Jueves 08 de diciembre de 2016,
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La fiesta del parado

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Hace tres días se celebró el Día del Trabajo, ante la indiferencia de la mayor parte de la sociedad ante los cinco millones de parados, más preocupados por el fútbol o las bodas reales

La fiesta internacional del trabajo va cobrando, con los años, visos de cierto elitismo en nuestro país. Las banderas rojas (ese color con tantas connotaciones ya desvaídas) que ondean al viento en las principales ciudades son sólo reminiscencias de lo que un día fue un verdadero movimiento sindical que defendía el presente y futuro de sus trabajadores. Ahora, la rutina, tanto en las formas como en el fondo, en la celebración de la efeméride se nos antoja como una vana hipocresía orquestada por unos líderes serviles que capitulan ante un gobierno afín y traicionan a su ciudadanía.

El día del trabajo es hoy más que nunca la jornada de la paradoja. La paradoja de unas cifras de desempleo que circundan los cinco millones de personas sin trabajo, una tasa insólita en nuestro país, y que sin embargo sólo suscita la indiferencia entre la población, demasiada ocupada por los numerosos y variopintos señuelos que jalonan los medios de comunicación.

La juventud se está percatando de que la situación les incumbe directamente y la convocatoria de diferentes movilizaciones abren la esperanza de una reacción tardía aunque necesaria

En una semana hemos presenciado la prolongación de ese estado cataléptico alimentado por el mundo del fútbol y sus clásicos, que además ha servido para avivar odios enconados entre españoles en base a un nacionalismo rancio e irracional; la boda real del sucesor de una monarquía anquilosada en siglos pretéritos que sorprendentemente continúa sembrando la admiración de la plebe de todo el mundo; y la beatificación del que fuese sumo pontífice Juan Pablo II, en un acto de tintes grotescos por el empeño de elevar a la categoría de santo a un hombre que facilitó los abusos a menores del pederasta fundador de Los Legionarios de Cristo Marcial Maciel, amigo personal y principal baluarte de los grupos religiosos extremistas surgidos en torno a la figura de Juan Pablo II.

Todos ellos fenómenos que estimulan el fervor de las masas sin un mínimo componente de racionalidad y que tienden a encubrir las carencias reales que padece la sociedad. De hecho, la progresiva escalada de las cifras de paro ha pasado desapercibida entre tan imperante actualidad para el regocijo de los que se sienten responsables de tamaña debacle y que, sin embargo, persiguen con ahínco mantener el trono desde el que seguir manipulando y corrompiendo.

Al menos, la juventud se está percatando de que la situación les incumbe directamente y la convocatoria de diferentes movilizaciones, como la del próximo 15 de Mayo en todas las capitales de provincia del país coordinada por DemocraciaRealYa!, abren la esperanza de una reacción tardía aunque necesaria en la actual coyuntura. El 90% de los que pierden empleo son menores de 35 años y el acceso a un puesto de trabajo se antoja cada vez más complicado y sujeto a condiciones precarias. La rebelión de los becarios del diario El Correo de Andalucía, los cuales se niegan a trabajar mientras sus compañeros contratados permanezcan en huelga, es una medida admirable que debe constituirse como un ejemplo a seguir.

Con tal panorama, es indudable que la celebración de este Primero de Mayo al que ya a nadie importa es superflua e hipócrita. Con un 21% de la población sin empleo, sería más práctico festejar el día del parado, por aquellos que ya padecen su cruda realidad y por aquellos otros que pasarán a engrosar las colas de la oficina estatal si nadie remedia esta catástrofe.


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