Lunes 14 de abril de 2014,
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Los recuerdos afloran a nuestras memorias

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Afloran tres recuerdos diferentes en una noche en la que no dormí bien, como ocurre me involucro con esas ‘pobres gentes’ que malviven cerca de nuestros domicilios

Debo comunicaros que… anoche no dormí bien. Dicho de otro modo: no pegué ojo. Me pasó lo que yo sé. “Cuando llevo un día agitado y preocupado, resolviendo o tratando de resolver -en la medida de lo imposible, haciendo que sean posibles- serios problemas, que afectan a esas ‘pobres gentes’ -sin comida, sin ropas, sin ganas o con pocas ganas de seguir viviendo…-, que malviven no lejos de mi domicilio, me ocurre siempre lo mismo: por la noche no duermo”.

A mi memoria acudieron -y todos puestos de pie-: una mujer, y un hombre, y luego otra mujer, narrándome sus experiencias (vivencias) de su pasado, que marcaron en sus vidas un triste amanecer

Es curioso cómo, a veces, los recuerdos afloran a nuestras memorias -verdaderas ‘cajas de sorpresas’-, que son silencios caídos del cielo como agua de mayo…, y que, no lejos de la verdad, nos marcan las directrices exactas a seguir por nuestros entendimientos: éstas que son sacudidas por el motor que mueve la sangre por mis venas: el corazón humano. Corazón y entendimiento, entendimiento y corazón: ambos piezas fundamentales para mover el mundo…

A mi memoria acudieron -y todos puestos de pie-: una mujer, y un hombre, y luego otra mujer, narrándome sus experiencias (vivencias) de su pasado, que marcaron en sus vidas un triste amanecer.

Amanece el primer día: es la historia de una mujer
Había casi nadie. Corrían las siete de la tarde cuando me encontraba tomando un cafetín, y ojeando revistas ‘matacorazones’. Entró en el establecimiento la hija de un buen amigo mío -por el que siento gran afecto-, que me dijo: “¿Dispones de cinco minutos?”. “Y de cinco mil”, le contesté. Clavó su mirada sobre mis ojos, y exclamó: “¡Deseo ser madre, lo necesito…!”. En mi sesera pululaban mil y una preguntas, y le inquirí -tratándole de ayudar-: “¿Estás embarazada, quizá?”. Al pronto, respondió: “¡Ni mucho menos!…”. Me comentó que salía con chicos, tipos -casados y solteros-, y que “más valía no hablar de sus…”. También me explicó que su vida pasional -ley del deseo sexual- así la resolvía, mas su corazón aparecía frío, con color de muerto. Esta semejante nuestra ha sido y es una competente mujer siglo XXI: tiene talento, escribe libros, es maestra del Estado… formando parte del organigrama social por méritos propios. Mi buena amiga -salvando edades- es atea, no cree en los hombres y menos aún en el amor. Así me lo confesó, y anuencia me dio para comentarlo.

En cualquier caso, mi contertulia es una criatura valiente -hermosa, guapa e inteligente-, que escogió su voluntaria soltería. Es decir, el afrontar la vida lejos de sus progenitores, siendo responsable de sus propias decisiones. Esta solitaria y amorosa mujer, sabe que “el amor es una flor demasiado preciosa para cortarla” (proverbio chino), prosiguió con sus confesiones amigables. Así, desalojó de su interior miedos y temores con soledad. Y me dijo más: “Necesito dar cariño a alguien, necesito un hombre para fabricar un bebé -el de mis sueños-, pero, ¡maldito sida!: tropiezo con él a la vuelta de cualquier esquina”. Es evidente, hoy por hoy, que existen niños/as educados, y bien, por sus madres solteras.

