Domingo 25 de septiembre de 2016,
Bottup.com

Julio Martínez, un taurino con mucho cargo y poca ética

1 punto2 puntos3 puntos4 puntos5 puntos6 puntos7 puntos8 puntos9 puntos10 puntos (Valora el artículo)

 

 

OPINIÓN / Entre otras cosas, el Secretario General de ANPTE, califica a los antitaurinos como los camisas pardas de nuestra época

Calumniador, embustero, ignorante, ampuloso, resentido, caradura… Son algunos calificativos pintiparados para Julio Martínez, Secretario General de ANPTE (Asociación Nacional de Presidentes de Plazas de Toros de España), por sus recientes declaraciones. ¿Creen que exagero con los adjetivos? No lo hago. Pasen, pasen y vean la basca de reflexiones que regurgita este sujeto, orgulloso sin duda de su colección de mentiras, despropósitos y cinismo. Pero hay que ser realistas y no asombrarse demasiado, porque poco más se le puede pedir a quien ostenta la secretaría general de todas las arenas españolas donde se torturan toros y se destripan caballos, mientras el cada vez más escaso público, con los cadáveres de unos y otros bien calientes, aplaude entusiasmado al sayón mayor cuando alza sus brazos envanecido sosteniendo restos mutilados del malhadado toro.

Afirma Martínez, para empezar, que los antitaurinos, “obedeciendo a intereses de multinacionales” son “la ruina para cualquier nación”

Afirma Martínez, para empezar, que los antitaurinos, “obedeciendo a intereses de multinacionales” son “la ruina para cualquier nación”. ¿Multinacionales? Ya, mientras sujetan pancartas por la abolición suelen vestir camisetas de El Corte Inglés y gorritas de Coca Cola, empresas ambas por cierto que financian corridas. Te lo digo para que no me lo digas, ¿no? ¿Cuánto dinero público sí se emplea en esta barbaridad? Pero si están los taurófilos que mastican bilis por todas las localidades en las que se ha tomado la decisión de no seguir subvencionándolas, al tiempo que lloran por las esquinas buscando empresarios que quieran asumir ese riesgo. Y no los encuentran claro, porque una cosa es que este ‘falabarato’ hable de una “ingente factura” en pérdidas económicas si se prohíbe la tauromaquia, y otra que se lo crean él y todos los que con mueca de clones afirman: “sí, sí, se perderá mucho dinero”.

Luego, rebuscando el hombre algún argumento que rememore uno de los episodios más terribles de la historia, porque sabe que a nadie le deja indiferente, a ver si así se hace con acólitos para su abyecta causa, compara los abolicionistas con los nazis, y entonces identifica la proscripción de la tauromaquia con la quema de libros llevada a cabo en 1933 en Berlín. A ver, que lo entienda: quienes torturaron y asesinaron a millones de seres humanos (y de animales por puro divertimento y sadismo) son equiparables a los que se declaran en contra de la tortura y del asesinato de innumerables toros. ¿Es ahí dónde pretende llegar? Tan maquiavélico pretende ser que cae en la majadería. Ante su estrategia no sé porqué me ha venido a la mente Nerón: tan culto, tan exquisito, y tan amigo de martirizar, tan fanático por las atrocidades habidas en la arena de aquellos circos a los que inevitablemente nos retrotraen los de ustedes.

Por supuesto no podía omitirlo: don Julio saca a relucir al perro de Hitler, antes o después lo hacen todos. Le ha faltado esta vez decir que el Führer era vegetariano, otra mentirijilla muy socorrida entre los taurinos. Y nos cuenta lo mucho que aquel criminal amaba a su can mientras ordenaba aniquilar a un sinnúmero de personas. Lo que se calla es que ese genocida solía referirse a sus oponentes como “perros inmundos”, que a veces llevaba un látigo con el que golpeaba de forma despiadada a su propio perro o que con el objeto de erradicar cualquier tendencia compasiva en sus oficiales dio la orden de que algunos de la SS cuidasen a un cachorro de pastor alemán durante tres meses y que después lo estrangulasen delante de un mando. Pero supongo que a pesar de hacer todo eso él y los suyos adoraban a los canes, ¿no señor Secretario? Tanto como el torero, banderillero y picador al toro, sólo que en vez de asfixiarlo a la vista de un superior lo escarban y atraviesan con acero frente a la afición. Lo digo porque usted se pregunta en su bufonada: “¿Quién ha dicho que los aficionados a las corridas de toros no aman a los animales?”, para después asegurar que “el auténtico taurino tiene una especial sensibilidad”… Disculpe los puntos suspensivos, me vinieron arcadas.

