Sábado 05 de abril de 2014,
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La soledad dentro de la multitud

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OPINIÓN / Como si se tratase de un opio que nos envuelve

La pobreza nos conduce a la soledad, al hecho siempre de sentirse solo, de forma voluntaria o involuntariamente según los diferentes casos y circunstancias. El hombre/mujer puede ir todos los días al trabajo (¡trabajo, y ¿dónde…?!), ir a reuniones, fiestas, congresos, circular de un lado al otro por las calles sin comunicarse realmente con los demás seres humanos (incluyo a los perros, los mejores amigos del hombre); éste es el gran problema de nuestra actual sociedad del siglo XXI -con sus luces y sus sombras-: la soledad dentro de la multitud, como si se tratase… de un opio que nos envuelve.

Cualquiera puede ir todos los días al trabajo, ir a reuniones, fiestas, circular de un lado al otro por las calles sin comunicarse realmente con los demás

En cualquier caso, malo es reducir la política a un enfrentamiento entre pobres y ricos, suprimiendo esa clase media tan necesaria en todas las naciones que se precien de ser democracias: es como extender una mano a la esperanza hecha vida, insisto, que nos prometen las democracias liberales: éstas últimas han de ser superiores a las monarquías, las aristocracias, las teocracias, los totalitarismos comunistas (hoy casi muertos…) o a cualquier ideología de las que pululan por esos mundos de Dios. “(…) Os doy este signo: cada pueblo habla su lengua del bien y del mal, que el vecino no comprende. Ha inventado su propio lenguaje de costumbres y derechos. Pero el Estado dice mentiras en todas las lenguas del bien y del mal; y en cualquier cosa que os diga, miente, y cuanto posee, lo ha robado”, Nietzsche, ‘Así habló Zaratrusta’.

Nos falta comunicación abierta y sana entre nuestros corazones –hoy piedras muertas que producen soledad–, que de hecho emanan cantidades ingentes de seres humanos que viven solos, o, de otro modo, en compañía de perritos de compañía. Nos sentimos solos y distantes, voluntaria o involuntariamente, pero solos… al fin y a la postre. Muchas veces nos encontramos solos a pesar de estar rodeados de personas a nuestro alrededor, y así, sin duda, se bloquea nuestra vida afectiva y de relación.

Nos falta amor, que es entrega y muchas veces sufrimiento al mismo tiempo. Somos seres vivos mientras pernoctamos en este valle de lágrimas, y por esto, sencillamente, hemos de motivar nuestra libido –deseo sexual propio de cada uno de nosotros–, para que dos seres humanos se amen, se quieran, se deseen… Y tanto es así que mi corazón -que emana amor por los cuatro costados–, me dijo: “La vi solo unos instantes, sola, sobre la quieta nieve emanando dulzura, quietud, belleza… eternidad. Desnuda estaba decúbito prono, pero enseñando nada en su desnudo cuerpo. Escuche voces, divinas palabras… Su cuerpo emanaba olor puro a rosas, no concupiscencia; allí donde los ojos admiraban sin clavar dardos venenosos, allí donde pensamientos se sumaban en el olvido, allí donde el hombre contemplaba en ella a su Dios Creador”.

Se pregunta uno, muchas veces, qué espera el mundo de nosotros. Y mi corazón al pronto me responde: humanidad, más humanidad con nuestros semejantes. Y es que el mundo en que vivimos se nos está viniendo abajo, económica y moralmente hablando. Nos falta esa necesaria humanidad de respeto y cariño para con los demás. Nos falta espiritualidad en nuestros corazones, y no me importa, o no nos debe importar que cada cual practique la religión que le enseñaron sus progenitores, pues todos tenemos el mismo Dios: el Dios de todas las religiones.

Nos falta amor, que es entrega y muchas veces sufrimiento al mismo tiempo

Generamos sentimientos y emociones negativas, que nos conducen a la creación de seres solitarios, muchos seres solitarios que pululan por esos mundos de Dios. Si me siento triste, si me siento abandonado, si siento angustia en mi corazón –mano abierta a la vida es el último, y triste pero noble es reconocerlo–, me transforma en un hombre solitario parcial y/o temporal hablando. Entonces surge la historia –triste, verdadera, inventada, quizá fue un sueño… de ‘Las mil y una noches… y qué se yo– que describo a continuación.

…Era tarde y tenía mucha prisa. Poca gente circulaba por la calle; sólo un hombre sentado sobre las escaleras de un portal, quien me dijo: “¡Eh!, escuche…”. Paré mis pasos, preguntándole: “¿Le ocurre algo?”. Cruzamos nuestras miradas, mientras sostenía en sus dedos un cigarrillo apagado, diciéndome: “¿Me da fuego?”. “Yo no fumo”, le contesté.