Mi buena amiga -salvando edades- es atea, no cree en los hombres y menos aún en el amor. Así me lo confesó, y anuencia me dio para comentarlo

Ante sus temores -que son los nuestros- aconsejé: “Busca un hombre -¡qué los hay!-, que respete tu cuerpo y temple tu alma”. Explícale tu proyecto amoroso -le dije-, pues hallarás ese hombre. Él te transmitirá sus sentimientos de admiración, aprecio y agradecimiento…, que dejarán huellas perpetuas en el interior de tu vientre. Ésta es nuestra soledad de amor que estamos creando. Paradojas de las postrimerías de nuestro siglo XX: un solo niño, una sola madre también.

Y es que nos hace falta llorar, nos hace falta reír, nos hace falta comunicarnos… Nuestras penas y nuestras alegrías, pero comunicarnos. Por esto, sin duda, nos pasamos la vida ‘mendigando maternidad’. Hagamos que nuestros semejantes sean hermanos nuestros, en lo malo y en lo bueno, pero hermanos nuestros. No me cabe la menor duda de que ser madre es uno de los grandes tesoros de esta vida.

Escucho las palabras del poeta, que dice: “La mujer capricho/ por eso vive de él; / y el hombre que de ella vive, / capricho de ella es”. Erikson mantuvo que “las mujeres están destinadas a tener hijos”. Se equivocó, como seres humanos que somos. En verdad esta muchacha estaba mendigando maternidad. Si mi hija, de su edad, me hubiese pedido consejo, quizás, mi corazón lloraría lágrimas de invierno, y mi laringe articularía palabra alguna.

Amanece el segundo día: es la historia de un hombre…[/highllight]
Era tarde y tenía mucha prisa. Poca gente circulaba por la calle; sólo un hombre sentado sobre las escaleras de un portal, quien me dijo: “¡Eh!, escuche…”. Paré mis pasos, preguntándole: “¿Le ocurre algo?”. Cruzamos nuestras miradas, mientras sostenía en sus dedos un cigarrillo apagado, diciéndome: “¿Me da fuego?”. Yo no fumo, le contesté.

¿Quién sería aquel personaje? Vestía ropas cansadas por el tiempo, sin afeitar, y tendría sobre setenta y siete años. Volviendo sobre lo andado, le dije: “Tome, tome… cien pesetas”. “No pido limosna y nunca la he pedido”, me contestó. Para enmendar mi anterior error, continué diciéndole: “¿Quiere tomar un vino?”. Al instante, respondió: “Poco bebo y cuando lo hago me lo pago yo”.

Por esto, sin duda, nos pasamos la vida ‘mendigando maternidad’. Hagamos que nuestros semejantes sean hermanos nuestros, en lo malo y en lo bueno, pero hermanos nuestros

Por mi cabeza circulaban mil y una preguntas, y le interpelé: “¿Qué desea entonces?”. Al momento, contestó: “¡Hablar!, hace más de un siglo que no hablo con nadie”. Le sonsaqué si contaba con familia y contestó que tenía tres hijos y cuatro nietos. “Más vale no hablar…; y, con la vejez, pierde uno hasta los buenos amigos”, concluyó diciendo.

He leído poco y me han contado algunas cosas sobre los ancianos. Allí se encontraba una de esas criaturas solitarias, un semejante que sólo solicitaba “hablar”… y una cerilla que no le pude dar. Verdaderamente era alguien que estaba mendigando humanidad; bueno…, sí era realmente un ser que estaba solo.

Me arrepentí después de no haber estado más tiempo con él -ahora que está de moda no arrepentirse de nada (ni los políticos cuando mienten o se equivocan, ni los economistas cuando yerran en sus pronósticos…)-, con su soledad y sus miedos, su aislamiento…, que será el que uno tendrá a pocos años vista, si la sociedad en la que estamos inmersos no cambia sus costumbres deshumanizadas.

