Viernes 09 de diciembre de 2016,
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La educación en Marruecos: un lujo, no un derecho

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REPORTAJE / En un país donde el 20% de la población es menor de edad, menos del 70% de los niños termina la educación primaria. Las cifras se reducen para las niñas y en las zonas rurales

Desierto, vegetación muerta y, entre las dunas que reflejan el brillo del sol, un modesto edificio hecho a base de módulos prefabricados, similares a los que se utilizan en cualquier obra española.

Lo único que nos da una idea de la utilidad del lugar son los niños, algunos con libros, los más afortunados con mochilas, la mayoría descalzos. Estamos frente a un colegio al sur de Marruecos, provincia de Agadir, municipio de Biougra, donde los turistas no llegan ni de paso, a medio camino entre los bellos montes Atlas y la próspera ciudad costera de Agadir.

Biougra es una de las tantas localidades olvidadas en Marruecos, aquí el salario medio según el Fondo Monetario Internacional es de 1.870 euros al año, algo menos de 160 euros al mes, y pocos niños pueden permitirse el lujo de no contribuir económicamente en casa. La edad mínima para comenzar a trabajar en Marruecos es de doce años, aunque esto no se sigue demasiado a rajatabla y los niños suelen comenzar a trabajar antes, especialmente en las zonas menos urbanas, que son las más desfavorecida. Allí el dinero que los más pequeños aportan a las familias es necesario para sobrevivir, y el Estado lo sabe.

El salario medio es de 160 euros al mes, la mayoría de los menores deben colaborar para el mantenimiento del hogar, en un páis donde es legal el trabajo infantil desde los 12 años

Biougra es una zona básicamente agrícola, con pequeños comercios, y los niños se ven forzados a colaborar en este tipo de tareas junto a los adultos. El absentismo escolar es muy elevado y una de las mayores preocupaciones de los profesores, que ven como, año tras año, algunos de sus alumnos más brillantes terminan dejando los estudios por culpa de la miseria. “Muchos quieren seguir viniendo a la escuela -dice Mokhtar Ahouri Ayad, profesor de Biougra en su perfecto español- pero no pueden venir siempre, tienen que trabajar porque sus familias son muy pobres, sobre todo los huérfanos, aquí hay muchos chicos que sólo tienen madre”.

Según la UNESCO, sólo el 67% de los niños termina la educación primaria. A esto hay que sumar el alto índice de natalidad, ya que hasta hace pocos años el Estado no se involucró demasiado en informar a sus ciudadanos en materia de planificación familiar. Y eran los únicos que podían hacerlo, puesto que durante varios años el Rey mantuvo el monopolio sobre los medios de comunicación. Hoy se estima que alrededor del 20% de la población son menores de 18 años.

Pero la pobreza no es el único gran problema al que se tienen que enfrentar en las escuelas marroquíes. El machismo que aún sigue imperando, fruto de una visión extremadamente estricta del Corán, hace que muchas niñas abandonen la escuela por imposición paterna apenas entran en la pubertad. Consideran que son más útiles en casa, ayudando a su madre y aprendiendo las tareas que en el futuro deberán desempeñar para ser unas buenas esposas. Por cada 100 niños escolarizados hay 88 niñas, cómo indican datos de la ONU que analizan el cumplimiento de los ‘Objetivos del Milenio’. Y la cifra disminuye drásticamente en las zonas rurales.

“Afortunadamente esto ya está cambiando, no todos somos iguales, no todos creemos igual, cuanta más cultura menos fanatismo”, afirma Abderrahaman, manager de algunos grupos locales en su tiempo libre, profesor de otra de las escuelas de Biougra y padre de cuatro hijas, las cuatro mujeres, mientras la mayor, de 19 años, espera impaciente a que éste termine de hablar para que le preste las llaves del coche.

Adentrarse en el colegio Arbi Chtouki de esta diminuta localidad de mayoría berebere es un golpe devastador para la conciencia de cualquier ciudadano del tristemente llamado Primer Mundo.

En las modestísimas aulas de colegio se amontonan más de una cuarentena de niños, no disponen de cuartos de baño, sólo los profesores gozan de ese privilegio. Aquí la pobreza toma el cuerpo de un calor seco y sofocante.

El aula de ‘informática’ tiene dos ordenadores, que la cuarentena de pequeños observan desde sus mesas mientras toman apuntes. La biblioteca tiene los estantes a medio llenar. No hay bolígrafos. Ni lapiceros. Ni cuadernos.

