Domingo 23 de julio de 2017,
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Justicia, ¡Ay, justicia!

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JUSTICIA ¡AY, JUSTICIA!  (letra de una vieja canción soñada en la Guerra Civil)

Las futuras generaciones estudiarán estos años del primer decenio del
siglo XXI como un fabuloso tablero, el territorio nacional, donde se
expusieron las más increíbles jugadas de ajedrez sobre… un tapete
verde.

El viejo artilugio indio a cuadros donde pusieron en juego preclaras mentes el arte de la estrategia, el arrojo o el ocultamiento ha sido sustituido por el tapete verde de los tahúres donde exponen sus movimientos más obscenos e inimaginables: lo peor de clase política. Desterrada la ética, golpeados la sintaxis y el discurso, asesinados el decoro y la gentileza, quedan sólo patéticos personajes para enfrentarse, no con el florete del lenguaje sino con la garrota del rufián iletrado y bárbaro. El espectáculo denigrante está llegando en su climax a una ciudadanía asombrada que ve cómo, cada día, se superan increíbles cotas de navajeo en el entorno de la Justicia.


No pretendo que estos gañanes de la política sean señores habituales del ágora ateniense, ni siquiera del foro romano. Tampoco asiduos lectores del “Análisis del Discurso” de Jorge Lozano, “Las teorías del símbolo” de Tzvetan Teodorov o de la “Ética Nicomaquea”, que tan a menudo cito, pero unos cursillos algo más sólidos que los que reciben para cubrir las arrugas del alma y que dos angelitos como Mateo y Diego puedan hacer algo más que sonrojarse al repasar la historia de quienes les gobernaron hace tan escasos años, seguro, merecería la pena. Tal vez estos nietos, (otro día referiré algunas carreras que os tengo preparadas), lean y apliquen tales enseñanzas mañana a su conducta, pues practicando la justicia se harán justos y verán con incredulidad la época que sus padres y abuelos vivieron donde la Justicia fue esperpento y acomodo innoble para la mayoría de sus ejecutores.

Pensé no editar nombre alguno y que cada uno, con la mayor sinceridad posible y dejando a un lado sus querencias políticas, repasara la actuación de algunos jueces, magistrados o fiscales. ¿Algunos?; demasiados. Con el último nombramiento, ministro de Justicia, se han sobrepasado los límites de la decencia. Cualquier sujeto tiene derecho a ser radical de extrema izquierda en sus ideas pero si con tus actos y declaraciones has demostrado ser un sectario guerracivilista que continua la pelea a garrotazos y que tan terribles resultados dio a nuestros padres y abuelos, que justificó los crímenes de los GAL, que llegó a obtener cero votos en cónclaves de su gremio; éste, este sujeto no puede ser ministro. Pues ha podido. ¿Cómo?

Desde hace cien años el partido actualmente en el Gobierno se ha movido entre dos fuertes tendencias y que, desde sus inicios en los años en que la población podía dividirse en dos: boinas y sombreros, han pugnado por el poder interno. Unos, los obreristas de más carácter que letras; otros, de menos astucia que conocimiento. Podrían ser sus logos: Largo Caballero y Julián Besteiro. El tesón de la fuerza bruta ante la falta de justicia social y la inteligencia de avanzar con pasos seguros por el progreso antes que a golpes. Está bien claro quien ha ganado y sigue ganando la partida aunque perdamos todos: los primeros. Ayer, empujaron la confrontación hasta la guerra y, hoy, en estos mismos días, perdida la boina y pana, visa de oro en ristre, pretenden expulsar a media España de la vida política pasando por encima del cadáver de Montesquieu.

Nada importa si el fin es bueno para la tribu; El Poder Judicial, el único que podría detenerles, debe ser demolido y no hay mejor cuña que la de la misma madera. Nada puede ser malo si la venganza es parte del festín que justifica cualquier medio. Aquellos viejos maestros del ethos pensaban que el resultado de surcar el cauce de acción y discurso, sancionado por el grupo, facilitaba la convivencia ¡qué ironía!. Ese ethos que, por supuesto ignoran quienes nos apalean con su ignorancia desde la televisión o la radio, sale de nuestro cuerpo para entrar en el espacio donde se teje lo social. Ignorarlo es sepultar la memoria y no reconocer los esfuerzos del hombre por evitar la barbarie. Quienes ahora muestran su máscara más indigna se sirven de la perversión del lenguaje negando la evidencia, renegando del sentido de la frase o de la mínima retórica; inventando, en fin, una Historia de sus ancestros hasta donde les convenga. Lo mismo un Sancho Rey de una Euskadi soñada por el anillo de los nacional socialistas, que el amigo suevo y compañero celta de fatigas, que reino de nunca jamás de Cataluña, que Nación de Naciones, absurdo matemático y de lógica lingüista. Todo sirve a la causa y, además, da dinero si sabes corromper los estamentos.

No parezco muy optimista pero pienso siempre que, como en la Física, a cada acción corresponde una reacción. Por favor, usemos la inteligencia y desenmascaremos a los farsantes.

Vale, que está lloviendo y amanece… que no es poco.


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