Compara los abolicionistas con los nazis, y entonces identifica la proscripción de la tauromaquia con la quema de libros llevada a cabo en 1933 en Berlín

Dice que el maltrato y la crueldad atribuida a los taurinos “es un venenoso eructo publicitario” y que por el contrario ellos “honran y respetan al toro bravo”. A ver, entonces la agonía y la muerte del toro son solamente una mascarada, supongo. Si según usted no hay daño al animal la sangre es pintura colorada, las heridas maquillaje y sus estertores finales pura interpretación teatral del astado. Y lo de los espectadores o lo de los aparentes verdugos de esta criatura no se trata de perversión ni encarnizamiento, sino que se deleitan ante las encomiables dotes de actor del toro. Una pregunta: cuando retiran su cuerpo arrastrándolo mientras deja un reguero rojo, ¿se lo llevan directamente al camerino? A mí lo que me extraña es que nunca regrese a escena a saludar como sí hace el que asume el papel de matador en la representación. ¿Será que no puede porque a pesar de tanta honra y respeto está muerto?

Después viene lo que tampoco podía faltar, un término que no existe pero que habiendo sido, creo, acuñado por los taurinos, lo repiten una y otra vez: ‘liberticidio’, tal vez tendríamos que habernos inventado nosotros uno que rima con el suyo: ‘toricidio’. Libertad para torturar, libertad para matar. Ahí está, y se queda tan ancho. Déjeme que le explique algo: en el siglo XIX la sociedad blanca esclavista de los Estados Unidos de América invocaba su derecho y libertad para poseer seres humanos y hacer con ellos lo que se les antojase. Y apelaban a tres tipos de jusitificaciones: la bíblica, al decir que esos esclavos eran descendientes de Esaú y estaban obligados a pagar su pecado. En su discurso nos cuenta que “la tauromaquia es mitología”. Cómo les gusta remontarse al origen de los tiempos para amparar crímenes del presente. Primera similitud. Otra era la económica, ya que les proporcionaban dos fuentes de ingresos: el trabajo en las plantaciones sin pagarles jornal y el tráfico de seres humanos. Bueno, ustedes también aluden a que el negocio se perdería. Segunda coincidencia. Y por último la justificación racial, puesto que era el mejor destino para la de los negros y encima, conservacionistas ellos, se jactaban de alimentarlos mientras duraban. Menuda, no me lo negará, menuda es la tercera semejanza. Menos mal que ya están muertos aquellos negreros que sino les denunciaban por plagio.

Llegando al paroxismo de su enajenación taurina exige “una tipificación en los códigos penales de las distintas naciones que nos libre de esta peste; la calle no se puede dejar en manos de matones”, tildándolos también de “fascistas”. A ver, que parece que no se ha enterado: lo que poco a poco se está haciendo aquí y más allá de nuestras fronteras es precisamente lo contrario: impedir legalmente que se ejerza la violencia sobre toros en los ruedos. Yo no sé de dónde les viene esa querencia por invertir los papeles. ¿Torturamos o matamos los abolicionistas? No, claro que no, eso lo hacen ustedes. Y los fascistas también.

