Jueves 08 de diciembre de 2016,
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Las habaneras de Calella de Palafrufell

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Ante un atasco y continuas pintadas contra el invasor castellano, recuerdo la retransmisión de ayer a las cuatro de la madrugada. Reemisión de la tradicional audición de habaneras. Catalán y castellano, juntos y revueltos

Ampurdán. Hace tiempo que se me enturbian los ojos al oír ‘El meu avi’. Mi madre contaba que el abuelo volvió de Cuba tras la guerra de la independencia, 1898, con todas las enfermedades imaginables. Las peores, hambre y parásitos. El Carreras se restablecería y ejerció de albañil en Zaragoza. Murió antes de mi nacimiento, 1940. Peor mi abuela paterna, Julia, buscando el cadáver de su hijo Alberto entre los miles de muertos de la guerra de África, el Rif, 1921. La abuela enterrada con su padre y marido en el nicho propiedad de la familia desde hace un siglo en el cementerio de las Corts.

El franquismo al revés no es buena política. Los catalanes que hablamos el catalán somos bilingües, y los monolingües solo hablan castellano, hecho incontrovertible

Lo cito de nuevo por la relatividad y sucia historia de patrias, imperios y lenguas. Que el catalán debe normalizarse, resucitar, academizarse, institucionalizarse, obtener y mantener la altura de las más importantes lenguas romances y europeas creadoras de la cultura occidental y greco-oriental, del todo admisible, pero usarlo de hecho diferencial (discriminar en oposiciones, como insisto ocurrió en mi familia en pleno pujolismo) es un disparate que creo perjudicial para el propio catalán.

El franquismo al revés no es buena política. Los catalanes que hablamos el catalán somos bilingües, y los monolingües solo hablan castellano, hecho incontrovertible. Retorcer la realidad es absurdo, y montar sistemas de traducción donde todos se entienden perfectamente en uno de los dos idiomas, además de un gasto innecesario, es una sandez. Y si me apuran, el castellano, ni es invasor, ni como lengua tiene la culpa de los reveses históricos.

El castellano no tiene la culpa que los austríacos perdieran la guerra de 1714 por el Trono español frente a los borbones franceses. Y retrocediendo en siglos, de que las sagas de condes y duques de los franco-condados reafirmaran alianzas ante el poderío musulmán casándose con aragoneses, navarros, o castellanos. Ni que unos u otros a su dialecto latino o jergas góticas unieran vocabulario árabe, enturbiando aún más si cabe el latín u occitano o provenzal inicial de sus aliados o federados catalanes. En una palabra, el castellano es parte consustancial de la historia de Cataluña, y que sus clases dirigentes, su aristocracia, se castellanizara, tampoco es culpa del castellano, si acaso del común enemigo del sur por el que se crearon las alianzas. El Quijote elogió aquella Barcelona, bilingüe según consta en los archivos. Tampoco tiene culpa de que la miserable y casi esclava mano de obra de la industrialización iniciada el siglo XIX hablara castellano.

Y qué tonterías acudir a historias de hace siglos tan disparatadas como las más cercanas del Rif o Cuba. Ni yo ni nadie en las calles barcelonesas, o solo los malintencionados, tienen problemas al interrelacionarse en castellano, y que algunos político-psicópatas pretendan la confrontación no solo es irracional sino preocupante. El de “en dig Lluis y no Luis” merece el rápido envío a un equipo psicológico-psiquiátrico.

Yo solo entiendo esa psicopatía si con ella unen empleos a familiares y amiguetes o las mamandurrias de la política, o sea, la ‘Gran Corrupción’, ¡terrible para el Catalán!

Mi pesar es no ser trilingüe.


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