Sábado 05 de abril de 2014,
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La migración de los jornaleros agrícolas en México: un drama desconocido

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Los jornaleros indígenas van desde las montañas del pobre sur mexicano a trabajar a los campos agrícolas del norte del país. Pueblos enteros desplazados por el hambre y explotados sin distinción de género o edad

Estela Santiago, de siete años, se desencaja pequeñas espinas. Observa los puntos rojos de sus manos y continúa arrastrando un bote entre los surcos de este ‘Campo 3′ de la empresa Agrícola Exportadora de Vegetales. Vino con su familia y con todo su pueblo a contratarse como cortadora de pepino por una jornada de 6 de la mañana a 5:30 de la tarde… ¡Catorce!- el número que le asignaron en la cuadrilla-, grita cada vez que llega a la tina donde vacía el bote de 15 kilos de pepinos.”

Así comienza de un reportaje de la revista ‘Contralínea en Angostura, Sinaloa (escrito por Zósimo Camacho) que retrata un fenómeno poco conocido en México: la migración interna de las comunidades del sur depauperrado a los campos agrícolas del noroeste del país. Animado por lo dramático del reportaje, me propuse recopilar materiales sobre el tema, encontrando una fuente de información de calidad solo equiparable a su crudeza en los documentos del ‘Centro de Derechos Humanos de la Montaña Tlachinollan (CDHMT)‘, organización no gubernamental que se dedica, entre otras cosas, a dar atención a los jornaleros de Guerrero. Este texto es resultado de este proceso, emprendido con el objeto de elaborar una síntesis y difundir este, hasta ahora casi desconocido, drama.

Está región destaca por su nivel de marginación, de rezago educativo, desempleo, mortalidad materna, desnutrición infantil, y de violaciones de derechos humanos

El título del más completo de estos informes, ‘Migrar o morir‘, describe gráficamente la situación de la población de este rincón de México: ante el retiro del Estado del campo y la negativa de las autoridades para asumir el compromiso de promover y defender los derechos de sus ciudadanos, migrar o morir es el único camino que le se les ha dejado a los pueblos indígenas de La Montaña.

Uno de los Estados con una geografía más accidentada de México, Guerrero, es un espacio poco propicio para la agricultura o el comercio. Dicha geografía ha sido coparticipe de su atomización demográfica y la marginación de muchos de sus pobladores. Sobre todo los indígenas, población que se vio obligada a refugiarse en lo alto de las montañas para liberarse del yugo explotador ya desde tiempos de la Colonia.

La Montaña guerrerense cuenta con una población de alrededor de medio millón de personas, dentro de las cuales alrededor de la mitad son indígenas pertenecientes a los pueblos mixteco y tlapanecos (con alto grado de población monolingüe), distribuidas en varios cientos de comunidades, en unos 11.000 km2.

Dentro de un Estado ya pobre, caracterizado por el minifundismo, la erosión de los suelos y una producción agrícola de subsistencia o de infrasubsistencia, está región destaca: lo hace por su nivel de marginación, de rezago educativo, desempleo, mortalidad materna, desnutrición infantil, y de violaciones de derechos humanos. Por comparar, digamos que en ella hay municipios tan pobres como en Malawi.

La actividad predominante es la agricultura de temporal, sobre todo dedicada al maíz y al frijol. Este sector es el más empobrecido de la agricultura mexicana, ya de por sí golpeada por la descapitalización del campo, producto tanto de una reducción de la inversión pública en el desarrollo rural, como de la apertura de las fronteras del país a la importación libre de productos agrícolas. Esto ha subrayado las desigualdades económicas entre un sector campesino e indígena estancado y un sector exportador moderno: la baja de subsidios y las barreras comerciales colocaron a muchos los campesinos en el límite de la supervivencia. De acuerdo con el CDHMT, los habitantes de esta región (sobre) viven con 500 kilos de maíz durante cuatro

Sus habitantes sobreviven con 500 kg de maíz durante cuatro meses, lo que les obliga a migrar. La región expulsa entre 10.000 y 50.000 jornaleros cada ciclo migratorio

meses, lo que los obliga a salir de la región para enrolarse como jornaleros agrícolas o sucumbir a la tentación de sembrar enervantes (lo que ha añadido más problemas al empobrecimiento brutal de estos pueblos, y ha justificado la mayor presencia del Ejército, ya existente a causa de la recurrente guerrilla).

Así, la falta de oportunidades para el desarrollo y para la autosuficiencia alimentaria, conjugada con factores de tipo geográfico, de represión política y militar, ha hecho que la migración hacia los campos de cultivo agroindustriales del noroeste de la República se haya convertido no solo en una fuente de ingresos, sino en “una estrategia de sobrevivencia en la que se apoya la reproducción no solo material y social de las familias, sino también en la reproducción económica política y cultural de población enteros”.

