Domingo 04 de diciembre de 2016,
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Los niños perdidos de Senegal

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Se estima que en Senegal hay unos 300.000 niños de la calle, abandonados por sus padres porque no pueden mantenerlos

En Senegal, soy una ‘toubab‘, una (blanca) más. No dejo de ver niños de la calle por todo el país. Son los llamados ‘talibé’, que hace referencia a un joven de entre 3 y 15 años, que aprende el Corán con un maestro, el marabú. Sin embargo, actualmente, el término casi se ha convertido en sinónimo de niño de la calle, abandonados por sus padres al no poderlos mantener.

Según estadísticas de la ONG ‘Tostan, hay unos 300.000 niños senegales de la calle. Sin futuro, totalmente perdidos y expuestos a multitud de enfermedades. Van siempre con un cubo, recipiente o lata oxidada para que alguien le dé comida y ahora, más prioritario, dinero: suele ser un mínimo diario de 500 francos CFA (1 dólar), siguiendo las consignas del maestro, pues se tienen que pagar sus estudios coránicos. En Senegal un 95% de la población son musulmanes.

Vagabundean durante todo el día para dedicarse a la mendicidad, en beneficio de sus maestros, que les obligan a ingresar esa cantidad fija de dinero. Mi guía me dice que, en teoría, esta cantidad de dinero permite cobrar los gastos alimentarios para la subsistencia del alumno, pero en realidad esa suma va al bolsillo del maestro.

No puedo evitar pensar en voz alta que son generaciones y generaciones perdidas en un país que navega a la deriva y que el único futuro que muchos jóvenes se plantean es arriesgar sus vidas en pateras que salen por toda la costa de Senegal. Los he visto en Dakar, en zonas rurales, en playas turísticas. No es fácil contemplarlos si te pones las gafas de la cruda realidad. Para muchos son invisibles. Los guardas de seguridad de los hoteles los espantan como a perros, tirándoles piedras. Es una costumbre que ya no me sorprende. Ya he visto cómo les llovía piedras a los niños y niñas pobres de Egipto o cómo los policías hindúes persuadían a palazos para que los pequeños no molestaran a los que iban a comer al McDonald’s.

En Senegal estos niños suelen ir en grupo. Tienen su propia jerarquía: el mayor es el que se impone a los más pequeños y el único objeto de valor que poseen es el cubo que sujetan a todas horas y durante todos los días del año. Ellos nos demandan monedas, desesperados y hambrientos. Tienen la mirada dura, de adulto, que ha vivido cien años. Muchos medios de comunicación locales dicen que frecuentemente se han dado casos de malos tratos y de torturas por parte de algunos maestros. Aquí en las calles de Dakar y por cualquier zona de este país Dickens tendría su particular Oliver Twist.

Me acerco a ellos, me enseñan su cubo. A pesar de su condición, no olvidan una sonrisa y la calidez con el extranjero. Senegal es un pueblo amable, tolerante y cercano. Les doy chocolate en crema, mermeladas y, cómo no, lápices y los más pequeños comienzan a devorar el borrador que está en el extremo. Los mayores utilizan el lápiz como cuchara para poder comer el dulce tesoro que contienen los envases.

Es dolorosamente urgente que se produzca una verdadera revolución educativa en este país. Es algo más que un simple lápiz. Se necesita comenzar a construir los cimientos para recuperar a todos estos niños perdidos con sistemas de protección del menor y sensibilizar a líderes religiosos del país. Pero de momento, donde las autoridades son conocedores de esta realidad y siguen callando y mirando hacia otro lado mientras que esta situación no produzca demasiado ruido.


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