Lunes 31 de marzo de 2014,
Bottup.com

La mencindad en la población en la tercera edad peruana

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Mendigo que aguarda en la calle sin refugio, ni trabajo, ni comida

En Chiclayo los niños, jóvenes, hombres o mujeres optan por mendigar en una actividad
que incluye el minar la basura, dormir a la intemperie y lidiar con la
realidad de la calle: violencia, frío y hambre


Se hace imposible conseguir un trabajo para el anciano que migra a la ciudad, pues tiene que competir descarnadamente con una oferta
laboral joven que siempre supera a la demanda

La pobreza genera que la población busque manera alternativas de
generación de ingresos para poder satisfacer las mínimas necesidades. 
En un sistema económico excluyente que restringe las oportunidades
laborales y en donde el desempleo es una realidad cada vez más
creciente, las opciones se reducen a aquellas al margen de la ley
digamos, delincuencia.

 

También está la opción de vivir de la
mendicidad, en este último caso el mendigo no es perseguido por la ley,
pero poco a poco va poblando la ciudad y se va convirtiendo en parte de
la ciudad.

 

Para este grupo humano que ha sido marginado, las condiciones de supervivencia son extremadamente difíciles. Pero aún más lo son para los ancianos y ancianas que no pueden movilizarse por la ciudad con la misma agilidad, que tampoco tienen la misma resistencia al frío y al hambre. Este es un fenómeno que lamentablemente va creciendo de tal manera que es fácilmente observable en la ciudad de Chiclayo.

 

El empleo es escaso y en las zonas rurales lo es más. Las oportunidades en el campo son reducidas, los precios de los productos agrícolas son de los más sensibles a las variaciones de la oferta y la demanda, provocando que haya temporadas en las que los precios caigan estrepitosamente incluso más allá de los costos de producción.

Con estas condiciones, los productores reducen costos a través del recorte de mano de obra, menores extensiones de tierra sembradas o cambio de cultivos.  Pero las consecuencias de esta realidad agrícola se evidencian en el cada vez más creciente flujo de población que abandona el campo y va a la ciudad con la esperanza de encontrar mejores oportunidades.

En este proceso incontenible, los más afectados son los ancianos. Además de que su mano de obra no es valorada por ser menos productiva, para el anciano que migra a la ciudad el conseguir un empleo se vuelve casi imposible, pues tiene que competir descarnadamente con una oferta laboral joven que siempre supera a la demanda.

Jóvenes que generalmente están en mejores condiciones no sólo por su edad, si no también porque si se comparan las cifras, la población de tercera edad con estudios es menor. Un ejemplo sobre las cifras de pobreza: en el Estudio de Igualdad de Oportunidades para un Desarrollo Sostenido una Estrategia Focalizada de Lucha Contra la Pobreza Extrema 1996 al 2000, en el Departamento de Lambayeque, existen 15 distritos con una población total de 149,492 en situación de pobreza extrema.

 

 

El problema es la pobreza y como un sistema económico excluyente
margina de manera más salvaje y cruda a los más débiles, es decir, los
niños y ancianos

Soluciones

 

Como realidad creciente es necesario ubicar a los llamados a solucionar esta realidad. Por parte del Estado existen los organismos responsables que tienen como objetivo atender esta población que tiene mayor grado de vulnerabilidad. No sólo asilos y campañas de salud e higiene son necesarios. Se necesitan, también,  soluciones más integrales que ataquen el problema de manera directa, es decir generar empleo. 

Albergues, asilos y refugios no sólo deben ser vistos como lugares donde se da comida y refugio gratis y temporal. Necesariamente estos centros tienen que diversificar sus servicios visualizando al anciano mendigo como un ser humano capaz de aprender nuevas habilidades, capaz de trabajar y ser productivo. 

Existen exitosos ejemplos de lo que las microempresas con fuerza laboral de tercera edad pueden lograr. Es así que actividades como la capacitación, el estudio y las actividades productivas tienen que ser lineamientos generales de lo que es trabajar con el problema de la mendicidad.

Si bien es principal responsabilidad del Estado el atender a esta población marginal. En el sector privado existen instituciones de beneficencia que también se encargan de este sector. La iglesia principalmente es la que más ofrece atención de este tipo.  Se reconoce el aporte de la iglesia para palear la situación,  pero se hace evidente que la acción separada y sin coordinación solo genera soluciones de corto plazo que lo que hacen es aplicar parches sobre los síntomas de un mal que tiene raíces más profundas. 

 

El problema es la pobreza y como un sistema económico excluyente margina de manera más salvaje y cruda a los más débiles, es decir los niños y ancianos. El tema de los ancianos es aún más delicado, pues existen más esfuerzos interesados en la población infantil que en la de la tercera edad, por lo que además de buscar soluciones profundas a través de la generación de actividades productivas, es necesario también una excelente coordinación entre el Estado y las instituciones privadas. De manera que los esfuerzos parejos y bajo una misma política integral permita que se evidencien resultados concretos de mejora de condiciones.

Resultados que se midan no sólo en la reducción de la cantidad de ancianos mendigos y el doloroso paisaje urbano que representan, sino que debe ser medido en función del aumento de la población de la tercera edad que se emplea en actividades productivas y aporta a la sociedad con esperanza en el futuro. Aunque ellos estén más cerca del final que nosotros y aunque ellos ya hayan tenido su oportunidad de mejorar el mundo en el que vivieron.

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