En el siglo XIX la sociedad blanca esclavista de los Estados Unidos de América invocaba su derecho y libertad para poseer seres humanos y hacer con ellos lo que se les antojase

Su remate es fantástico, porque metido como está hasta las orejas en un berenjenal de falacias, ruindades y sandeces, pierde por completo el norte y se le ocurre citar a Darwin para apoyar su tesis de que se animaliza al hombre y se humaniza al animal, y lo hace con esta frase suya que califica de certera: “el hombre más allá del taparrabos y la prolongación de la coxis” a lo que añade: “en medio, el mundo del toro dando erráticas explicaciones sobre la virtud y la honestidad al violador trafullero del barrio”. Para empezar le diré que los únicos que violan aquí son ustedes y entre las víctimas de su estupro están los toros, los caballos o los niños que con tanto afán persiguen para ejercer sobre ellos su pederastia taurófila. Qué, ¿le gusta el sabor su medicina? Y en cuanto a lo de Darwin, por si todavía está a tiempo de borrar de su libelo esa referencia para no quedar todavía peor de lo que ya lo ha hecho, le dejo aquí una reflexión vertida por él: “A los animales, a los que hemos hecho nuestros esclavos, no nos gusta considerarlos nuestros iguales”.

Pero como me siento generoso le voy a ilustrar un poquito más sobre este naturalista: él señaló que los mamíferos (y el toro lo es por si no lo sabe) experimentan ansiedad, ternura o miedo entre otras muchas emociones, y que las diferencias entre especies son más de grado que de tipo. No se trata de humanizar, hombre, sino de vaciar un poquito la cabeza de sadismo y oscurantismo para dejar paso a la ciencia y a la ética. De otro modo puede ocurrir lo que a usted, que intenta utilizar a favor de sus argumentos a una persona a la que no le gustaba la tauromaquia. Todo un genio.

Me hubiera gustado expresarme acerca de otra de sus consideraciones: “las corridas de toros son un ritual arquetípico que se pierde en la noche los tiempos -en una u otra forma- y escenifica los arcanos más profundos de la estructura del cosmos y de la existencia”. Le juro que lo he intentado, le he dado vueltas y más vueltas para descifrar qué quiere decir y cómo se corresponde su frase con músculos destrozados, vísceras esparcidas o vómitos de sangre de seres capaces de sentir miedo y dolor. No lo he logrado, así que cambio de asunto no sin antes rogarle que me explique usted la relación entre tanta sublimidad retórica y la deyección moral de una corrida.

La UNESCO, señor Secretario General de la Asociación Nacional de Presidentes de Plazas de Toros de España, no otorga esa declaración a un crimen

Ya acabo. Sólo me queda decirle que cuando vaticina que sigue imparable el proceso para que la UNESCO declare las corridas de toros Patrimonio Cultural Inmaterial puesto que varias localidades en España ya lo han hecho según esa Convención, se le olvida un pequeño detalle: la opinión de la propia UNESCO. ¿De verdad piensa que lo van a conseguir? Dese un garbeo por las páginas y los foros taurinos Julio, verá cómo sus mismos colegas confiesan que eso es muy difícil. Yo voy un poquito más allá: es imposible. La UNESCO, señor Secretario General de la Asociación Nacional de Presidentes de Plazas de Toros de España, no otorga esa declaración a un crimen.

Espere, espere, no se vaya todavía, Martínez, que se me olvida un último detalle. Asegura que la abolición destrozaría la primera industria nacional española, el turismo, y que supondría la pérdida de una “renta anual supermillonaria” al dejar de percibir los ingresos que éste genera. Quiero preguntarle algo al respecto: ¿se refiere a esos pocos turistas que van a las plazas, muchas veces engañados, y tras la muerte del primer toro salen de ella descompuestos, con su rostro desencajado y en ocasiones vomitando?, ¿son esos los que se dejan en nuestro país millones y millones de euros para ver corridas? Revise su medicación hombre.

Julio Ortega Fraile
Delegado de LIBERA! en Pontevedra

Página de interés:
Fin del matrato animal

Extractos de declaraciones a distintos medios del Secretario General de ANPTE, Julio Martínez:
“Las Naciones no se deben dejar chulear”. “Los antitaurinos son los camisas pardas de la época”


Subtítulo y destacados

¿Te gustó este artículo? Compártelo

Sobre el autor

Participa con tu comentario