Martes 27 de septiembre de 2016,
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La guerra fascinante

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La concepción de la guerra de un pueblo que nunca la ha sufrido en su suelo, deja imágenes de vítores y festejos tras una ejecución que siembra de dudas el resto del mundo

En uno de los finales más legendarios de la historia del cine, William Munny, ex asesino y ahora vengador decadente encarnado por un Clint Eastwood en estado de gracia, tras salir del saloon en donde se acaba de cargar a medio pueblo en el tiempo en que yo me hago una tila, grita a la oscuridad de la noche, que esconde a unos aterrados agentes de la ley: “Si no quereis acabar muertos, que a nadie se le ocurra seguirme”.

Los Navy Seals, acostumbrados a vivir entre las sombras, recogen su porción de quince minutos de fama mientras en medio EEUU la gente salía a la calle a festejar

Con la mirada de las putas a las que acaba de hacer justicia clavada en su espalda, Munny marcha hacia su casa, donde le esperan sus hijos para retomar la vida tranquila, y lo hace con la satifacción del deber cumplido, la justicia, la venganza certificada y, cómo no, el final apoteósico de una película que devolvió a Hollywood el esplendor de los westerns pasados. Munny, redimido tras purgar sus pecados en su último acto de servicio como pistolero la Ley del Talión, es uno de los símbolos más preclaros de la mitología estadounidense que, a diferencia de la nuestra, es mucho más cercana y no va más allá de doscientos años atrás.

Munny es una máquina de matar, como lo son cualquiera de los Navy Seals que ayer acabaron con la vida del hasta entonces enemio número uno de EEUU y, por extensión, de occidente, Osama Bin Laden. Lo cierto es que Bin Laden, más que un líder terrorista era un fantasma. Hoy los Navy Seals, acostumbrados a vivir entre las sombras, recogen su porción de quince minutos de fama mientras en medio EEUU la gente salía a la calle a festejar, no ya el final de una guerra que nunca debió comenzar, sino el final de una película que ya había durado la friolera de diez años, en la que sólo faltaban Bill Murray y Dan Aykroyd, enfundados en sus monos con las mochilas a la espalda en una apoteosis de baile tras dar caza al ectoplasma.

En toda mitología, hay héroes buenos y los hay malos. Los héroes buenos están bien para sacarte fotos con ellos en un viaje turístico a NY, incluso para presentárselos a tu madre si llega el caso. Esos héroes buenos van de azul y de rojo en la ciudad en ruinas que ayer, diez años después se lanzó a la calle presa de un sentimiento de júbilo que sonrojó a muchos a este lado del Atlántico y a unos cuantos (más de los que pensamos) allí mismo. Pero cuando se trata de pasar página no queda otra que recurrir a los héroes por un rato, que son los malos. Los que llegan, hacen el trabajo y se van para que nosotros después abramos las botellas de champán.

Que los americanos hayan tirado por el camino de en medio descerrajándole a Bin Laden un tiro en la cabeza (según las informaciones, que en estos casos son más autos de fe que periodismo) no es otra cosa que una muestra más del practicismo con el que se suelen hacer las cosas en el país de las barras y estrellas. Lo explicó ayer Enric González en un artículo tan certero como los que hace siempre. Lo de González es como el buen periodismo, está pero cada vez se prodiga menos.

Lo de ayer fue una simple cuestión de ajustar cuentas y las cuentas en una cultura que dibuja su mundo en blancos y negros no entiende de juicios y tribunales

El primer ataque en carne propia sufrido por USA fue Pearl Harbour y se solventó humillando a Japón con dos bombas nucleares. El segundo fue un 11-S, el resto es literatura. Lo dice Tony Judt cuando señala que en ningún otro país del mundo, la guerra provoca tanta fascinación como en EEUU. Porque no la han sufrido en casa y en las que han librado públicamente, siempre han ocupado el papel de los buenos. Lo de ayer fue una simple cuestión de ajustar cuentas y las cuentas en una cultura que dibuja su mundo en blancos y negros no entiende de juicios y tribunales, más teniendo encima de la mesa el cada vez más maloliente marrón de Guantánamo.

La verdad es que me da lo mismo si Bin Laden murió de muerte ‘matada’ que de muerte ‘morida’. Rapidita e indolora, como las buenas bodas, la suya ha sido una muerte que si no nos favorece a todos, sí que nos ha ahorrado meses de elucubraciones sobre qué hacer con un tipo que había prometido la aniquilación de Occidente pero que, en su locura, casi se lleva por delante a medio oriente. Por otro lado, todo el proceso permitirá que afloren miles de teorías conspirativas, porque de algo se tiene que alimentar el hombre. Una vez tengamos los estómagos llenos, será la Casa Blanca la que en tiempo y forma nos ilumine con imágenes de lo que fue una ejecución en toda regla, porque en eso consisten las guerras, en matar y no dejarte morir.

