Lunes 07 de abril de 2014,
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Iqebi, o cuando el tiempo no se mide en años

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CRÓNICA

José Iqebi tiene 63 años. Y el deshonroso honor de haber sido el primer indígena capturado en Paraguay hace sólo 50 años. Esta es la historia de la noche que compartí con él y otros miembros de la etnia Ayorea

Afortunadamente, todavía hay cosas en la vida que el dinero no puede comprar. Cuando uno puede ser protagonista de uno de esos regalos sin precio, parece como que el mundo no pudiera ser más redondo. Como si te empacharas de vida por haber dado un mordisco demasiado intenso.

Yo hoy me siento así.Las casi catorce horas de camino por el inóspito chaco paraguayo se olvidan cuando, aún en caliente, uno ordena los cajones de la memoria y consigue dar sentido a lo vivido en unas intensas 36 horas. Eso es lo que ha durado mi viaje a la comunidad de indígenas ayoreos asentada en Jesudi. Aunque pensándolo mejor, mi viaje

Además de Deisy y Claudio, la camioneta llevaba un ilustre invitado, José Iqebi, el primer indígena capturado en el chaco paraguayo

se remonta siglos atrás.

El comienzo del viaje
Ayer partí hacia un pequeño asentamiento indígena a 70 kilómetros de la ciudad menonita de Filadelfia para conocer cómo vive este colectivo minoritario en pleno siglo XXI. Todo esto, gracias a la invitación de una encantadora y amorosa antropóloga llamada Deisy y de la ayuda inestimable de su fiel ayudante Claudio.

Salimos de Asunción a las 10 de la mañana. Además de Deisy y Claudio, la camioneta que nos llevó hacia Jesudi tenía un ilustre invitado. José Iqebi (no olvidéis este nombre) tiene 63 años. Tiene el deshonroso honor de haber sido el primer indígena capturado en el chaco paraguayo. Y digo capturado, porque con sólo doce años, en 1957, y en plena dictadura de Strossner, a Iqebi le sacaron de los áridos bosques en los que vivía para meterlo en una jaula. Sí, hace sólo 50 años que en este país se hacían esas barbaridades.

A Iqebi lo apresaron como si fuera una pieza de zoológico por su única condición de indígena. Desde Río Negro, donde él vivía con sus padres, su hermana y su hermano, le trasladaron a Asunción. Él recuerda ese momento perfectamente, como recuerda que cuando le subieron al camión donde se transportaba su jaula era la primera vez que veía un vehículo, y su primer encuentro con las personas de raza blanca. Hasta ese momento, no tenía constancia de que existieran otras personas de otras etnias, ni de

Lo apresaron con una pieza de zoológico por su condición de indígena, era la primera vez que tenía conocimiento de la existencia del hombre blanco

que los humanos habían poblado las ciudades. Recuerda que cuando la camioneta se puso en marcha, creyó que los que se movían eran los árboles y las casas en lugar del coche. Y de todo esto sólo hace 50 años…

Iqebi (su nombre en lengua ayorea) dejó los barrotes gracias a la perseverancia de una congregación religiosa, que le acogió. Allí aprendió castellano y comenzó lo que para el resto de humanos debía de ser su vida. Él asegura que los primeros años no podía dejar de pensar en su verdadera vida y en la familia de la que le habían separado. Aunque con el paso de los años entendió que la única manera de evitar el sufrimiento que le producían los recuerdos era tratar de dejarlos en el fondo de la memoria. Dice que logró tener esa fortaleza porque “es un verdadero indio”. Seguro que lo es.

[blockquote]La magia fotográfica

La cámara de fotos fue la sensación del viaje. Los más pequeños posaban para mí y rápidamente me pedían que les enseñara el resultado. Aunque os parezca increíble, la mayoría nunca ha visto su propio reflejo en un espejo y no se reconocen en una foto. En breve, Deisy publicará un libro sobre la biografía de este gran hombre y me ha prometido incluir algunas de mis fotos del viaje.

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La vuelta a casa
Veinte años después logró que le llevaran de regreso a casa e inesperadamente se reencontró con su familia. Su padre había fallecido, como también su hermana, a la que, al parecer, devoró un tigre. Iqebi cuenta con tristeza cómo lo peor de su vuelta fue no poder volver a ver a su familia completa, y se lamenta de no haber podido salvar a su hermanita de las garras del felino. Él todavía cree que con él a su lado no habría pasado.

Con los años formó su propia familia y se trasladó a vivir a Jesudi, donde ahora ha formado una numerosa familia. Iqebi es un suertudo. Tiene dos mujeres, con las que vio nacer a sus diez hijos. De nietos ya ha perdido la cuenta. Todos viven en una comunidad en la que también se asientan varias familias más; y Alfonso, un joven estudiante argentino que prepara su tesis sobre esta cultura.