Los exámenes se hacen en folios blancos y el colegio no tiene suficientes para todos, les piden a sus alumnos que los traigan de casa, pero los chicos muchas veces no pueden permitirse comprarlos. Abdul Fares, el director del colegio, nos explica que les asignan un presupuesto a principio de curso, reconoce que no es suficiente, pero se anda con pies de plomo para no hacer la más mínima crítica al Gobierno y, por extensión, al Rey, ese Rey que nos observa como el Gran Hermano de George Orwell, a través de sus fotografías dispuestas en cualquier esquina de cualquier sala de cualquier edificio público marroquí.

¿Becas? No, aquí no hay becas, la matrícula cuesta 120 MDH (12 euros) por los 3 años de la secundaria, y eso aquí es muchísimo dinero… Muchísimo. A veces los profesores les pagamos la matrícula de nuestro bolsillo

Mokhtar, el profesor, se muestra más crítico cuando le preguntamos por las becas. “¿Becas? No, aquí no hay becas, la matrícula cuesta 120 MDH –unos 12 euros- por los tres años de la secundaria, y eso aquí para algunos padres es muchísimo dinero… Muchísimo. A veces los profesores les pagamos la matrícula de nuestro bolsillo”.

Cualquiera que escuche hablar a este profesor, originario de Iznzaren, un pueblo perdido en las montañas, puede pensar que a él como profesor pagado por el Estado el dinero le da para permitirse ciertos lujos. Pero nada más lejos de la realidad. Los sueldos de los funcionarios marroquíes, como maestros, conductores de autobús, barrenderos… están, según datos del Centro de Documentación Nacional del Reino de Marruecos, por debajo de esa media que el FMI da de 160 euros al mes, siendo muy similar a lo que gana un obrero en su región.

Mokhtar, de 30 años, hace gala de la hospitalidad típica del buen musulmán. Es amable, bromista, pregunta incansable sobre la cultura española y, sobre todo, tiene una gran disposición por ayudar a su pueblo. Uno de los cinco pilares del Islam, la religión oficial del país y la que profesan la mayoría de ciudadanos marroquíes, como Mokhtar, es la limosna. Pero Mokhtar no quiere ni dar ni recibir limosna, no quiere caer en la caridad, en su cuaderno de ‘proyectos’, donde anota todas las ideas que se le ocurren para mejorar la situación de Biougra, o los datos de las asociaciones que creen que pueden colaborar con ellos, predomina una idea fundamental: no dar un pez, enseñar a pescar, es decir, hacer que los más necesitados se sientan miembros útiles de la sociedad, que participen en ella para poder salir de la pobreza, que no tengan que dependen siempre de otros, en una sociedad que, por desgracia, está demasiado acostumbrada a tener que agachar la cabeza y dar siempre las gracias.

En el Índice de Desarrollo Humano que la ONU elabora todos los años, Marruecos está en una posición intermedia. En la lista de países más pobres, ocupa el puesto número 61. Pero estos datos carecen de fiabilidad, ya que gran parte del producto interior bruto del país pertenece a un pequeño porcentaje de personas (el 20% según la base de datos del Banco Mundial tiene en Marruecos el 78% de la riqueza) mientras que las acusaciones al Gobierno marroquí por maquillar sus datos de una forma nada discreta se han dado desde diversas organizaciones, tanto gubernamentales (el Banco Mundial, quien además ha denunciado en repetidas ocasiones la corrupción de Mohammed VI, quien les impide el acceso para sus estadísticas a datos como el porcentaje de pobreza o desempleo) como no gubernamentales (Reporteros sin Fronteras, Amnistía Internacional, etc.).

Uno se da cuenta pronto de las enormes diferencias sociales del país y el alto índice de corrupción. Palacetes mozárabes junto a chabolas y hoteles de lujo rodeados de mendigos dan fe de lo primero. El miedo de la población a criticar al Gobierno, miedo a la policía y al resto de fuerzas del Estado, dan fe de lo segundo.

Es difícil en un país controlado con mano de hierro que la población se rebele reclamando las mejoras sociales y económicas que se merecen, reclamando la parte del pastel que ahora se reparte entre unos pocos. Las autoridades son conscientes de que sólo los extranjeros se atreven a levantar la voz, y ejercen un férreo control sobre los viajeros occidentales.

En este clima, la mayoría de jóvenes va creciendo sin apenas aspiraciones, saben que el 10% de su población vive con apenas un euro al día. Sólo en las grandes ciudades hay un atisbo de esperanza para ellos y esto provoca que las migraciones internas sean feroces. Pero a medida que ciudades como Rabat, Agadir, Marrakech o Casablanca crecen a un ritmo descomunal, en el resto no se aprecia un mínimo de desarrollo desde hace más de una década.

