Miércoles 28 de septiembre de 2016,
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La abuela de 88 años, detenida, incomunicada y expulsada de España, es mi madre

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CRÓNICA / El periodista argentino nacionalizado español, Hugo Rodríguez, denuncia su caso

El episodio ocurrió el 6 de julio pasado, cuando Ada Ghiara arribó a Madrid junto con su hija mayor, Lucía Rodríguez, en un vuelo de Aerolíneas Argentinas

Aún sin dar crédito a lo sucedido, me pongo a hacer estas líneas, a ver si puedo hacer la digestión de lo sucedido y quizás así, compartiéndolo, pueda resolver con la ayuda de ustedes, lo que hay que hacer en una situación como ésta.

Aeropuerto de Barajas, terminal 1, 14.20 horas, vuelo procedente de Buenos Aires. Voy con mi hermana a recoger a mi madre, que llega otra vez como lo hace todos los años desde hace 33.

Quizás cuando vean que soy su hijo, que soy español, que sus nietos son españoles, que vive mucho tiempo con nosotros todos los años…

Siempre, y como si fuera la primera vez, el encontrarnos, el abrazo entrañable, y esa alegría del tiempo que vamos a compartir, así frente a la puerta de la sala 1, los dos mirando unos y otros los pasajeros que van llegando, siempre esperando ver la silueta de mamá que nos mira y nos une… va pasando el tiempo, ya son las 15.30 horas y nos comenzamos a preocupar, de repente la llamada de mi otra hermana, afortunada compañera en esta situación, nos pone sobre aviso, mamá esta retenida en inmigración, no la dejan pasar…

Rápidamente me voy al coche a buscar mi documentación, quizás cuando vean que soy su hijo, que soy español, que sus nietos son españoles, que vive mucho tiempo con nosotros todos los años, etc. Mis pensamientos se agitan mientras acelero mi andar bajo el calor aplastante del parking del aeropuerto.

Llego a la puerta de la Sala 1, me acerco al guardia civil, le digo: “Mi madre está adentro, tiene 88 años, déjeme pasar”, el hombre me mira y con un gesto me dice adelante, pensando quizás que se trataba de ir a ayudarla con el equipaje. Otro guardia civil me para, “¿adónde va usted?”. El anterior sale de su silencio y dice: “Déjalo, yo le autorizo”. Entro, me dirijo sin vacilaciones al sector de los pasaportes, me acerco a un funcionario de la policía (esta vez nacional): “Mire, han detenido a mi madre, quiero saber donde está”. “¿Qué hace usted aquí? Usted no puede estar aquí”. Repito mi demanda, el tipo se violenta y debo ponerme serio. “Le estoy hablando con respeto, ¿dónde está mi madre?”. Afloja y me dice: “Vaya a la primera planta, ahí está la comisaría, pregunte allí y le darán un número de teléfono para que se informe”.

Me doy media vuelta y rápidamente me dirijo a la comisaría, ya había estado allí en otras oportunidades y los agentes siempre se habían mostrado amables, así que casi con mayor tranquilidad veía que comenzaban a aclararse las cosas. “Buenas tardes, mi madre ha sido detenida en inmigración, tiene 88 años, siempre viaja y nunca ha pasado esto, ¿cómo puedo aclarar las cosas?”. “Mire, solo le puedo dejar un teléfono, no es nuestra competencia, pero usted llame y le informarán… oiga… -me interpone-, tenga paciencia porque tienen mucho trabajo, así que insista hasta que le atiendan”. “Muy bien, muchas gracias agente, muy amable”. Salgo casi corriendo y comienzo a llamar, una, otra, hasta casi veinte veces. Le paso a mi hermana otro número alternativo, ella repite la operación, con la misma sensación de fracaso.

“¿Qué hago entonces?, ¿cómo podemos ayudar para aclarar esto?, ¿con quién puedo hablar?”, a lo cual, con toda la frialdad del mundo me dice: “Está hablando conmigo”

Pasado un tiempo alguien descuelga el teléfono, una voz que no se identifica, y un tono de funcionario aburrido me pregunta qué quiero, le explico la situación dándole los mayores detalles posibles, el interlocutor me pregunta el nombre, para más tarde decirme que allí se encontraba, que tendría una entrevista y aportaría toda su documentación y que en función de eso se determinaría si puede entrar o no. Entonces, le digo: “¿Qué hago entonces?, ¿cómo podemos ayudar para aclarar esto?, ¿con quién puedo hablar?”, a lo cual, con toda la frialdad del mundo me dice: “Está hablando conmigo”. Me quedo como paralizado por la impotencia… “¿Cómo puedo saber cómo está?”. “Usted no puede acceder, en todo caso, apunte este teléfono, es el de la sala donde se encuentra, si llama podrá hablar con ella”.

