Miércoles 23 de abril de 2014,
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Las relaciones generacionales juegan un papel importante en la adolescencia

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Según un estudio de la FAD, los jóvenes españoles actuales se parecen más a sus padres que los jóvenes de
otros grupos socioculturalmente diferentes

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La imagen que transmiten los medios suele estar relacionada con problemas.
“Actualmente en España estamos muy influidos por la convivencia de
generaciones que han sido educadas en la obediencia con otras educadas en la tolerancia.”

Adolescencia y juventud son dos palabras sobre las que los adultos tienden a proyectar sus experiencias personales. La relación que mantienen con los adolescentes está muy condicionada por cómo vivieron aquella etapa: lo bien y lo mal que lo pasaron, los miedos que padecieron, los placeres que experimentaron, las relaciones que establecieron con o contra la autoridad, la experimentación del riesgo en su doble vertiente positiva y negativa. También las relaciones generacionales juegan un papel importante. Actualmente en España estamos muy influidos por la convivencia de generaciones que han sido educadas en la obediencia (cuando no en el autoritarismo) con otras educadas en la tolerancia (cuando no en la negligencia). Pero no siempre ha sido así.

Hace menos de dos siglos en Europa no existía la adolescencia. Con frecuencia al llegar a los catorce años, edad en la que suelen empezar los conflictos entre padres e hijos, uno de los padres ya había muerto y en cualquier caso, con una expectativa de vida mucho más corta que hoy, las relaciones intergeneracionales se regían por una solidaridad basada en una firme reciprocidad sin culpas ni complejos: “hoy cuido de ti y mañana tú de mi”. La adolescencia como fenómeno generalizado está vinculado a la prolongación de la escolarización efectiva en más de diez años (Europa y América del norte) durante el siglo XX. Anteriormente ya existía pero sólo entre una minoría de clase alta.

La prolongación del periodo formativo ha contribuido históricamente al desarrollo de la sociedad occidental pero hoy las dificultades para el acceso a la vivienda y al primer empleo están prolongando artificialmente esta etapa alejando el momento de la emancipación real de las familias de origen que acaban soportando el peso de la falta de oportunidades del sistema. Ello crea algunas incógnitas en el seno de las familias ¿Cuáles son las pautas (derechos y obligaciones) que deben regir el comportamiento de estos jóvenes no adultos’ o ‘adultos no emancipados’? ¿Qué pueden esperar de ellos sus padres? ¿Qué les deben exigir?

“Tanto
se ha extendido el arquetipo de adolescente problemático que aquellos
chicos y chicas que no lo son pueden preguntarse si serán normales.”

Por otra parte, la imagen que transmiten los medios de comunicación suele estar relacionada con problemas, crisis, consumo, consumismo, cuando no con cosas peores como drogas, violencia o accidentes de tráfico. Para colmo un determinado tipo de psicología ha contribuido a la definición de la adolescencia como un periodo de problemas y crisis. Se ha querido convertir una etapa vital en un factor de riesgo. Tanto se ha extendido el arquetipo de adolescente problemático que aquellos chicos y chicas que no lo son pueden preguntarse si serán normales. Es innegable que hoy los jóvenes consumen más alcohol y más drogas ilegales y que ello entraña riesgos; los más graves los relacionados con la conducción, y que en la escuela asistimos a episodios de violencia y de falta de control de los impulsos con más frecuencia de lo que sería deseable, pero tampoco conviene caer en el estereotipo de una generación de alcohólicos, drogadictos o violentos porque no es verdad. Si algo caracteriza a la juventud española actual es su pluralidad. Y si a alguien se parecen, en lo que a valores se refiere, es a sus padres. Sí, como demostró un reciente estudio de la FAD, los jóvenes españoles actuales se parecen más a sus padres que los jóvenes de otros grupos socioculturalmente diferentes.

Para comprender cabalmente lo que pasa entre los adolescentes y sus familias es necesario sustituir el enfoque exclusivamente individual de la psicología tradicional por otro que de cuenta de la evolución real de las familias, una psicología evolutiva familiar. Cada etapa del ciclo vital familiar tiene determinados retos y necesidades que afectan al sistema en su conjunto y sólo pueden ser entendidos completamente desde esa óptica global. En esta etapa concretamente la familia tiene que apoyar el tránsito a joven adulto.

Es verdad que toda transición de una etapa a otra puede implicar tensiones o ‘crisis de crecimiento’. Por ejemplo, el pleno desenvolvimiento del pensamiento abstracto y crítico conllevará un replanteamiento de las antiguas normas aprendidas en casa y en la escuela. También se someterá a examen la doble moral de los adultos y las contradicciones entre teoría y práctica. Las nuevas capacidades físicas y psicológicas exigirán la revisión de los términos de anteriores acuerdos. Habrá que volver a negociar. El desplazamiento del afecto de la familia hacia las relaciones con los iguales también puede ‘dejar huérfanos’ a algunos padres y a algunos matrimonios basados casi exclusivamente en la paternidad y la maternidad. En definitiva, nuevas necesidades requieren nuevas respuestas, pero que sean o no problemáticas, que desemboquen o no en una crisis, dependerá del conjunto de la familia y no exclusivamente del adolescente.

“No se trata de culpar a los padres, ni de despreciar los problemas de los jóvenes, sino de entender en qué
momento la familia se atascó para encontrar una solución”

Ahora bien, en ocasiones los problemas, abuso de alcohol, violencia, trastornos de conducta o del comportamiento alimentario, etc., se consolidan o alcanzan un determinado umbral. Entonces hay que pensar en un ‘fracaso’ o una ‘dificultad’ para alcanzar el objetivo central de esa etapa del ciclo vital familiar de facilitar la transición de niño a joven adulto. Cuando, por ejemplo, un joven bebe habitualmente en exceso, o se hace dependiente del alcohol, suele tener problemas en otros órdenes de su vida y difícilmente caminará en la dirección de alcanzar la autonomía personal y la emancipación material. Tampoco estará recibiendo el tipo de ayuda que necesita de su familia. El conjunto de la situación (de fracaso) le provocará un tipo de malestar o sufrimiento que tratará de mitigar recurriendo de nuevo a la bebida. No se trata de culpar a los padres, ni de despreciar la multitud de factores que intervienen en los problemas, se trata de entender en qué momento la familia se quedó atascada en su proceso evolutivo natural para encontrar la mejor manera de seguir adelante.

Es evidente que la coyuntura actual, caracterizada por la prolongación artificial de la etapa adolescente, la falta de referentes materiales y simbólicos que históricamente han pautado la transición a joven adulto -los ritos de paso-, unidas a la imagen social que transmiten los medios de comunicación y la industria de consumo, no contribuyen a facilitar las cosas. Pero los padres deben convencerse de que por sí solas esas circunstancias no determinarán el destino de sus adolescentes.

Foto (CC): Paulo Fehlauer

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