Las estadísticas oficiales (el Programa de Atención al Jornalero de la Secretaría de Desarrollo Social) estiman que anualmente la región expulsa entre 10 y 15.000 jornaleros durante el ciclo migratorio. Sin embargo, cifras del CDHMT señalan que son arriba de 50.000. La realidad supera las estadísticas, y la región de la Montaña se encuentra cada vez más despoblada.

La ruta más importante de esta migración es la llamada ruta del Pacífico, que va de Oaxaca, Guerrero y Michoacán hacia Sinaloa, Sonora, Baja California y Baja Sur, sobresaliendo Sinaloa como principal receptor de trabajadores.

Algo relevante en esta migración es su carácter familiar (y a veces comunitario): se incorporan al éxodo migratorio un amplio porcentaje de mujeres y menores de edad. En los campos no se hacen distinciones de edad o género, por lo que se recibe la misma paga, las mismas condiciones de asistencia social y participa en la actividad laboral toda la familia.

Otro rasgo importante del fenómeno es que, si bien antes la migración de estas familias correspondía a un ciclo migratorio establecido con base en el ciclo agrícola de las comunidades rurales que estaba en relación

Con el ‘enganchamiento’ a los jornaleros les ofrecen salarios y condiciones que luego, en la práctica, no se cumplen. Los contratos son siempre verbales y las condiciones reales, de explotación

con el ciclo productivo de los campos agroindustriales, actualmente esto se ha modificado: la migración presente en la Montaña no es sólo de carácter estacional, sino permanente o pendular. Este es el caso de los migrantes conocidos como ‘golondrinos’, que se caracterizan por seguir la ruta de los ciclos agrícolas, buscando continuidad en el empleo. Familias enteras de jornaleros a quienes los amplios periodos de trabajo fuera de su lugar de residencia los conduce a una situación de desarraigo, dejando a familiares, vecinos, amistades, y rompiendo el vínculo con su entorno comunitario.

La migración comienza con el ‘enganchamiento’. Los jornaleros son contratados generalmente en su lugar de origen a través de enganchadores o contratistas. El empresario agrícola subcontrata a estos intermediarios, que son personas que ofrecen sus servicios a los productores y que cobran una cuota por llevarles los jornaleros y regresarlos a sus lugares de residencia. Ya en el inicio, los migrantes se ven sujetos a engaños y extorsiones para obtener el empleo por parte de los enganchadores, que acuden a las zonas expulsoras y ofrecen altos salarios, vivienda digna, despensas gratuitas y transportación adecuada,… promesas que nunca cumplen. El enganche no debe confundirse con una contratación formal. El patrón nunca firma ningún contrato particular, son sólo contratos ‘verbales’, y ninguna autoridad atestigua la legalidad del proceso. Las autoridades estatales y federales siguen siendo espectadores y se limitan a contabilizar (mal) a la población jornalera y a paliar sus multiples necesidades con despensas y primeros auxilios (cuando hay). Los jornaleros están solos.

Lo siguiente es el viaje, desde el remoto sur hasta los estados del noroeste. Un trayecto que, si se va a Sinaloa, abarca más de 2.000 kilómetros y llega a durar más de 40 horas (cuando debería durar 30) por la mala condición del transporte asignado por los contratistas. Un transporte que no da comodidad ni seguridad, donde por las noches conciliar el sueño es casi imposible: en cada par de asientos va una familia entera, y para dormir se deja a los niños en ellos mientras que los adultos duermen (si pueden) en los pasillos. Un viaje en que se detienen a comer sólo dos veces, dónde consumen lo que comerían en su tierra: frijoles y tortillas. Y donde no hay paradas para que los jornaleros (muchos de ellos niños) puedan ir al sanitario, se aseen. Y si

Los jornaleros en el campo son muy vulnerables, debido a que la mayoría, indígenas, son monolingües y carecen de documentos oficiales: el salario es más bajo que el prometido y las comidas se reducen

las hay, serán pocas, y en llanos yermos, porque en las estaciones de servicio los empleados cerrarán rápidamente los baños al ver a los pasajeros del autobús. Un viaje en el que se entrará a la Ciudad de México de madrugada, “porque si no, las patrullas nos ponen una chinga”, como dice un enganchador a ‘Contralínea’.

Clandestinos en su país, tras más de 1.000 kilómetros recorridos, llegarán a Sinaloa, donde lo primero que se hará es requisarles toda la fruta (disposiciones estatales, no se puede llevar de un Estado a otro), privándolos de una de sus pocas fuente de alimentos. Y aún faltarán horas para llegar al campo.