Cuando viejos comienzan nuestras grandes limitaciones físicas e intelectuales y entonces el afecto, la comprensión, el cariño… suplen unas y otras. El último recorrido de mi corta o larga vida la veo más llevadera dentro de la convivencia familiar y no aislada en tristes residencias que, aunque bien atendidas y limpias, son paredes muertas de mi propia soledad. Hay un antiguo proverbio chino que dice: “De jóvenes somos hombres, de viejos, niños”. Pues bien, ¡cuidemos a los niños!

Nuestra actual sociedad se ha olvidado de nuestros niños y ancianos, ignorando que los últimos han sido ya los primeros y, si Dios quiere, los primeros serán los últimos. Y es que nuestras universidades utilizan medios educativos trasnochados, que imparten conocimientos pero se olvidan de forman personas -jóvenes-, que son los verdaderos motores para construir un mundo mejor que el nuestro. La historia así nos lo enseña, y Rubén Darío también en su maravillosa Canción de Primavera: “Juventud, divino tesoro, ¡ya te vas para no volver! (…)”.

Por mi cabeza circulaban mil y una preguntas, y le interpelé: “¿Qué desea entonces?”. Al momento, contestó: “¡Hablar!, hace más de un siglo que no hablo con nadie”

Estamos en un mundo presos del miedo y la no comunicación. Nos hace falta llorar, nos hace falta reír, nos hace falta comunicarnos… Nuestras penas y nuestras alegrías, pero comunicarnos. Por esto, sin duda, nos pasamos la vida ‘mendigando humanidad’. Hagamos que nuestros semejantes sean hermanos nuestros. Sin distinción de raza, opción sexual, sexo, religión, minusvalía…

La Iglesia Católica -a la que pertenezco- no está por la labor de repartir tanta riqueza como posee… El Vaticano es inmensamente rico, así como las numerosas e innecesarias -muchas de ellas- órdenes religiosas que componen nuestra religión. Viven en su monasterios “a cuerpo de rey”, con buenas calefacciones, estupendos coches y cuerpos nutridos por sobrealimentación… No digamos nada del ‘Opus Dei’ (¡dinero y poder, poder y dinero!). Mientras por las calles pululan millones de desheredados de la fortuna… muriéndose de hambre y ‘mendigando humanidad’. ¡Que Dios nos perdone!

Amanece el tercer día: es la historia de otra mujer…
¡Es verdad! Soy un hombre observador, y disfruto -desde luego- ayudando a mis semejantes. Era la hora de la siesta -que nunca duermo-, y me encontraba sentado sobre un banco en el jardín. Dos mujeres jóvenes, de entre treinta y cinco y cuarenta años, hablaban a voces, como lo hacemos la mayoría de los españoles. Piensa uno que ha escuchado todas las cosas de este mundo, pero no, siempre surge algo nuevo. “No puedo aguantar más. Fíjate: ayer me dijo mi jefe que, si me acostaba con él, me propondría para jefe de sección. Ya sabes, habrá pronto un concurso –oposición de régimen interno por méritos (?)- ¡Qué cara dura!”, le contaba la rubia a la pelirroja. “Pues, si fuera yo, no lo pensaría dos veces. ¡Mira qué… son doscientos cuarenta con cuarenta euros más al mes! ¿Quién iba a enterarse?”, le contestó la pelirroja.

Y es que en las empresas, públicas y privadas, se hayan ya muchas mujeres desempeñando labores propias de los hombres, pero sin perder para nada su identidad femenina. A su lado deambulan desaprensivos, vividores, buscadores de cuerpos –oro suave– femeninos deseados… que acosan sexual y moralmente a las féminas –sean casadas, solteras o viudas–. Pasados unos minutos la rubia quedó sola, pero como estamos en democracia, me dijo mi atrevimiento: “Acércate a esa chica, y trata de ayudarla”. “¡Perdone, señorita, mi atrevimiento! No he podido sustraerme a escuchar sus conversaciones y, de verdad, creo que debe denunciarle”, le manifesté. “Le presto mi reproductor de casetes. Ya ve, pequeño como un paquete de cigarrillos. Métalo en el cajón de su mesa de trabajo, y presione aquí (Rec y Play) cuando entre ese cazamujeres de mente estrecha”, terminé diciéndole.