¡Estela! Tengo un teléfono para que podamos hablar, ¡llamemos! Comunica, una y otra vez, comunica. Seguimos insistiendo mientras el tiempo comienza a comprimirse y expandirse. ¡Ya está! “Hola, ¿cómo estás?”. Escucho que mi hermana habla con las dos, tranquilizando, tratando de poner confianza, y viendo qué es lo que realmente está pasando. Parece que mamá tiene un pasaporte nuevo, no han visto los viajes anteriores, y su billete está por cinco meses, y dicen que no se puede arreglar, no puede tener un billete por cinco meses. Luego habla con la mamá, ella llora, dice que está muy mal y Estela intenta calmarla. Le dice que se tranquilice, que seguramente todo se arreglará, que seguramente habrá alguna manera de solucionarlo. La llamada se corta, no puedo hablar con ellas, entonces, decidimos esperar los acontecimientos, algo pasará, no creo que por una cuestión administrativa vayan a hacer algo contra ella, ¿qué podemos hacer?

Comenzamos a llamar a amigos, a mover nuestros contactos, a ver qué podemos hacer, alguien que conozca a algún funcionario de inmigración que nos cuente qué pasa exactamente, quizás un abogado, algún amigo de Convergencia que tenga contactos, vamos moviendo todas las posibilidades y nuestros amigos comienzan a ponerse en marcha, siempre dándonos ánimo, pero también con la preocupación de no saber exactamente qué hacer. Va pasando el eterno tiempo de espera, llegan nuestros amigos Carlos y Josefina, movemos más posibilidades, nuevamente nos logramos conectar.

Queremos saber el nombre del abogado de oficio que nos dicen que la atendió y no hay forma de conseguirlo

Hablo con mi hermana secuestrada. Noto su preocupación, a mamá la está viendo un médico, está descompuesta, nos han dicho que tendremos una entrevista, que ahí se ve nuestra situación, escucho su llanto, mi tensión aumenta, así como mi impotencia, nuevamente me dirijo a la policía, seguimos intentando. El agente es un muro, justifica su situación al tiempo que dice que comprende, y que nada puede hacer por nosotros, le pido el teléfono de la embajada argentina, sé que ya no puedo llamar, pero de todas maneras lo tengo por si hace falta, Josefina calienta motores, ella encarará posteriormente a su superior.

Queremos saber el nombre del abogado de oficio que nos dicen que la atendió y no hay forma de conseguirlo.

Llega otra afectada, su madre viene para su boda, no trae la invitación, tampoco la dejan entrar, ni como turista, nos dice. Parece que las van a deportar, de todas maneras puede ser que después de las entrevistas las dejen salir, pero le dijeron a los de la sala, que fue un oficial quien informó a todos que van a ser expulsados. Nuestra frustración aumenta, no podemos creer lo que está sucediendo. A todo esto, nos vamos a la puerta de salida con la esperanza de que aparezca por ahí, seguimos un rato, ya no logramos comunicar con la sala donde estaban, así que ya no pudimos hablar más con ellas.

Vamos hasta las aerolíneas, contamos el caso, nadie quiere dar información y nos remiten a la policía, todo es increíble, pero se va materializando lo inimaginable. Están deportando a una señora de 88 años las Fuerzas de Seguridad del Estado en cumplimiento con las leyes establecidas y cumpliendo con el cupo de expulsiones que seguramente tienen.

¿Y la edad? ¿Y los antecedentes? ¿Y los vínculos familiares? Todo eso no importaba nada, la ley es la ley, vaya ¡cobardes! Incapaces de mostrar su rostro, incapaces de sentir o asumir su responsabilidad, un cupo a cubrir, qué vergüenza e inmoralidad. Esto no quedará así. A estos señores les ha salido un cayo, aunque todavía no se enteraron.

¿Y la edad? ¿Y los antecedentes? ¿Y los vínculos familiares? Todo eso no importaba nada, la ley es la ley, vaya ¡cobardes!

Sabemos que esto pasa todos los días, que todos los días son muchos los que son regresados a sus países. Y las justificaciones son varias: no tiene carta de invitación, viene por más tiempo del exigido, no tiene esa reserva de hotel reglamentaria, etc. Yo me pregunto: ¿cuánta insensibilidad tiene que tener ese funcionario? Y ya no es uno, son todos, el agente de policía, el que les hace la entrevista, el abogado que supuestamente las defiende, etc. Todos encajonados en una función específica para no sentir, ni ver, ni oír lo que todos juntos hacen, un sistema diseñado para la ejecución aséptica, hasta que alguien toma la decisión final… violencia sorda y encubierta, vaya los civilizados, menudos monstruos.

A los funcionarios del cuerpo de seguridad del Estado, más concretamente a los del turno de tarde, del martes 6 de julio de 2010, de la puerta 1, de la Terminal 1 del aeropuerto de Barajas, quiero decirles: que no vamos a parar hasta que esta denuncia llegue lejos, hasta saber quienes son (nombres y apellidos) y que toda España, al igual que nosotros, se entere de lo que está pasando, y se avergüence de que haya gente haciendo, en nombre de todos, estas cosas. No podemos permitirlo más.


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