En Amouri (que aglutina la población en un radio de 200 km) solo hay un colegio, financiado por la UNESCO, cuenta con dos barracones blancos, sin patio ni ordenadores, por supuesto

Erkhalid Ouchat nos pasea por la localidad de la que él es presidente, el equivalente a un alcalde español. La localidad de Ammouri está formado por varias decenas de pueblos dispersos por las montañas Atlas en un radio de 200 kilómetros, no hay agua, las mujeres tienen que ir a buscarla al pozo, la electricidad es para quien puede permitirse comprar un generador.

En Ammouri sólo hay un colegio, del que ellos se sienten orgullosos. Está financiado con fondos de la UNESCO y tardaron muchos años en conseguir que fuera construido. Pero el paisaje es desolador. Dos barracones blancos y un poco de pintura de colores para darle un aspecto menos deprimente, eso es todo, no hay patio (la carretera y un barranco de 500 metros al otro lado es su lugar de recreo), ni ordenadores, ni una cancha de baloncesto. No hay nada, podría ser igual un colegio que una caseta para resguardar a las cabras. Uno se pregunta si un organismo que forma parte de la ONU no podría haber hecho más por esos niños que viven en un lugar hostil, que van a estudiar con 40º a las tres de la tarde o que como es el caso de la mayoría de muchachas de la localidad, altamente conservadora y casi rozando el fundamentalismo, tienen que hacer auténticos esfuerzos para compaginar sus estudios con las labores domésticas, que incluyen duras labores agrícolas y ganaderas.

Sin embargo, a un puñado de kilómetro, apenas media hora de camino por las serpenteantes carreteras de ese puerto de montaña, se encuentra otro centro, la omnipresente estrella de la bandera marroquí, esta vez en forma de piedrecillas frente a la entrada, nos da la bienvenida. Eso y una enorme chapa que deja claro quién construyó el lugar, Fundación Hassan II. Un centro para acoger a diversas organizaciones y, sobre todo, a niños de intercambio, españoles, franceses, etc. Un espléndido lugar en medio de la nada, en medio del desierto y las montañas, que consta de múltiples magníficos edificios a la sombra de jazmines y naranjos que luchan por sobrevivir en un clima que no es el suyo con ayuda del riego artificial. Un centro que consta de habitaciones, cocinas, salas de estudio, múltiples aulas de informática con modernos ordenadores, sala de música, una biblioteca repleta de libros, un salón de actos, canchas de tenis, de fútbol….

Los que importan son los que ahora devoran con ferocidad sus libros, ansiosos por aprender y que se merecen poder seguir haciéndolo

Y está vacío. Ningún niño ocupa sus clases, ni disfruta aprendiendo a tocar allí la impoluta batería. Nadie prepara la comida en los tallin de la cocina, ningún pequeño juega al baloncesto en sus canchas, ni planea obras de teatro en su sala de actos y, probablemente, ningún niño de la zona disfrutará nunca de la piscina que están construyendo, porque ese centro está allí para hacer bonito, para dar publicidad a ese Gobierno y ese Rey corruptos que piensan más en compartir el té –y el pastel- con sus amigos saudíes y franceses que en su pueblo.

Ese centro huele a tristeza, porque nunca se usará para lo que debiera y porque refleja en última instancia una de las causas principales de la pobreza en los países en desarrollado y la dejadez de ese ‘Primer Mundo’ que por intereses políticos y económicos muchas veces hacen la vista gorda ante soberanos que no deberían serlo. Volvemos al colegio financiado por la UNESCO, o tal vez sólo por una parte de los fondos que la UNESCO había proporcionado para ese fin. Eso ya importa poco, los que importan son los que ahora devoran con ferocidad sus libros, ansiosos por aprender y que se merecen poder seguir haciéndolo. Igual que Mokhtar quiere proporcionar a sus vecinos las herramientas para aprender a pescar y no tener que darles el pez, si educamos a los niños de ahora, los dueños del mañana, es posible que en un futuro tengan la suficiente confianza en ellos mismos, los conocimientos suficientes y la valentía para rebelarse y poder gritar bien alto que se merecen algo más.

Fotografías: Julia Roses


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1 comentario

  1. SARA GONZALEZ 08/03/2012 en 10:32

    HABER ME PARECE UNA FALTA DE EDUCACION (YA QUE SE HABLA DE EDUACIÓN EN OTROS PAISES, SIN DARTE CUENTA DE LA QUE HAY EN ESPAÑA), QUE HABLES SIN CONOCIMIENTO, YA QUE EL 100% DE LO QUE HAS ESCRITO EN ESTE ARTICULO ES TOTALMENTE MENTIRA…ASI QUE EMPIEZA POR APRENDER TU Y LO QUE ESTA A TU ALREDEDOR Y DESPUES HABLA DEL RESTO.

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