Miércoles 07 de diciembre de 2016,
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Los ojos de la guerra

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Los corresponsales de guerra son los ojos del mundo en una zona en conflicto

Los medios de comunicación con el fin de recortar gastos, reducen sus corresponsalías y se nutren de agencias

“Las cifras de muertos, de huérfanos, de desplazados, no dicen nada, pero si conoces su historia personal entiendes lo que es la guerra. Y la guerra no son las declaraciones oficiales, la guerra es la gente que vive atrapada en los bombardeos”, afirma Hernán Zin, uno de los más grandes reporteros de guerra de la actualidad.

A todos los que hemos mirado de frente a la guerra se nos encoje el corazón en ese abismo de recuerdos imborrable que recorremos diariamente. Soñamos, quizás hipócritamente, con la paz, con mejorar el mundo, y sin embargo, nuestra mente, nuestra alma, nuestros ojos no pueden dejar de mirar en esa dirección llena de muerte y destrucción. Muchos son los sacrificios, pocas las recompensas, una vida dedicada a contar las historias que la mayoría no quieren mirar, y al final de ese camino, en ese regreso a nuestros hogares, la incomprensión como mejor compañera nos recibe con un efímero abrazo silencioso.

Si mañana hay un atentado en Kabul, las televisiones o los diarios enviarán a un periodista para que entre en directo y diga ‘estoy aquí’. Al día siguiente lo traerán de vuelta a casa

Atrás se han quedado compañeros, historias, sonrisas, momentos compartidos con seres humanos que llenaron de vida nuestros infiernos. Con cada uno de ellos se va algo de nosotros, en cada uno de ellos se refleja el destino de esta profesión, y cada uno de ellos murió estando allí, en ese lugar reservado solo a un puñado de locos llenos de cordura. “Mientras, en tu corazón cambian algunas cosas. Descubres responsabilidades y remordimientos. Pero eso ocurre después. Digan lo que diga quienes no tienen ni idea del asunto, lo que lleva a un periodista a sus primeros campos de batalla es poder decir: estuve allí. Pasé la más dura reválida de mi perro oficio”, afirmaba Pérez Reverte.

Ellos son los ojos de la guerra, esa mirada sin la cual el mundo alejado de conflictos estaría ciego, ellos son los que dan voz al silencio, los que ponen cara a la muerte, los que dibujan una verdad oculta, los que narran las injusticias de un universo violento. La mayoría no han disparado en su vida, pero conocen a la perfección el sabor de la pólvora, el sonido de los morteros, el tacto de la sangre, la mirada del infierno, el olor de la muerte. Sus nombres anónimos quedan en manos de esos medios de comunicación, de esos personajes encorbatados que deciden detrás de sus resplandecientes escritorios qué es y qué no es información relevante. Cuántas historias se han quedado en cajones olvidados, cuántas vidas se han perdido entre un montón de folios abandonados, y sin embargo, allí siguen, luchando sin ningún arma, batallando porque la verdad sea conocida,  guerreando para poder ser publicados.

“Si mañana hay un atentado en Kabul, las televisiones o los diarios enviarán a un periodista para que entre en directo y diga ‘estoy aquí’. Al día siguiente lo traerán de vuelta a casa, para no gastar dinero, y ese periodista no tendrá ni idea de lo que realmente ocurre en Kabul. Si quiere saber qué pasa allí, necesita mucho más tiempo. Pero las empresas informativas no están dispuestas a gastar dinero y por eso están cerrando corresponsalías en todo el mundo”, afirma Olga Rodríguez, una de las mejores periodistas españolas en la actualidad.

O te matan o te haces una reputación, en esto consiste este oficio, y sin embargo, sus nombres siguen perdidos en el abismo de una profesión que no les da el lugar que merecen. Desde William Howard Russell, el primero y el más grande de los corresponsales de guerra, como afirmó Manu Leguineche en el libro que da título a este artículo, hasta Chris Hondros, Tim Hetherington y Anton Hammerl, últimos periodistas muertos en una guerra (Libia), pasando por los ‘BraBos’ freelance, todos, sin excepción alguna, han tenido que “sortear la censura de turno, la incomprensión de sus jefes, las limitaciones de espacio del periódico o la dictadura de la audiencia, que a lo mejor prefiere ver Gran Hermano”,como afirma Jon Sistiaga.

En esta profesión “a veces basta que la persona vea una cámara para que se ponga a cortar un cuerpo. Porque no hay que negar que la guerra es un poco una pasarela de modelos que juegan a quién es el más bestia, donde al final el mejor es el más malo y quien más condecoraciones tiene”, afirma el gran maestro de muchos, Gervasio Sánchez. Porque en la guerra quien más importa es el que está vivo, en ese desfile de muertos y sangre lo complicado es fotografiar a ese niño sonriendo que nunca saldrá en un titular de prensa, lo que menos interesa es esa vida en medio de un infierno lleno de ese morbo que esta sociedad busca sin cesar.

Quizás solo seamos un puñado de locos incomprendidos, o quizás solo seamos yonquis de esa adrenalina que se experimenta al escuchar disparos por primera vez, o quizás solo sea simplemente el amor por la “profesión más bella del mundo”, como decía el incomparable Miguel Gil. Sea lo que sea, las guerras seguirán existiendo. Sea como sea, seguirán muriendo compañeros. Sea lo que sea, seguiremos poniendo nuestra vida en el límite de la muerte. Sea como sea, seguiremos siendo esos locos a los que resulta casi imposible comprender, esos que bromean con la muerte, esos especialistas en humor negro, esos que al volver a casa no disfrutaran del calor de un hogar, pero sea como sea, sin duda alguna, siempre querremos seguir siendo ‘Los ojos de la guerra’.

“Los actos de los hombres duermen en la memoria de sus amigos. Nunca olvidaremos que tú eras uno de los imprescindibles, al igual que tus imágenes eran las mejores. Con tu muerte, quienes te conocíamos y queríamos sentimos un gran vacío, y algo de nosotros ha muerto para siempre”, Gervasio Sánchez, texto extraído del libro ‘Los ojos de la guerra’, dedicado a uno de los más grandes corresponsales de guerra, el español Miguel Gil, muerto en el año 2000 en Sierra Leona.


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