Miércoles 09 de abril de 2014,
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La cara oculta de Angkor Wat: ‘la charca de la basura’

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Niños comiendo desperdicios, pueblos enteros a la sombra de un vertedero y jornadas interminables de trabajo en busca de cualquier cosa que vender para reciclar componen este indescriptible retrato

Si alguien les propusiera una vacaciones en Camboya, todo incluido, una habitación con vistas increíbles a los campos de arroz, piscina privada, jardín exterior y un menú donde se incluyen los mejores platos de los restaurantes más caros de la ciudad, creo que no tendrían ningún reparo a la hora de aceptar dicha proposición.

Son muchos los turistas que se dejan más de 10.000 euros en una semana de visita a los templos de Angkor y disfrutan de menos comodidades que las mencionadas en mi anterior proposición. Aunque nunca creí que más de 40 familias camboyanas disfrutaran de ese mismo privilegio, gratis y a tan solo treinta kilómetros del increíble ‘Grand Hotel’, donde japoneses y clientes como la Reina de mi país, pagan esas desorbitadas cantidades de dinero.

Anlong Samram, ‘La Charca de la Basura’

El basurero pertenece a la empresa privada M.I.C.C. que gestiona la recogida de basura de Siem Reap. Cuando un vertedero está lleno, utiliza una nueva charca, desplazando con ella a cientos de personas

La curiosidad por estas familias surgió a mi llegada a Camboya en el año 2008. No podía entender como un ser humano podía vivir en esas condiciones. Las fotografías que me enseñaron hace dos años de James Natchwey en los vertederos de Jakarta, causaron en mí una gran impresión. En ese momento, me propuse dos nuevos retos en mi vida, conocer al que es para mí el mejor fotógrafo vivo, y documentar la vida entre la basura. El honor de conocer a Natchwey lo tuve en Tailandia, durante la rueda de prensa de los líderes de los camisas rojas, pero el segundo reto resultaba imposible para mí, algo en mi interior me decía que ver al ser humano en esas condiciones era algo para lo que no estaba preparado, hasta hoy.

Después de dos meses intentando conseguir un permiso de prensa para acceder al recinto de ‘Anlong Samram’, he decidido aventurarme con permiso, pero sin prensa. Sesenta días de espera que me han servido para investigar un negocio que mueve millones de dólares en Camboya, y que espero algún día poder contar libremente.

Tras una noche más sin dormir, y después de un café calentito, mi ayudante camboyano y yo nos subimos a la moto con destino a la basura. El paisaje camboyano te embriaga de sensaciones, el color verde de los campos de arroz predomina en la postal de esta mañana de martes que se mezcla con los corruptos policías que esperan en la carretera a la caza de su botín diario.

Mi ayudante, con un español medio andaluz, me afirma que estamos llegando, al girar a la derecha no puedo salir de mi asombro al ver esa increíble terraza de arroz, una de las más bellas que he visto en este país, pero solo metros después el paisaje cambia, nuestro olfato empieza a anunciarnos que estamos cerca de ‘la charca de la basura’.

La primera imagen es la de un niño descalzo sentado en su cama, al margen de las toneladas de basura que se almacenan en este espacio creado hace dos años por la empresa M.I.C.C., empresa privada gestora de los servicios de recogida de basura de la ciudad de Siem Reap. Son varios los lugares como este los que se acumulan en las proximidades de los templos de Angkor. Esta empresa suele utilizar charcas inundadas por el agua del monzón, para reubicar sus vertederos una vez los antiguos están llenos de desperdicios, lo que ha convertido a sus habitantes en los ‘nuevos nómadas de Camboya’.

Esta nueva ubicación está situada en la carretera nacional seis, que une Siem Reap con la capital, Phnom Penh, en un poblado llamado Anlong Pi. Allí más de cuarenta familias viven permanentemente entre los desperdicios diarios que se desechan en una ciudad de más de 130.000 habitantes y con más de dos millones de visitantes al año.

Entre las más de doscientas personas que viven en condiciones infrahumanas en este lugar, unos cuarenta son niños. Grandes y pequeños miran sorprendidos, “que narices hace un ‘Barang’ aquí”, se preguntarán al juzgar por la expresión de sus caras. Como siempre, los más pequeños empiezan a acercarse atraídos por la cámara, como si de un imán se tratara. Entre todos ellos encuentro a Chu, un jovencillo avispado de tan solo tres años de edad, que camina descalzo acompañado de su gran sonrisa y de su hermano mayor, a quien los ojos se le iluminan al ver un paquete de patatas fritas medio abierto entre medio de tanto despojo, un placer al que no creo que esté muy acostumbrado al juzgar por la forma como busca hasta el último pedacito que hay dentro de la bolsa.

De repente, todos se agrupan con la disciplina de un ejército. Es la hora, según me dicen, cuando el camión que trae los restos de los mejores hoteles de la ciudad llega, “Umm, niam niam” –comer en idioma jemer – repite el pequeño Chu. Sin embargo, hay un cambio de planes, el camión decide depositarlos en otra parte del basurero y es ahí donde empiezo a entender las palabras que uno de mis amigos camboyanos me decía días atrás.

Estos basureros, como todo en este país, están bajo el poder de la corrupción, Un ‘capo’ maneja los destinos de los más humildes, quienes deben pagar una cuota mensual por un espacio determinado, coaccionados por los lugartenientes, quienes no guardan reparo en acabar con la vida de aquellos que no se disponen a colaborar. Como una de mis fuentes me confesó, “he visto como la gente desaparecía de los vertederos de Phnom Penh, fíjate si serán fuertes los jefes, que ni la policía se atrevía a pasar dentro”. Esta era la confesión de una persona que vivió 10 años entre los despojos de una ciudad de dos millones de personas, la misma que sonríe mientras me explica que “tenía suerte cuando podía encontrar un plátano entre medio de tanta basura, porque la banana por lo menos tenia cáscara”.

