Miércoles 28 de septiembre de 2016,
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Los jóvenes y la revolución

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hay gente que aspira a otra sociedad y no sólo a nivel teórico

Los barrotes contra la libertad y la justicia social son ahora
dorados y tan integrados en el paisaje cotidiano que ni siquiera somos
conscientes de ellos

Opinión

A la hora de hablar de los jóvenes, frecuentemente surge un discurso negativo: “pasan de todo”, “les falta el espíritu revolucionario de la generación anterior”, “son acomodados, materialistas”…
Pero, ¿de dónde surgen los jóvenes? ¿por ‘generación espontánea’? ¿vienen de otra galaxia? ¿O acaso parten de una sociedad que ellos no han elegido, sino que les ha tocado vivir, que les ofrece determinados modelos, valores, que les impregna con sus mejores y peores cualidades…?

Vivimos en una sociedad que cambia velozmente, pragmática y funcional, donde nos deslumbra más el envoltorio de las cosas que el propio contenido. Y los jóvenes son cambiantes, pragmáticos y dan mucha importancia a la imagen externa de las cosas.

Pero, ¿sólo ellos son así? ¿Los ‘adultos’ son diferentes? ¿Acaso los padres, los profesores, la sociedad… ofrecen otras alternativas, otros modelos…?
Bueno, en realidad sí, aunque no son los que imperan en los grandes medios de comunicación, ni son los que se suelen poner como ejemplo.

Los jóvenes, y el resto de la sociedad, tienen en sus manos la única arma revolucionaria, si saben verla: la intención
Parece común la primacía del presente sobre el futuro, la opción por la
experimentación directa de las cosas, la falta de compromisos a largo
plazo, la frustración laboral, la búsqueda del placer inmediato…
Debajo de las capas acolchadas de la sociedad del bienestar (una
sociedad que se ha creado un blindaje a prueba de críticas) hay que
descubrir el desorden disimulado que favorece a los poderosos

Ciertamente, hay gente que aspira a otra sociedad y no sólo a nivel teórico. Pero hay que buscar un poco más, lejos de los brillantes focos y escenarios, fuera del objetivo de las cámaras y los micrófonos. Y no compartir la creencia generalizada de que las “cosas son como son y no pueden cambiarse”.

Volviendo a los jóvenes, veamos qué cosas tienen en común -partiendo de que toda generalización es un estereotipo y que la realidad juvenil es bastante heterogénea-. Parece común la primacía del presente sobre el futuro, la opción por la experimentación directa de las cosas, la falta de compromisos a largo plazo, la frustración laboral (la ocupación profesional no coincide con la vocacional), la búsqueda del placer inmediato, la revalorización de lo estético, de las apariencias, el poco interés por la política y la religión…

Hay una serie de creencias que se nos han ido inculcando desde los años ochenta: que los estudios proporcionan seguridad económica (sin embargo, aún cargados de títulos, seguimos buscando trabajo); que la apariencia es fundamental (en ascenso el número de casos de anorexia, de operaciones de estética…); que el amor es lo más importante en la vida (la gran aspiración, el ideal de felicidad: mientras yo tenga mi parejita y sea feliz, qué importa que el mundo se caiga a pedazos).

También que “las cosas son como son y hay que adaptarse” -no se cuestiona el sistema global, sino la “actitud” de las personas: la solución al problema del paro es un buen curso de relajación anti-estrés (?)-; si quieres protestar del actual estado de cosas la mejor opción es la abstención política (nada mejor que no participar y dejar el campo libre a los que manejan el cotarro); que ser ecologista consiste en comprar productos “verdes”.

Y que ser solidario es dar el tiempo que “me sobra” a “los necesitados”; que llevar un piercing es signo de rebeldía; que los medios son más importantes que los fines (una protesta es válida mientras la hagamos por los cauces adecuados) y que las apariencias son más importantes que el contenido (el “cómo se dicen las cosas” es fuente de legitimación, si los arreglos son buenos es que la canción es buena, independientemente de la letra…).

Pero, estas creencias ¿a quién benefician en realidad? Los barrotes contra la libertad y la justicia social son ahora dorados y tan integrados en el paisaje cotidiano que ni siquiera somos conscientes de ellos. Nos enganchamos con reivindicaciones de cosas secundarias, cuando los grandes problemas siguen ahí, sin cuestionarse.
Debajo de las capas acolchadas de la sociedad del bienestar (una sociedad que se ha creado un blindaje a prueba de críticas) hay que descubrir el desorden disimulado que favorece a los poderosos.

Los jóvenes, y el resto de la sociedad, tienen en sus manos la única arma revolucionaria, si saben verla: la intención. Si vamos más allá del escepticismo y empezamos a cuestionar las condiciones en que vivimos, el siguiente paso será poner nuestra intención en que las cosas sean de otra manera, desde las situaciones cotidianas a las más lejanas (los problemas en otros lugares del planeta, también tienen que ver conmigo).

Y superar ese prejuicio que es cuestionar si “yo valgo o encajo en los esquemas de la sociedad”. La pregunta es: “¿está la sociedad construida a medida del ser humano?”.

*Los artículos de Nodo Libre sólo representan el punto devista de su autor. Bottup es una comunidad de centenares de periodistas ciudadanos con su propio criterio, que la Redacción nunca puede coartar

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Sobre el autor

1 comentario

  1. Anónimo 11/03/2008 en 12:19

    Excelente artículo! Sabia y acertada reflexión, una radiografía muy certera, donde más duele, de nuestra sociedad-escaparate forrada de etiquetas de quita y pon.

    Me ha encantado leerlo

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