Los campos. El jornalero migrante recibe un trato inadecuado en la mayoría de las ocasiones por parte de la población y personal de la empresa agrícola de las localidades donde trabaja, situación que se acrecienta en el caso de los indígenas que son monolingües y en su mayoría no cuentan con documentos oficiales (credencial de elector, acta de nacimiento), lo que los convierte en una población muy vulnerable y expuesta a todo tipo de violación a sus derechos humanos. No es raro que al llegar al campo resulte que el sueldo es más bajo que lo prometido, que la hora de comida pactada de reduzca, al igual que su número (de 3 a 2 veces diarias).

En cuanto a la vivienda que las empresas proporcionan a los jornaleros, generalmente consisten en galerones construidos con lámina de cartón o metálica, con divisiones que forman habitaciones, con el piso de tierra, carentes de agua potable y de servicios sanitarios. En ellas se hacinan cientos de jornaleros con los eminentes riesgos de contagio y suciedad. En otros casos, el trabajador y su familia improvisan su habitación con materiales de desecho. Hay campamentos tan grandes que albergan hasta 3.000 personas.

En el tema de la alimentación, ésta es tan mala que genera fuertes problemas de desnutrición. Además, el alto costo de la vida en las zonas de trabajo impone la necesidad de ahorrar todo lo posible del salario familiar, reducir al máximo sus gastos y, en particular, el destinado a la alimentación.

Las ‘tiendas de raya’ les venden los alimentos más caros y a crédito, de manera que se endeudan y su salario nunca cubre lo debido. La alternativa es desplazarse más de 15 km

Se consume lo habitual, viniendo los jornaleros de una cultura de infrasubsistencia alimentaria, y si se consume refresco en lugar de agua (crítica que les hacen algunos funcionarios) no es por derroche, sino porque el agua de la que que disponen los campos no es potable (hay que ir por ella a kilómetros de distancia), y la que se vende en las tiendas del campo es demasiado cara.

En estas tiendas del campo, propiedad de protegidos de los patrones (“la tienda es de un amigo, de un hermano, un compadre”), los jornaleros son frecuente objeto de extorsión. Les venden todo más caro, y ‘enganchan’ a los jornaleros al venderles a crédito las mercancías que necesitan. Cuando cobran, el salario no alcanza para cubrir la deuda y seguir comprando, así que los tenderos los mantienen constantemente endeudados. Estas tiendas se conocen como ‘tiendas de raya’ (en referencia a las que existía en tiempos anteriores a la Revolución, en la dictadura de Porfirio Díaz en las haciendas). Los capataces se excusan: no se les obliga a comprar ahí, hay supermercados cerca: “a sólo 15 o 20 km”.

En cuanto a la salud, las enfermedades más frecuentes son desnutrición, parasitosis, gastroenteritis, intoxicación y deshidratación. Las intoxicaciones se deben a la ingestión de alimentos o aguas contaminadas con agroquímicos o a su absorción directa a través de la piel. El uso de agroquímicos para lograr un mayor rendimiento por hectárea se lleva a cabo sin ninguna preocupación por la integridad física del trabajador. En algunos lugares se fumiga con avionetas en el momento de la cosecha y, si los jornaleros no se resguardan a tiempo, son rociados igual que las plantas. En otros predios, los mismos jornaleros aplican los agroquímicos sin protección alguna. El pago de indemnizaciones por accidentes o enfermedades de trabajo no se acostumbra.

En general, el servicio médico para los trabajadores del campo es muy deficiente (muchos de ellos no tendrán acceso ni a la Seguridad Social por falta de documentos), excepto cuando se trata de planificación familiar: es frecuente que cuando las mujeres llegan la clínica del campo les proponga el uso de métodos anticonceptivos o se les sugiere ligarse las trompas de Falopio por la imposibilidad de darles seguimiento o un

Las enfermedades más frecuentes son desnutrición, parasitosis, gastroenteritis, intoxicación y deshidratación. El servicio médico es muy deficiente salvo en planificación familiar: a las mujeres se les sugiere el ligamiento de trompas

tratamiento adecuado a un embarazo.

Dentro de los migrantes, la situación de dos colectivos merece especial atención. En primer lugar, el de las mujeres, esposas de los jornaleros, cuyo trabajo se divide entre el quehacer doméstico, que se les asigna por el hecho de ser mujeres, y el del campo agrícola, donde son quienes realizan las labores más pesadas, como la ‘pizca’, que a veces significa una jornada de 18 a 20 horas diarias. Su salario es siempre considerado complementario al de su marido, no cuentan con incapacidad por gravidez ni con servicios médicos durante el embarazo, y se ven forzada a trabajar hasta el último día de la gestación y regresar al trabajo a los 15 días del parto.