Es el momento, cuando la basura empieza a caer del camión, instantes de locura, donde algunos se juegan realmente la vida, los mejores puestos están en las primeras filas, aunque parece que esta vez todo está demasiado organizado. Una persona mejor vestida y que de repente ha salido de la nada se encarama a la cima de esta nueva montaña de basura. Su gorro de John Wayne, delata que él es el ‘jefe’ en este lugar. Equipos de mujeres y niños se agrupan a los lados del camión mientras todos escuchan atentamente las palabras de este ‘padrino de la basura’. Dos personas vigilan atentamente los movimientos de los que no tienen derecho a disfrutar de los manjares que este camión ha traído desde los mejores hoteles de Siem Reap.

Me cuentan que tienen suerte si consiguen más de 4.000 riels al día, el equivalente a un dólar diario, de lo que parte se quedará el ‘capo de la charca’. El trabajo comienza a la una de la madrugada, cuando los camiones empiezan a llegar, encaramados a sus linternas comienzan una jornada donde buscarán plástico y metal que revender a las empresas que lo transportan posteriormente a Phnom Penh. El día de trabajo acabará a las seis de la tarde cuando los últimos camiones descarguen los tesoros que los cientos de turistas que visitan Pub Street no han querido. Entre las cosas que reutilizan, jabón, ropa, especies, verduras, zapatos, cepillos, juguetes, e incluso arroz. Sus casas, lonas improvisadas para resguardarse de la lluvia, contienen los artículos de más valor que han encontrado: restos de bicicletas, televisores sin pantalla, y comida, mucha comida. Incluso entre tanto despojo, han creado una tienda de alimentación que surte a las familias del vertedero el material que ellos mismos encuentran. Me pregunto, ¿quién será el dueño de este ‘supermercado’?, mejor se lo decimos a ‘John Wayne’.

Mi cámara empieza a molestar a algunas personas que me hacen gestos para que no les mire, mientras las mujeres solteras o madres de familia, “avergonzadas por su posición en la sociedad”, según ellas misma me dicen, se cubren la cara al mismo tiempo que me animan a seguir fotografiándolas. Incluso en estas condiciones, la amabilidad camboyana de los más humildes me hace sentir la persona más diminuta de este planeta. La risa de los más pequeños no para de escucharse de fondo, para ellos será un día que recordarán, según me afirman no más de diez extranjeros han estado en estos vertederos, y para ellos la visitan de un blanco con barba de más de un mes es más que una escusa para volver a ser niños por al menos una hora.

Para beber utilizan un sistema de filtros caseros, con los que medio potabilizar un agua que en temporada de sequía consiguen de la charca donde la basura se sigue depositando. Un médico camboyano les visita una vez a la semana. Este doctor, según me dicen, pertenece a una organización extranjera llamada ‘KolianMed’, de la que no he encontrado ninguna información, una imagen de ‘humanidad’ entre medio de tanta injusticia que me hace sospechar que esconden una realidad más complicada de lo que parece. El negocio de la basura, pero sobre todo del reciclaje, están en alza en este país.

Es hora de volver a casa, de pensar en lo que acabo de ver, en este Mundo que hoy más que nunca no entiendo. Siempre decía que Camboya no deja de sorprenderme, cada vez que pienso que ya no puede ser peor, este país se empeña en mostrarme que el límite de lo inhumano es infinito y es ahora, después de ver niños comiendo arroz de una bolsa que han encontrado en medio de toneladas de basura, cuando empiezo a darme cuenta que Camboya no es quien me sorprende, es la naturaleza del ser humano, que en países como este se expresa en su peor condición. En un mes he visto escenas que no consigo analizar, y recuerdo las palabras que me dijo James Natchwey, en Tailandia, “Good luck my friend, this is a hard world, – Buena suerte amigo, este es un Mundo duro –”.

Es ahora, al escribir en esta bitácora, cuando me doy cuenta de que al mirar por el objetivo de mi Canon, el Mundo cambia, no hay sentimientos, en ese momento algo me empuja a mirar en la dirección donde un niño llora o un adulto sufre, y siento que mi amigo Jan sigue disparando en el momento adecuado. Es ahora, al pensar en este día, cuando empiezo a sentir. Es ahora, al editar las más de 300 fotografías que tomé esta mañana, cuando las historias salen, cuando no hace falta los discursos, porque los ojos de todos los habitantes de Anlong Samram cuentan historias de sufrimiento que las palabras no sabrían narrar.

Mis ojos han visto el legado nazi, el maltrato infantil, la pedofilia, la pobreza extrema, el resultado del genocidio camboyano, la Cuba de Castro, la revolución de los camisas rojas de Tailandia, el régimen militar de Myanmar, la mafia calabresa, incluso tuve la ‘suerte’ de nacer bajo la dictadura de Franco, pero es ahora, al ver la fotografía de Chu, cuando veo el mayor de los horrores que la humanidad ha cometido, y es donde las palabras del gran Saramago retumban en mi cabeza con más fuerza que nunca: “No soy pesimista, vivimos en un Mundo Pésimo”.

Hace 45 minutos, como todos los días, ha comenzado la jornada para los habitantes de ‘la charca de la basura’.


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1 comentario

  1. Alicia 09/11/2010 en 18:48

    Tremendo!! esto no debería existir. Una verdadera vergüenza.

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