Domingo 04 de diciembre de 2016,
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La boda de Isamar Castillo

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Fragmento de la novela ‘La mulata Paulina Santos’

En el comedor, sus abuelos y Gaetana, quienes hablaban en susurros sobre los últimos acontecimientos extraordinarios, vieron a Miguel cruzar el corredor, pálido y derrotado. Trepó los escalones hacia las habitaciones. De vuelta, los encontró en conciliábulo, parecían no ponerse de acuerdo y, sin detenerse por nada, salió de la casa vestido por completo de lino blanco. Fabio Diazzi, por encima de la opinión conservadora de su esposa, consideró de suma lealtad el deber fraternal de enterarlo, de modo que logró darle alcance a media calle y lo llamó de un grito. Miguel se detuvo con cierto aire de aguardar una grande noticia, y Fabio Diazzi soltó la fatídica nueva sin titubeos:

—Hoy se casa tu amiga con el alcalde Renato —le dijo tomándolo con fuerza del hombro y con un gesto abierto que a Miguel le pareció de suma compasión. El abuelo hablaba sin mirarlo, fingiendo interesarse menos en el diálogo que en las personas que caminaban a zancadas rápidas y alegres hacia la plaza.

Le parecía aquello el origen de todas las desgracias, un golpe imprevisto, insidioso y mortal

Sintiendo la presión de la manaza del abuelo, Miguel lo reparó directo a los ojos. Veía su rostro grande y claro con una barba blanca de Moisés (por aquel entonces tenía 62 años, aunque con la presencia de un hombre joven). Al final le oyó concluir:

—Nos ha mandado una invitación de cortesía a última hora. Lo consiglio cautela, perchè questo Renato Cabriles è un diavolo.

Miguel no habló, ni siquiera había podido oír lo dicho en italiano, lo había sacudido la fatalidad, el primer zarpazo de desencanto. Se sintió abrumado. Le parecía aquello el origen de todas las desgracias, un golpe imprevisto, insidioso y mortal. Asintió y, con la cabeza agachada, salió con paso rápido rumbo a la iglesia donde esperaba una bulliciosa y abigarrada multitud.

Una columna de hombres con elegantes uniformes y quepis militares hacía camino de gala. Acomodó el sombrero hasta las orejas y ascendió sobre las escalinatas exteriores abriéndose paso con su andar ligero entre la gente que comentaba y hacía chistes sobre la boda. Algunos decían lo bonita que estaba la novia, otros, más deslenguados, referían indiscreciones como por ejemplo que era una gran brincona y libertina. Estuvo a punto de darle un puño en la cara a quien lo había dicho, se contuvo y decidió mantenerse indiferente. Su angustia creció. Nadó en un estado de imprecisión en el cual se le escapaban y confundían las nociones más elementales. Era una sensación que lo hacía sentir un extranjero entre los movimientos inútiles de las personas apeñuscadas en el calor sofocante, los sudores y las habladurías. Sintió las manos de alguien que lo saludó entre el tumulto, sin embargo, la cuchillada de la imagen de los novios en el portal de la catedral no le dio tiempo a responder. Parecían saliendo de un sueño fugaz a la realidad del vaho soporoso de la calle animada por los gritos de júbilo y aplausos, mientras caía una lluvia alegre de flores de todos los colores del mundo. El gentío acosaba y apretaba más el espacio. Unas mujeres hermosas y redondas, olorosas a cocina, se metieron por los costados a estorbar en busca de una mejor panorámica. Pudo volver a mirar a Isamar sólo hasta cuando ella se subía con su airoso vestido largo al carruaje de caballos de oro que aguardaba en el bordillo.

Era un náufrago perdido en la marisma de la desilusión, un estigma del olvido y la falta de redención humana

La ilusión de hablarle se fue agotando. Sin perder el decoro, empujó a los curiosos abriéndose paso a tropezones. Tenía el propósito de alcanzar el coche que había partido con la fuerza indómita de los corceles, en un último esfuerzo porque Isamar Castillo lo viera. Con el alma fuera, invisible entre la muchedumbre, batió su sombrero en una actitud de naufragio. Era un náufrago perdido en la marisma de la desilusión, un estigma del olvido y la falta de redención humana. Si ella volteó a mirar hacia donde él estaba, le pareció que lo miró con indolencia (del modo que se mira a un perro enflaquecido muerto de hambre en la puerta de una casa). Fue el segundo zarpazo de desencanto, el más duro. —Vámonos —dijo el abuelo, y con la mano apoyada en su hombro lo despegó del funesto borde de la acera.

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