¿Quién sería aquel personaje? Vestía ropas cansadas por el tiempo, sin afeitar, y tendría sobre setenta y siete años. Volviendo sobre lo andado, le dije: “Tome, tome… cien pesetas”. “No pido limosna y nunca la he pedido”, me contestó. Para enmendar mi anterior error, continué diciéndole: “¿Quiere tomar un vino?”. Al instante, respondió: “Poco bebo y cuando lo hago me lo pago yo”.

Por mi cabeza circulaban mil y una preguntas, y le interpelé: “¿Qué desea entonces?”. Al momento, contestó: “¡Hablar!, hace más de un siglo que no hablo con nadie”. Le sonsaqué si contaba con familia y contestó que tenía tres hijos y cuatro nietos. “Más vale no hablar…; y, con la vejez, pierde uno hasta los buenos amigos”, concluyó diciendo.

He leído poco y me han contado algunas cosas sobre los ancianos. Allí se encontraba una de esas criaturas solitarias, un semejante que sólo solicitaba “hablar”… y una cerilla que no le pude dar. Verdaderamente era alguien que estaba mendigando humanidad; bueno…, sí era realmente un ser que estaba solo.

Me arrepentí después de no haber estado más tiempo con él -ahora que está de moda no arrepentirse de nada (ni los políticos cuando mienten o se equivocan, ni los economistas cuando yerran en sus pronósticos)-, con su soledad y sus miedos, su aislamiento…, que será lo que uno tendrá a pocos años vista, si la sociedad en la que estamos inmersos no cambia sus costumbres deshumanizadas.

Hemos de salir de este profundo y triste río que recorre nuestras venas llamado soledad

Cuando viejos comienzan nuestras grandes limitaciones físicas e intelectuales y entonces el afecto, la comprensión, el cariño… suplen unas y otras. El último recorrido de mi corta o larga vida lo veo más llevadero dentro de la convivencia familiar y no aislada en tristes residencias que, aunque bien atendidas y limpias, son paredes muertas de mi propia soledad. Hay un antiguo proverbio chino que dice: “De jóvenes somos hombres, de viejos, niños”. Pues bien, ¡cuidemos a los niños!

Nuestra actual sociedad se ha olvidado de nuestros niños y ancianos, ignorando que los últimos han sido ya los primeros y, si Dios quiere, los primeros serán los últimos. Y es que nuestras universidades utilizan medios educativos trasnochados, que imparten conocimientos pero se olvidan de forman personas -jóvenes-, que son los verdaderos motores para construir un mundo mejor que el nuestros. La historia así nos lo enseña, y Rubén Darío también en su maravillosa Canción de primavera: “¡Juventud, divino tesoro, ya te vas para no volver! (…)”.

Hemos de salir de este profundo y triste río que recorre nuestras venas llamado soledad: cuando se decaen nuestras fuerzas internas del sentimiento, es fácil caer en una depresión afectiva –que hiere nuestros sentimientos– y que posiblemente nos llevará a un estado de ánimo muy común en nuestra sociedad actual: la depresión. Ésta es la tan temida y común enfermedad del siglo XXI, que puede degenerar en el suicidio: enemigo público número uno de nuestra actual juventud. Nacer es una alegría y morir es una tristeza… mas sabio, prudente y bueno es vivir el día a día: recordando alegrías y olvidando tristezas.

La Coruña, 22 de septiembre de 2012
Mariano Cabrero Bárcena es escritor


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Sobre el autor

(...)He nacido en Madrid, 8 de Noviembre de 1938. Estoy casado y con dos hijos. Soy esscritor, poeta y ensayista. Funcionario de La Administración del Estado(escala Ejecutiva), jubilado, pero con unas ansias enormes de seguir escribiendo para aprender de los demás. Informar, tratar de ilustrar y entretener forman parte de mi bagaje cultural, que renuevo a diario. Y en todo momento trato de transmitir tranquilidad y esperanza a la sociedad actual: todo dentro de una ética periodística adecuada a cada momento. Busco como articulista el informar cuanto antes lo que acontece a mi alrededor. Lo demuestro con mis humildes obras( hijos propios salidos de mis sueños): "Periodismo: ¡Difícil profesión!" (1995) y "Mi compromiso con el periodismo" (1998). Intento penetrar en el difícil mundo de la poesía, y lo lleva a cabo con silencios, diálogos con muertos y con la exaltación del amor a la mujer: el ser más maravilloso sobre la tierra. Trato de demostralo con mis libros de poemas : “Reminiscencias de mi juventud, Poemas" (1994), "Miscelánea de muertes, sueñosy recuerdos, poemas" (1995), "La realidad de mis silencios, poemas" (1997) y "La travesía de la vida, poemas" (2001).Siempre escribo para aprender de los demás, de sus críticas, de sus consejos...He tratado de no mentir, más uno lo haría en dos casos muy concretos: a) para salvar la vida de un ser humano, y b) para elogiar la belleza de una mujer –parto de la base de que para uno existen tan sólo mujeres menos guapas, pues toda mujer tiene su encanto...-.

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