al ver cualquier posesión material que pueda tener. Posiblemente ese sea uno de los motivos por los cuales mis artículos periodísticos y mis novelas se centren en la denuncia social, así como también el hecho de que forme parte de varias ONG y apoye abiertamente movimientos sociales como el 15M. Sí, sin duda, hacer esto me hace sentir más vivo que tener un sinfín de posesiones materiales que, evidentemente, no te transmiten ningún tipo de sentimiento en forma de calor humano.

Pero bueno, a fin de cuentas, quizá algunos de ustedes se preguntarán por qué en concreto les hago esta reflexión. Pues bien, fue justamente este verano pasado cuando, tras leer en un periódico una información deportiva que se daba, tuve que escribir este artículo para tranquilizarme y dejar de maldecir tras haber pasado varios minutos fuera de mis casillas. Quizá para algunos la noticia en sí sea una más, pero a mí siempre me da por pensar, quizá, más de la cuenta (aunque personalmente estoy convencido que pensar nunca está de más). Bien, pues les detallo, ya para acabar, qué es aquello que leí.

No he visto mucha más infelicidad en estos lugares tan miserables que en nuestras propias sociedades, ya que la falta de recursos económicos la cubren con sentimientos de amistad y solidaridad

Se trataba de una brevísima reseña de apenas tres o cuatro frases en donde se decía que un club de fútbol europeo (no de los más punteros) había adquirido los derechos de un jugador por 45 millones de euros (dicho jugador ni tan siquiera era una gran figura mediática) ya que el club en cuestión era propiedad de un jeque árabe que ya llevaba gastados 88 millones de euros en siete incorporaciones. La noticia en sí ya me pareció repugnante justo en unas fechas en donde millones de personas estaban a punto de morir de hambre en Somalia, pero lo que ya me desesperó es que justo al lado de esta reseña, la página siguiente era ocupada por entero por una publicidad de una ONG en donde se podía leer: “¿por qué algo tan básico como una buena alimentación sigue siendo un lujo para muchas personas?… El compromiso es de todos”. Bien, como comprenderán, no es el anuncio de la ONG lo que me molestó, sino pensar que miles de personas leerían estas dos noticias pegadas una junto a la otra, y que al día siguiente muy poca gente se concienciaría para impedir que cualquier otro multimillonario se siga gastando millones y millones de euros mientras infinidad de personas siguen, literalmente, muriéndose de hambre en este mundo.

En fin, no sé lo que pensaría Einstein, pero yo creo que además de la estupidez, la hipocresía del ser humano también puede llegar a ser infinita.

Víctor J. Maicas es escritor

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Sobre el autor

Viajero incansable y escritor, mis novelas publicadas son “La playa de Rebeca”, “La República dependiente de Mavisaj”,“Año 2112. El mundo de Godal” y "Mario y el reflejo de la luz sobre la oscuridad". Son, principalmente, novelas comprometidas y de crítica social. Además, he escrito artículos para la prensa escrita así como también para diferentes publicaciones digitales. En la actualidad soy miembro del Consell de Cultura de la ugt-pv y socio o colaborador de diferentes ONG’s

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