Domingo 23 de julio de 2017,
Bottup.com

La fábula de la librera y el parroquiano

1 punto2 puntos3 puntos4 puntos5 puntos6 puntos7 puntos8 puntos9 puntos10 puntos (Valora el artículo)

Image

Mucho quería vender la librera y poco interesado parecía estar en ella el parroquiano

Como los cuentos de tradición oral, esta historia real -aunque parezca
una fábula- es de las que todavía ocurren en algunos pueblos. A mí me la
transmitió el cuñado de la hermana del primo de una vecina que pasaba por
allí, y que ahora explico para que cada uno
extraiga su propia moraleja.

En las fábulas son animales los que intervienen, pero lo sucedido lo protagoniza alguien que, como la liebre, quería ir más deprisa de la cuenta y terminó ofendiendo al lento parroquiano que, como la tortuga, se tomaba su tiempo curioseando los libros en busca de algún título interesante para adquirirlo previo pago de su importe.

¿Qué clase de vendedor es el que, por un exceso de celo, trata finalmente al indeciso cliente con desprecio?

 

La liebre -perdón- la librera, como veía que la tortuga -quiero decir- el indeciso pero en todo momento educado cliente, no se decidía por ningún libro en concreto, al principio y sin que fuera requerida, se ofreció amablemente a ayudarle a encontrar lo que buscaba. A lo que el remiso parroquiano respondió dándole las gracias que “estaba curioseando”.

Ahí, en ése punto del diálogo con el posible comprador, es donde el vendedor excesivamente vehemente por definición puede sentir la primera frustración. ¿Y qué clase de vendedor es el que, por un exceso de celo, trata finalmente al indeciso cliente con desprecio? Obviando, a priori, el uso de sus facultades mentales, probablemente el que más se involucra en la venta, es decir, el que por lo general suele ser además propietario del negocio. Máxime si el establecimiento es de nueva adquisición, reformado, surtido de libros y, por consiguiente, con muchas letras por pagar que se suman al impuesto sobre actividades económicas (IAE), distribuidores, luz, agua, etcétera.

En el relativo a ese subjetivo “desprecio” hacia el cliente antes citado, pueden influir muchos otros factores. Desde los meramente psicológicos, como son los de la naturaleza intrínseca del vendedor, su idiosincrasia o problemática personal que sólo Dios, él y su psiquiatra -si se lo hace mirar- sabe o trata, hasta los que conciernen de forma más concreta a la sociabilidad, los más mundanos o mezquinos como son las envidias, odios, rencores o antipatías habituales. Siendo estos últimos aspectos susceptibles de agudizarse más en pequeños núcleos de población o tiendas de barrio.

Por otro lado, el cliente potencial comprador, a su vez, se rige por sus particulares factores determinantes, tales como ser lector, usual comprador de libros en establecimientos del ramo y, por tanto, ojeador en busca de obras -ya sean novedades o fondo de librería- que satisfagan su deseo de lectura, o el simple curioso amante de la literatura que, aunque finalmente no compre, puede que lo haga en otra ocasión si le viene en gana. Esto último es absolutamente elemental para cualquier vendedor con sentido común, pues sabe perfectamente que la venta -salvo la efectuada por clientes casuales o de paso- es un ejercicio de fondo que reporta beneficios regularmente. Sobre todo, si se trata de una librería de barrio o de pueblo como es el caso.

Ese -más o menos- sería el perfil generalizado de cliente de tienda o pyme, si bien a él son igualmente aplicables factores de otra índole como los psicológicos o de sociabilidad antes citados, y que, por supuesto, del mismo modo valen también para el comprador.

Tenga cuidado, amigo vendedor, de no confundir al cliente que no compra
porque no le viene en gana con el que hurta, porque eso constituye una
grave ofensa para el primero

 

Ahora bien, en lo referente a lo estrictamente económico, el comprador estaría condicionado por su solvencia o poder adquisitivo; el precio de venta al público; las ofertas y/o rebajas permanentes o de temporada, y las campañas de marketing al uso. Ahí es donde, igualmente, el comprador puede sentirse frustrado en mayor o menor medida valorando precio o producto y su solvencia. Esta situación es la que zanja rápidamente el amigo de lo ajeno o cleptómano con el hurto. Pero tenga cuidado, amigo vendedor, de no confundir al cliente que no compra porque no le viene en gana con el que hurta, porque eso constituye una grave ofensa para el primero que, compre o no, lo hará según sus legítimas ganas de gastar su dinero, independientemente de la habilidad y cortesía del tendero que, en este historia, brilló por su ausencia.

Para evitar estos “malentendidos” -y que conste que en el caso que nos ocupa malentendido es un amable eufemismo-, están a disposición del tendero los modernos dispositivos de seguridad o antirrobo, de los cuales carecía la protagonista de esta historia. Lógicamente, el comprador protagonista de este suceso se sintió muy ofendido por el “malentendido” -sin duda deliberadamente intencionado por parte de la ¿frustrada? librera-, y éste remitió a la misma una misiva manifestándole su agravio. La cual -lo sé de buena tinta (de impresora)- es la que reflejo a continuación, según me dijo el cuñado de la hermana del primo de una vecina que pasaba por allí:

“Los honrados comerciantes que temen que la gente que entra en sus establecimientos les vaya a robar mercancía, para no ofender a nadie -cosa que haces tú, PETARDA-, instalan arcos de alarma en las puertas y ‘chivatos’ en los artículos, en tu caso libros. No cachean ni registran mientras los clientes, educadamente y haciendo uso de su derecho, hojean los libros con la única intención de comprar si les interesa, hablo en mi caso, claro. Pero a ti la nueva tienda te viene grande, y si tuviera la mitad de superficie te seguiría viniendo grande porque eres una PETARDA sin educación, y no la tendrás ni leyéndote todos esos libros que pretendes vender molestando a los clientes que, como yo, leemos y compramos en librerías atendidas por personal educado que no trata de intimidar ni molestar a sus clientes ni mucho menos ofender tocándonos los bolsillos de la ropa de abrigo como tú hiciste conmigo. Ya lo dice el refrán: “cree el ladrón que todos son de su condición”. Lo extraño es que no me tocaras también el paquete, porque eres una PETARDA de cuidado. En vista de tu insistencia y acoso, te pregunté por el libro de Raymond Queneau ‘Ejercicios de estilo’, que tú no sabías si lo tenías y dudo mucho que sepas que exista; como tu estilo, que brilla por su ausencia. Tú, la educación y la categoría, ni sabes lo que es, PETARDA. El mundo del libro y de la cultura ganaría mucho sin ti. A ver si aprendes de tu hermano, él si parece apto para el negocio que regentáis, por lo demás, una buena y surtida librería”. 

 

Nota: Ahora, las consecuencias de la misiva son imprevisibles: desde una matanza como la ocurrida en Puerto Hurraco, hasta un simple y correcto “perdone usted”. Todo depende. Estos hechos bien podrían haber sucedido en cualquier pedanía, por eso, ni siquiera cito hipotéticos lugares para que no se ofenda indirectamente ningún lugareño.

 

Foto (cc): MorBCN

¿Te gustó este artículo? Compártelo

Sobre el autor

Escritor, fotógrafo y periodista ciudadano, también escribe en su blog personal Novalis y publica sus libros en Bubok y Editorial Nemira.

2 Comentarios

  1. Anónimo 27/01/2009 en 4:17

    SU INFORMACION ES MUY BUENA PARA LOS ESTUDIANTES GRACIAS

  2. Anónimo 27/01/2009 en 4:15

    hola
    su informacion es muy buena para los estudiantes gracias

Participa con tu comentario