Jueves 30 de marzo de 2017,
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Las cosas de Dios

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Quizá lo que más me alejó de ‘las cosas de Dios’ fuera el hecho de que crecí viendo cómo las manejaban un tipo de hombres

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Fernando

Después, durante mi juventud vagabunda, insatisfecha y llena de esperanzas, conocí a muchos de “esos hombres que manejan las cosas de Dios”.

Ya de adulto, la ruta Jacobea me proveyó de largas conversaciones, y de una más que señalable correspondencia con algunos de “esos hombres que manejan las cosas de Dios”.

Recuerdo que sentí que algunos de “esos hombres que manejan las cosas de Dios” eran como los custodios de la semilla a futuro (o una parte de esos custodios) del “humanismo”.


Aprendí a ver en ellos, inmersos en la gran multinacional Iglesia Católica S.A., la otra cara de esa cosa que a los más rebeldes, a los desarraigados, a los que no formamos “iglesia” nos parece un servil y vejatorio sometimiento.

En esa otra cara y escrito en una lengua muy antigua, con caracteres extraños y aún para muchos indescifrables, se pueden ver los desdibujados contornos de un concepto ancestral: “ecclesia”, y se explica de forma sucinta que “ecclesia” es la unión, o el encuentro, de voluntades resueltas e incontestablemente fieles a un fin último y concreto.

A los más atrasados, a los prisioneros de la imagen y de la cultura de western, se nos hace muy abstracto entender que para ellos, para “los hombres que manejan las cosas de Dios”, el personalismo que nos ciega a nosotros tiene otra categoría en ellos, otra incidencia y otra dimensión.

Si sabemos entender “ecclesia” veremos enseguida porqué a ese concepto ni le conviene ni le interesa “el pastor” que yo entiendo y anhelo en las comunidades.

Para forjar el concepto “ecclesia” deben, necesariamente, desmontar el personalismo de la imagen.

Deben conseguir que nadie piense “Fernando”, sino Iglesia Católica S.A.

El hombre que “maneja las cosas de Dios” en Olocau (Valencia) se llama Agustín García-Gasco y es Cardenal y Arzobispo de Valencia y Gran Canciller de la Universidad Católica de Valencia.

Yo creo que sí conoce a la perfección, su empresa en la que ha hecho carrera se dedica a las almas de los humanos, el desgarro social que la sustitución de un párroco querido produce en los fieles … y la convalecencia de ese desgarro.

Pero también es sabedor de que dentro de ese desgarro de las separaciones, se consigue el propósito de “ecclesia” ya que los fieles vuelcan su confianza en el nuevo sacerdote, quien por otra parte usa los mismos atributos y símbolos que Fernando, aunque nunca será, ni para bien ni para mal, Fernando.

El círculo se cierra y los personajes configuran la obra.

Vale, eso por “el otro lado”, por el mío podría escribir mucho y muy claro, pero a parte de que no vendría a situación, faltaría al respeto que le debo a Fernando, un respeto que me invadió cuando le vi en la entrega sin reservas durante la organización y desarrollo de la Cena Medieval.

Respeto que ha acrecentado cuando esta mañana le he preguntado, en un exabrupto:

“¿Tú te quieres ir de Olocau ?”

Y su respuesta arrasadora de sinceridad ha sido:

“No, yo no me quiero ir, pero lo que yo quiera no cuenta, yo me debo a la Iglesia …”

Le he creído, le he creído hondamente y su sinceridad, la transparencia del tono de su voz y el brillo en sus ojos me ha conmovido.

Esa es su voluntad, su decisión y su compromiso.

Como a todo al que respeto, le deseo que “Su Camino” sea el que más convenga a su ejercicio, el que más  seguridad le reporte, el que le dote de la  confianza necesaria para alcanzar la máxima solidez en sus convicciones.

Un abrazote Fernando, colega …

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