Domingo 04 de diciembre de 2016,
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Las ‘campanadas’ en pueblos que ya no están en la memoria de nadie

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Es curioso que termine un año y comience otro donde nadie pueda contarlos. En la aldea de Reinares, en el alto Jubera, en La Rioja, ocurre hace más de medio siglo

A la Nochevieja de este año sólo asistirá la luna, llena para la ocasión. Y sus reflejos volverán a palidecer las aguas límpidas del río Santa Engracia que en este despoblado, ¡ironías de la vida!, es aún un recién nacido que corre ansioso a desaguar en el Jubera. En los lugares deshabitados el tiempo se diluye hasta detenerse y entonces surgen experiencias cercanas a la eternidad.

A Reinares no hay carretera. Hemos llegado en coche por una pista hasta otra aldea anterior, también deshabitada. Se llama Bucesta. El viento golpea contra la pared de piedra el marco de una desvencijada ventana de madera. Enseguida pienso en el efecto de ese sonido desacompasado en el silencio absoluto de la noche. Bajo un cielo extraordinariamente estrellado. El valle del Jubera, junto a los del Cidacos, Leza y Alhama, es reserva de la Biosfera por sus valores naturales. Y este año que termina han obtenido además una distinción ‘starlight‘ que promueve la Unesco. Reconoce la pureza de los cielos nocturnos. Y donde estamos es excepcional.

Es llamativo que se vean tan maravillosamente bien las estrellas donde no hay ojos para mirarlas. La despoblación garantiza la inexistencia de cualquier contaminación lumínica y de otros tipos

Es llamativo que se vean tan maravillosamente bien las estrellas donde no hay ojos para mirarlas. ¡Claro que la despoblación garantiza la inexistencia de cualquier contaminación lumínica y de otros tipos!

En Bucesta aún queda alguna casa más o menos en pie. Por el rebollar seguimos camino de Reinares. Cuando dejamos el bosque el terreno se vuelve árido y rocoso. Por eso sorprende la primera vista del pueblo rodeado de pradera verde.

Y todo salpicado de las piedras que se han ido cayendo de las casas en ruinas. Muchas son de un rojo oscuro, casi granate, y el contraste con el verde es hermoso. El aire es lo único que se mueve en medio de tanta quietud. Y nuestros ojos que rebuscan obsesionados por dar con algún vestigio de los hombres y mujeres que un día se sentaron delante de la iglesia a charlar al atardecer.

La iglesia de San Miguel con su espadaña sin campanas. Se intuye el soporte que pudo sujetar una. Repicarían el día del patrón, el 29 de septiembre, y con suerte, la temperatura, esa noche de fiesta, tal vez no fuera demasiado fresca, porque este santo, como San Martín, suelen traer su veranillo.

Y los amantes esa noche cruzarían el puente. La construcción se mantiene intacta. Es tremendamente hermoso por su sencillez. Como la iglesia ya suma quinientos años. Son del siglo XVI.

Dejamos a los amantes escapando hacia el hayedo. Nosotros seguimos unos pasos río arriba hasta llegar a la intersección con el arroyo Linares. En esa lengua de tierra, alfombrada de hojas y en medio del bosque, todo lo empapa la locuacidad saltarina del agua. Y las lajas de caliza rojiza han sido testigos de casi todo.

De regreso y sin posibilidad ya de vislumbrar Reinares, se sigue sintiendo, a la espalda, el magnetismo de un pueblo que quizá ya no esté en la memoria de nadie

Llevan ahí por lo menos ciento veinte millones de años y millones de lunas llenas, como la de este fin de año, se han resbalado por su pétrea superficie. Y al final aunque yo me empeñe en reconstruir historias de humanos resulta que el tiempo sin ellas siempre fue mayor.

Pero desde la parte alta de Reinares vuelvo a imaginar. En esa casa José acarrearía los troncos de roble para calentar el hogar y recibir el año nuevo. Ahí Carmen remendaría la falda con la que querría despedir un año algo infeliz pero que ya daba por superado. Y cerca de los cabritos que acababan de nacer Julio y Ernesto contarían los días que faltaban para los Reyes Magos. A ver si esta vez paraban por esta parte de la sierra que llaman ‘las Alpujarras del norte’, porque siempre faltaba de casi todo.

De regreso y sin posibilidad ya de vislumbrar Reinares, se sigue sintiendo, a la espalda, el magnetismo de un pueblo que quizá ya no esté en la memoria de nadie.


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