Sábado 19 de abril de 2014,
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Los tejados de barro del bosque

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Entre los siglos XIII y XIX, las casas del Cameros Viejo se levantaron con los materiales del entorno y en todas las tejas eran del barro que se cocía en el bosque. Sobran razones para que tejeras como la de Vellilla no se dejen hundir

De la arquitectura popular me entusiasma cómo rentabiliza todos los materiales del entorno. Construye con lo que tiene más a mano: las piedras, la madera, el barro…; todos los materiales son del lugar y con ellos se busca la máxima eficiencia. Hoy, a esta manera de edificar en sintonía con la naturaleza lo llaman construcciones bioclimáticas. Pero es una historia tan vieja como el hombre. Lo pienso mientras veo cómo la vegetación engulle las tejeras del Cameros Viejo, en La Rioja.

Están en medio del monte, al lado de arroyos y ríos, porque el barro sin el agua no es más que polvo. Y las tejeras necesitaban lodo. En ellas se han modelado las tejados del Cameros Viejo. Las casas serranas con madera y cal en las fachadas, se cubrían con las tejas de estos hornos.

La soledad a veces espanta pero cuando las tejeras funcionaron esto desde luego no era así. Estoy convencida de que había bullicio

Una de las tejeras mejor conservadas es la de Vellilla, un barrio de San Román de Cameros. Cuesta encontrarla, pero cuando se vislumbra entre la maraña del bosque parece como una gigantesca máscara pétrea con aire fantasmal. Se lo dan dos agujeros en la parte baja que se te clavan inquisitivos tratando, quizá, de averiguar  por qué después de tantos siglos la están olvidando. Son las calderas. En esos receptáculos con techo abovedado se metía la leña para calentar el horno.

Encima, una cámara distribuía el calor al piso superior. A través de unas aberturas salía directamente a la cámara de cocción, al horno, propiamente dicho, donde las tejas se colocaban de canto, para que llegase a todas la misma temperatura.

A la tejera la cubría una cúpula que hoy no la conserva ni la de Velilla ni ninguna otra.

Mientras miro y remiro la construcción me sobrecoge la calma del lugar. La soledad a veces espanta pero cuando las tejeras funcionaron esto desde luego no era así. Estoy convencida de que había bullicio.

Las voces del mulero dando órdenes a las bestias que tiraban de la carreta cargada de barro. Porque la arcilla se cargaba hasta la era de la tejera. Allí se molía y se cribaba y la tierra desmenuzada se metía en un pozo o lagar donde se mezclaba con agua. La masa ya estaba lista para las tejas.

Vecinos en el bosque
Y las conversaciones de los serranos en el calor de la mañana, porque las tejeras funcionaban en los meses de buen tiempo, hasta la llegada de los primeros hielos. Seguro que se ayudaban entre vecinos. A los que les tocaba construir o arreglar el tejado se pondrían de acuerdo para echarse una mano. Porque las tejeras del Cameros Viejo eran municipales. Sólo las podían usar quienes vivían en el pueblo. Los moldes para hacer las tejas se solían guardar en el ayuntamiento.

Las tejeras del Cameros Viejo eran municipales. Sólo las podían usar quienes vivían en el pueblo. Los moldes para hacer las tejas se solían guardar en el ayuntamiento

Para prepararlas se cogía el barro del pozo, se humedecía y se volvía a amasar para volverlo más maleable. Se colocaba sobre los moldes que antes se espolvoreaban con ceniza para evitar que el barro se pegara. Cuando las tejas ya estaban hechas quedaba cocerlas en el horno.

La tejera de Soto en Cameros está peor conservada que la de Vellilla. Las calderas para la leña se han quedado enterradas y apenas se ven. Se encuentra cerca de la casa Valcárcel, también en ruinas, y de una fuente que como aún no han llegado las lluvias de otoño, de momento, está seca. Quiero decir que aunque hoy reina el abandono son signos de que éste fue un lugar bastante humanizado.

Las mulas, las carretas, los cánticos de quienes modelaban la arcilla, sus conversaciones… Por cierto, los tejeros de Llanes, en Asturias, usaban una jerga para comunicarse que se llamaba “xiriga“.

Y además del trabajo hablarían de la vida, porque tiempo tenían… La cocción en el horno duraba unas 30 ó 35 horas. En ese tiempo había que alimentarlo de leña y vigilarlo, y en la vigilia de la noche, pendientes del barro, seguro que fraguaron buenas amistades.

Cuando la cocción terminaba, el horno estaba al rojo vivo. Había que esperar de cuatro a diez días para poder sacar las tejas y llevárselas.

Durante muchas generaciones, desde el siglo XIII a mediados del XIX, las casas del Cameros Viejo se levantaron con los materiales del entorno y en todas las tejas eran del barro que se cocía en el bosque. Sobran razones para que tejeras como la de Vellilla no se dejen hundir. Quizá aún estemos a tiempo.

 

 

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