Lunes 05 de diciembre de 2016,
Bottup.com

El espíritu de lo políticamente correcto hace del lenguaje de nuestros políticos un dechado de esnobismos e “insistivos”

De todos es conocido que una de las ventajas de ser político es que otorga el don de lenguas. No hace falta estudiar idiomas para desenvolverse con una naturalidad a prueba de ridículo en las más diversas lenguas extranjeras o del territorio nacional. A ellos, a nuestros políticos, junto con algunos profesionales de los medios de comunicación, debemos además muchas de las capturas lingüísticas efectuadas en aguas internacionales, importadas vivas y sin control de aduanas. Pero no quedan ahí sus aportaciones también logran modificar palabras de toda la vida acomodándolas a las necesidades de los nuevos tiempos. Veamos ejemplos.

Parece como si las dos ‘e’ de preveer ofrecieran unos anteojos con los que avizorar el futuro a más largo plazo que con el modesto prever

Los casos del tipo inflacción, cohexión, expléndido, concrección, preveer, etc., tan frecuentes entre nuestra clase política, se denominan en lingüística ultracorrección o hipercorreción, fenómeno que se produce cuando el hablante interpreta como incorrecta una forma correcta, y la restituye a lo que él cree su normalidad. O sea, que el error procede de un deseo de corregir y mejorar, así como de sujetar a la norma hasta aquello que ya lo estaba. El espíritu de lo políticamente correcto. También nos parece advertir la intención de enfatizar o insistir. ‘Insistivos’ llamamos cariñosamente a estos engendros. Parece como si las dos ‘e’ de preveer ofrecieran unos anteojos con los que avizorar el futuro a más largo plazo que con el modesto prever; la inflacción padece en sí misma un proceso inflacionario; la ‘x’ de cohexión y expléndido, recuerdan al choque de dos platillos que puntúan brillantemente su contenido; sobre concrección y, peor aún, sobre concretizar, no sabríamos qué decir. Quizá un deseo desmedido de corrección, un culturalismo desbocado o simple estreñimiento. Al fin y al cabo, ‘como no podía ser de otra manera’, buenas intenciones. Ganas de mejorar, de ‘maximizar la calidad’, ‘de poner en valor’, como a ellos les gusta decir.

España cañí y nuevas tecnologías. En fin, una feliz síntesis de 4×4, que combina los motores de última generación con la nostalgia del tractor.

Por otra parte, los anglicismos y galicismos (glamour, affaire…), junto con las palabras o expresiones traducidas demasiado literalmente de otros idiomas (chequear, implementar, mediático) no se pueden clasificar de otra manera que de puro esnobismo. Esnobismo, sí, pero qué significa al fin y al cabo ser un esnob. Recurramos al diccionario: persona que imita con afectación las maneras, las opiniones, etc., de aquellos a quienes considera distinguidos o que para darse tono adopta actitudes, modas o ideas que no le son propias, o sea, de nuevo un deseo de mejorar o de aparentar ser mejor, lo que, tratándose de un personaje público que tiene que dar ejemplo, tampoco es tan grave.

Pero no todos nuestros políticos son iguales, también tenemos los que les gusta echar mano del refranero o de expresiones castizas como: abrir el melón; gato blanco, gato negro; cero patatero o café para todos. En estos últimos se aprecia un aroma rural que pone el contrapunto al empeño de ser moderno y cosmopolita a toda costa. España cañí y nuevas tecnologías. En fin, una feliz síntesis de 4×4, que combina los motores de última generación con la nostalgia del tractor. La verdad es que en ese sentido puede afirmarse que son exponentes de toda una generación de españoles, que no son mejores ni peores que la mayoría de la sociedad a la que pertenecen, lo cual visto desde el punto de vista de su función representativa, supone una ventaja más que un inconveniente. De hecho, si nos viéramos obligados a elegir entre los que aspiran a la ultracorrección y los que se expresan a través del refranero nos quedaríamos con estos últimos.

No hay ningún problema con el parecido -no confundir con el parentesco- entre representantes y representados. Sólo hay una pequeña trampa semántica escondida en todo este asunto y es que, aunque se empeñen en hacernos creer lo contrario, representar no es sinónimo de dirigir. A nadie le desagrada identificarse con su alcalde o su diputado, lo que no significa que confiemos en ellos para diseñar el urbanismo, dirigir los hospitales o el instituto de nuestros hijos, para eso preferimos a los mejores aunque no se parezcan a nosotros ni se presenten a las elecciones.

Volviendo a la lengua y teniendo en cuenta que, aún raspando la media, nuestros queridos políticos están en la cúspide, se comprende la importancia de sus valiosas contribuciones al idioma.

Fotografía (CC) MCA de UGT

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