Pongamos por caso que Bin Laden es capturado vivo por uno de esos comandos de los Seals que, hasta pocos minutos antes de caer sobre el escondite del líder de Al Qaeda (en el supueto de que exista tal organización), desconocían cual era el objetivo de la misión. A dónde llevarlo, cómo juzgarlo, quién, cuándo. Es cierto que supestamente organizó el 11-S, pero también lo es el hecho de que se le relaciona con los atentados de Londres y Madrid, por lo que estos gobiernos tendrían el mismo derecho a reclamar su derecho a juzgarlo.

EEUU no ha ratificado el estatuto de la Corte Penal Internacional porque no le sale de las pelotas y porque, de haberlo hecho, nos dejaría a muchos sin argumentos para nuestras discusiones etílicas acerca del pérfido Gran Satán en su intento de dominar el mundo, cueste lo que cueste. Es allí donde debería ser juzgado, pero, lamentablemente, el mundo, a pesar de lo que creen muchos norteamericanos, no es blanco o negro. Allí sólo llegaron algunos ruandeses y unos cuantos yugoslavos. Sadam no, Sadam era otra cosa, otra cuestión personal, y los trapos sucios se lavan en casa. Lo que no quiere decir que una gran parte de la opinión pública norteamericana, la que no se verá reflejada en nuestros medios, no esté ya acumulando munición para preguntarse por el qué, el cuándo, el dónde, el cómo y, sobre todo, el por qué.

será la Casa Blanca la que en tiempo y forma nos ilumine con imágenes de lo que fue una ejecución en toda regla, porque en eso consisten las guerras, en matar y no dejarte morir

Con el cadáver todavía caliente envuelto, suponemos, en sudario como manda la tradición islámica, el autodenominado periodista de periodistas españoles, comparaba la actuación de Obama con la de González en los años del plomo. Decía Pedro J. que mientras el norteamericano salía bajo luz y taquígrafos a anunciar la muerte de Bin Laden, ajusticiado por un comando de los Seals, González todavía se preguntaba en una reciente entrevista si había hecho bien en no dar la orden de volar a la cúpula de ETA cuando tuvo ocasión para, según un razonamiento expuesto ayer por el mismo Obama, hacer del mundo un poco más seguro y evitar así muchas muertes futuras.

Pedro J., que donde no está manda recado, parecía aplaudir la disposición del norteamericano frente a la ocasión demarrada por el que sigue llamando Señor X. Lo dice Pedro J., que hizo carrera a base de destapar el terrorismo de estado de los GAL y de ponérselo encima de la mesa a un país que nunca sabe qué hacer con sus muertos. Esa es la gran contradicción española. La boca agua de imaginarme a Zapatero anunciando en rueda de prensa que un comando de los GOES acaba de cargarse en una casa del norte de Francia a lo que queda de los patriotas vascos. Y luego el diluvio.

Siempre queda el recurso: es que hay unos muertos mejores que otros. A Carrero lo levantaron al tejado unos héroes, a Ceacescu se lo pasaron por la piedra sus correligionarios y a Mussolini su pueblo. Hitler no nos dio el gusto y tiró el mismo del gatillo (a menos que siga vivo escondido en la Pampa, como sugieren los conspiranoicos), a Trujillo lo dejaron acribillado en una cuneta. Una putada, pensamos muchos, que Pinochet llegase a entrañable abuelo y que Franco muriera en la cama sembrando España de demócratas de la noche a la mañana. En cuestión de muertos y muertes es difícil contentarnos. Al fin ya al cabo, ya decía Camus aquello de que cada idea equivocada termina en un baño de sangre, pero siempre es la sangre de otros.

Una parte de la opinión pública de EE.UU., que no se verá reflejada en nuestros medios, está ya acumulando munición para preguntarse por el qué, el cuándo, el dónde, el cómo y, sobre todo, el por qué

A Di la felicitaron ayer unas cuantas veces. Al principio ella no sabía por qué, y luego su interlocutor le decía, como quien ha visto a EEUU ganar la Copa del Mundo, y por pura empatía, “habéis matado a Bin Laden”. Y llegó a casa echa un lío, ya que no acertaba a comprender que a 8.000 kilómetros de casa la felicitaran porque un Seal le hubiera pegado un tiro al terrorista más buscado del planeta, devolviendo a la vida de todos un once de septiembre de 2001 que casi parecía olvidado. Como tampoco entendía Di aquí, ni Marcie en Michigan, la alegría desbordada de los miles que salieron a la calle a festejar una ejecución. Di y Marcie, como el replicante Roy Batty, han visto cosas que la mayor parte de los norteamericanos no creerían. Han visto, por ejemplo, que el mundo no se acaba en la frontera de EEUU, desde donde toda guerra es fascinante.

Fotografía (CC): theqspeaks


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