Dejó los barrotes gracias a una congregación religiosa. Cuando se reencontró con su familia, 20 años después, su padre y hermana habían fallecido

José, con la ayuda inestimable de Deisy, José Zanardini y quienes han conocido su cruel historia, ha conseguido una proeza. El Estado paraguayo le ha reconocido el perjuicio causado durante la dictadura, con su captura, y le ha hecho valedor de una pensión mensual compensatoria. Lástima que sólo sea de 300.000 guaraníes (menos de 50 euros) y tenga que cobrarla en la capital, a más de 500 kilómetros de su asentamiento. Gastaría más en el viaje que lo que da el sueldo. Por esa razón, Iqebi agrupa sus pagas de dos en dos y aprovecha la colaboración de Deisy para ir y venir a Asunción. En cada uno de sus viajes se convierte en un Papá Noel indígena. Agota hasta el último guaraní en galletas (un tipo de pan similar a las medias noches), pan, azúcar, arroz, dulce de leche y conservas.

Los ayoreos arrastran una cultura milenaria en la que la evolución apenas ha hecho entrada. Iqebi es un caso aparte. Él visita la ciudad para mejorar la calidad de vida de los suyos, habla castellano como herencia de su cautiverio y ha visto el mundo fuera de las copas de los árboles que pueblan su hogar. Eso sí, a pesar de que conoce el progreso y las comodidades, nada como la tierra de su suelo para dormir.

Su familia todavía conserva los métodos de vida más arcaicos. Se alimentan básicamente de la caza, cada día más difícil por la deforestación del terreno. Tortugas y chanchos (jabalíes) componen la dieta de las semanas de suerte. Si no, una de las gallinas que campan a sus anchas por el campamento tendrá sus plumas contadas. La sequía convierte el agua en un bien de lujo para ellos. Pero a pesar de todo, son felices porque viven como han elegido. El fuego es el eje central de la familia, con permiso de Iqebi. Alrededor del palo santo se prepara el cocido (agua, azúcar quemada y hierbas),

El Estado paraguayo ha reconocido el perjuicio y le ha hecho valedor de una pensión compensatoria de menos de 50 euros al mes

calientan el agua del mate y se calientan de las bajas temperaturas que el cambio climático acentúa.

La hospitalidad ayorea
Gracias a Deisy y a la hospitalidad de la familia Iqebi, pude pasar una noche en su poblado, como un miembro más del clan. Los ayoreos hablan su propia lengua, pero José, un perfecto anfitrión, evitó que me sientiera ‘lost in translation’. Muchas risas frente a una copiosa cena (nosotros sólo mirábamos) mientras los perros más delgados del mundo (incrustados en la hoguera para no tener frío) se resignan con las migas del día después.

Cómo son la cosas. Yo tapada hasta las orejas (jersey, abrigo, bufanda, botas…) y los niños pequeños descalzos y sin apenas ropa con la que vestirse. Pero ellos son ayoreos, y los indios no sienten el frío. Ellos son de otra pasta. Sólo así se entiende. Con casi una veintena de niños de edades de entre 8 años y meses, las madres reconocen perfectamente quién es el que llora.

Hasta Jesudi no llega la luz eléctrica ni el agua potable, pero desde hace meses sí la cobertura de móvil. En Paraguay, el teléfono es muy barato y la familia Iqebi ya cuenta con varios de estos cacharros para comunicarse en los viajes del patriarca a la ciudad. Así no vuelven a separarse…

Las condiciones higiénicas no existen, pero todo eso se olvida cuando tienes delante a una familia como la de Iqebi, que mantiene su ancestral modo de vida, de espaldas a la obligada civilización. En medio de la noche cerrada, una de las esposas de Iqebi nos obsequió con un sentido canto tradicional ayoreo, que se asemeja a un llanto por un

Hasta Jesudi no llega la luz eléctrica ni el agua potable, pero sí la cobertura de móvil

duelo. Fue estremecedor. Mientras, los más pequeños van cayendo en brazos de Morfeo. Las mujeres comienzan a tejer el caraguatá, una planta similar al aloe vera de la que sólo extraen sus fibras para hacer hilo.

La noche la pasamos en una tienda de campaña, aunque la vida para los ayoreos no duerme. Como tampoco el tiempo, que no miden en años.

Podría escribir de esta noche durante horas, pero me reservo algunas cosas para la conversación en persona. Sin duda, una de las mejores experiencias de mi vida. De ella me quedo con el cariño de Iqebi y su abrazo de despedida, con las sonrisas de sus nietos y con la esperanza de que algún día conozcan el mar, del mismo modo en que se conocieron un poco más a sí mismo con las imágenes que proyecta una simple cámara de fotos.

PD: La cámara de fotos fue la sensación del viaje. Los más pequeños posaban para mí y rápidamente me pedían que les enseñara el resultado. Aunque os parezca increíble, la mayoría nunca ha visto su propio reflejo en un espejo y no se reconocen en una foto. En breve, Deisy publicará un libro sobre la biografía de este gran hombre y me ha prometido incluir algunas de mis fotos del viaje.


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Fotografías: Marta Hortelano Rubio

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Sobre el autor

2 Comentarios

  1. Anónimo 16/04/2010 en 10:02

    Me he trasladado al poblado contigo Marta, lo he leido dos veces y con una tercera, me descalzaria los pies y sentiria que estoy alli.
    Gracias por acercanos a esta entrañable persona, pero ante todo, gracias por permitirme compartir contigo esta experiencia desde mi casa.

  2. Anónimo 26/01/2010 en 11:44

    No conocía la existencia de los ayoreos, me parece increíble que etsas culturas tengan que vivir como deshechos de laaplastante cultura occidental allá donde se encuentren… muy buen reportaje

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