El otro colectivo son los niños. Dentro de los campos agrícolas el trabajo infantil es muy solicitado y los niños participan en el trabajo apenas tiene capacidad de hacerlo, a pesar de que la ley marca la edad mínima permitida para el trabajo. La mayor parte de los niños jornaleros ya no continúan estudiando: los ciclos de cultivo no coinciden con los periodos de vacaciones escolares, la constante movilidad de los trabajadores dificulta la asistencia a una escuela regular, y los horarios a los que están sujetas las escuelas habilitadas en los campos son incompatibles con los de trabajo. Tampoco se dispone de albergues para que las madres que tienen bebés los dejen mientras ellas van a laborar al campo. Por el contrario, los llevan sobre su espalda y a orillas de los surcos dejan a los más pequeños, que aún no pueden trabajar a su lado.

Con herramientas que son peligrosas por su filo hasta para los adultos, sin protección o guantes que pudieran evitar que se lleguen a cortar algún dedo, habilitados con lo único que caracteriza al jornalero: un pañuelo sobre su cabeza con una gorra encima, y suéteres o blusas de manga larga que les sirven para protegerlos de los insectos y los rayos del sol, las condiciones laborales de los niños jornaleros no distan mucho de las de los adultos: sin prestaciones, con bajos salarios, y con un trabajo intensivo. Lo que realmente le importa al agricultor es que los pequeños junto con sus padres completen las cajas con los vegetales que tiene que cortar para que éstos se puedan exportar a tiempo.

Los niños trabajan en las mismas condiciones que los adultos. Las madres trabajan hasta el último día de gestación, y 15 días después del parto se reincorporan al trabajo con sus bebés a su lado, en el suelo

Los derechos laborares son letra muerta. Uno de los principios fundamentales del artículo 123 de la Constitución mexicana es la protección de la vida, la salud y el bienestar del trabajador y su familia. Esto debería proteger a todos los trabajadores, incluido los jornaleros agrícolas con un contrato ‘verbal’. La Ley Federal del Trabajo también. Pero, como afirman en el CDHMT, si la clase obrera tiene dificultades para que se respeten sus derechos laborales, la situación es peor aún para los jornaleros agrícolas. La ley es letra muerta para la aplicación de los derechos de estos trabajadores, que trabajan 12 o 14 horas diarias, sin día de descanso, para obtener un pago apenas superior al salario mínimo. Además, a las organizaciones independientes que se han empezado a organizar el Gobierno sistemáticamente les ha negado su registro.

Una migración ‘irrelevante’. Abel Barrera, director del CDHMT considera que “esta migración interna no interesa a nadie”. Solo hay exhortos oficiales de que se trate bien a los mexicanos que llegan a Estados Unidos; pero no se habla de los mexicanos del sur que salen a trabajar a los campos de Sinaloa, Baja California, Baja Sur y Sonora. Isabel M. Nemecio, coordinadora del Programa de Jornaleros Agrícolas de Tlachinollan, y autora del informe ‘Migrar o morir’ señala que “el tema de la migración interna es casi desconocido, a pesar de que en nuestro país emigran de un Estado a otro 3,1 millones de personas. Más del 90 por ciento, indígenas.

Como señala Serrano “el problema es el hambre”. El Gobierno no garantiza la alimentación de la gente que vive en el campo. “Con lo que la familia siembra en un año en la Montaña les alcanzará para comer durante unos pocos meses, pero eso implica que no se enfermen, que no tengan que invertir en ropa ni escuela para los niños”, señala para ‘Contralínea’. Y cuando eso se acabe, no tendrán que comer. La migración es la única salida. Una migración no para hacer dinero o ‘mejorar su calidad de vida’, sino para sobrevivir.

Aunque el de jornalero agrícola es un trabajo sin futuro, un paliativo para la sobrevivencia, un alargamiento de la vida en condiciones inhumanas, es el único atisbo de esperanza de los olvidados de La Montaña de Guerrero. Gente sin ningún asidero, en su propio país. Como escriben desde el CDHMT: “sólo para poder llevarse a la boca una tortilla con frijoles, familias enteras padecen maltratos, engaños y abusos”.

Fenómeno desconocido y calificado como irrelevante por las autoridades, esta migración interna trastoca la vida comunitaria, transforma roles familiares, desestructura sistemas de organización social y pone en riesgo la vida de cada familia y cada pueblo que se ven obligados a migrar o morir.

César Morales Oyarvide es politólogo especializado en estudios latinoamericanos en las Universidades Autónoma de Barcelona y Complutense de Madrid.


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1 comentario

  1. Pedro López López 06/05/2012 en 15:28

    Una realidad que nadie quiere ver y que no aparece en la agenda de ningun gobierno, una realidad que solo la conocen quienes la viven y quienes de ella se aprovechan. “Un hombre no puede ser libre si no satisface primero sus necesidades primarias, mientras, estará sujeto a un sistema que limitará su libertad de decidir y vivir”, dónde esta la libertad y dónde estan sus derechos fundamentales?

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