El último recorrido de mi corta o larga vida la veo más llevadera dentro de la convivencia familiar y no aislada en tristes residencias que, aunque bien atendidas y limpias, son paredes muertas de mi propia soledad

No es prueba suficiente ante los tribunales de justicia, pero si evidencia ética para que le cambien de negociado. “¿Cree que tendré arrestos suficientes para tenderle esta pequeña trampa a ese hijo de…?”, me contestó. Claro que sí, le dije, pues la democracia –sus leyes– le confieren el derecho a defenderse, y belleza le sobra en abundancia, pero para ser mujer de un solo hombre: su marido. Pues bien, enseñando a un sinvergüenza a respetar a las mujeres, respetará a la propia.

“Quien ama y respeta a una mujer está amando y respetando al mundo entero. No olvidemos que si nosotros estamos pernoctando en este valle de lágrimas se lo debemos a ellas”.

“La mujer quiere ser amada sin razón, sin motivo; no porque sea hermosa o buena o bien educada o graciosa o espiritual, sino porque es”, Henri Fréderic Amiel, diario íntimo II. Nos tenían enseñado –en años anteriores– que por el mero hecho de haber nacido hombres, y no mujeres, dominaríamos el mundo: gran error el cometido por nuestros maestros. Hoy por hoy, y a Dios gracias, la mujer/es está/n liberadas para bien o para mal, pero han asumidos todas sus consecuencias. Realmente esta señorita–funcionario, como otras muchas, están -todos los días del año– mendigando honestidad… Cierto es, y he de decir, que el acoso sexual existe en todos los países del mundo, por desgracia.

Y es que el motor que mueve la sangre por mis venas, el corazón, me habla siempre en silencio, y me dice, muchas veces, que todos somos unos mendigos… en busca del amor, en busca del amor de nuestro semejantes. Hoy han hablado tres mendigos, mañana… Pero, es cierto y verdadero que, sin lugar a dudas, los mendigos también aman, los mendigos también desean ser padres, los mendigos también son honestos…

La Coruña, 20 de diciembre de 2010
Mariano Cabrero es escritor


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Sobre el autor

(...)He nacido en Madrid, 8 de Noviembre de 1938. Estoy casado y con dos hijos. Soy esscritor, poeta y ensayista. Funcionario de La Administración del Estado(escala Ejecutiva), jubilado, pero con unas ansias enormes de seguir escribiendo para aprender de los demás. Informar, tratar de ilustrar y entretener forman parte de mi bagaje cultural, que renuevo a diario. Y en todo momento trato de transmitir tranquilidad y esperanza a la sociedad actual: todo dentro de una ética periodística adecuada a cada momento. Busco como articulista el informar cuanto antes lo que acontece a mi alrededor. Lo demuestro con mis humildes obras( hijos propios salidos de mis sueños): "Periodismo: ¡Difícil profesión!" (1995) y "Mi compromiso con el periodismo" (1998). Intento penetrar en el difícil mundo de la poesía, y lo lleva a cabo con silencios, diálogos con muertos y con la exaltación del amor a la mujer: el ser más maravilloso sobre la tierra. Trato de demostralo con mis libros de poemas : “Reminiscencias de mi juventud, Poemas" (1994), "Miscelánea de muertes, sueñosy recuerdos, poemas" (1995), "La realidad de mis silencios, poemas" (1997) y "La travesía de la vida, poemas" (2001).Siempre escribo para aprender de los demás, de sus críticas, de sus consejos...He tratado de no mentir, más uno lo haría en dos casos muy concretos: a) para salvar la vida de un ser humano, y b) para elogiar la belleza de una mujer –parto de la base de que para uno existen tan sólo mujeres menos guapas, pues toda mujer tiene su encanto...-.

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