Domingo 26 de marzo de 2017,
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Los teleimitadores

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La
situación se agrava cuando algunos de los miles de pirados que hay
sueltos por nuestras calles, deciden imitar a psicópatas que han
logrado su minuto de gloria en prime-time

Opinión

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Un niño ve la televisión

Muchos niños son unos artistas imitando a sus
padres, especialmente cuando éstos, en ausencia de sus esposas, les
dicen cosas a las gachís que desfilan por la calle. Las niñas, a su
vez, suelen divertirse jugando con los vestidos y los zapatos de sus
madres, mientras prueban todos los potingues con que ellas se alicatan
antes de salir.

No obstante, también hay hijos que disfrutan con las
cosas de mamá, aunque eso ya es otra historia. Sin embargo, cuando el
vello comienza a despuntar en innombrables zonas de nuestra pecadora
anatomía, empezamos a frecuentar la compañía de una caja que cada vez
se ve mejor, pero cuyos contenidos, paradójicamente, son cada vez
peores.

Hoy, los seres humanos vivimos
(…) fascinados por sentirnos protagonistas
activos mientras interaccionamos con otros seres necesitados del mismo
protagonismo. Todo para acabar formando una comuna onanista que ha
perdido el oremus
Es entonces cuando los hijos
dejamos definitivamente de emular a nuestros padres (…)  y adoptamos como nuevo modelo de conducta a Paquirrín

Así, poco a poco, se van forjando esos sádicos
imitadores que, a fuerza de latiguillos y movimientos corporales,
intentan atraer la atención

Víctimas del influjo catódico, pronto sucumbimos a la tentación
de imitar a los personajes de moda. Es entonces cuando los hijos
dejamos definitivamente de emular a nuestros padres, y en un inequívoco
síntoma de madurez, adoptamos como nuevo modelo de conducta a Paquirrín
o Belén Esteban.

Probablemente sea éste el primer momento de la
dura vida paterna, y que desgraciadamente suele coincidir con la crisis
de los cuarenta, en que nuestros progenitores empiezan a plantearse si
no hubiera sido mejor agenciarse un perro. Reconozco que debe de ser
todo un trauma llevar a tus hijos a un colegio de pago, para que acaben
repitiendo latiguillos de concursantes de Gran Hermano, de Aznar o de
Carmen Sevilla.

Pero como a los padres les tira la sangre, porque el
chaval les recuerda al abuelo materno que murió en la batalla del Ebro,
le ríen las imitaciones. Así, poco a poco, se van forjando esos sádicos
imitadores que, a fuerza de latiguillos y movimientos corporales,
intentan atraer la atención del respetable en cualquier reunión social,
para sonrojo de quienes deciden no unirse al coro de Chiquitos de la
Calzada.

Estas imitaciones, que no pasan de ser gracietas
de tasca, tienen el único fin de provocar unas risotadas que resuenan
tanto como un pensamiento en la oquedad de sus cabezas. Pero la
situación se agrava cuando algunos de los miles de pirados que hay
sueltos por nuestras calles, deciden imitar a psicópatas que han
logrado su minuto de gloria en prime-time.

Eso es lo que está
ocurriendo de manera evidente con la violencia doméstica, cuyos casos
crecen exponencialmente por tanta difusión televisiva. Aunque ahora lo
que más se estila con diferencia, el último grito del mimetismo
catódico entre los espectadores más degenerados, consiste en reclamar
indemnizaciones a las víctimas de los atropellos automovilísticos, por
los desperfectos causados en sus coches. Abrió la veda un iluminado
riojano, y a los pocos días han surgido denuncias similares.

Éstas son algunas de las consecuencias más
funestas de vivir, como se dice ahora, en la sociedad de la imagen,
también llamada cultura de la imagen, con un par. Mientras en el siglo
pasado nos hechizaba la televisión, ahora otra pantalla, la virtual de
Internet, es la que goza de nuestro mayor cariño por contar con una
audiencia potencial planetaria. Hoy, los seres humanos vivimos
enganchados a una pantalla, fascinados por sentirnos protagonistas
activos mientras interaccionamos con otros seres necesitados del mismo
protagonismo. Todo para acabar formando una comuna onanista que ha
perdido el oremus.

Quizá nos convendría echar la vista veintitrés
años atrás, cuando no teníamos más que dos cadenas de televisión y
triunfaban los ordenadores Spectrum de cassette. Fue entonces cuando
los mozos de una aldea oscense decidieron emular la historia de la
película que acababan de ver en el bar del pueblo. Desde ese día,
cientos de caravanas han atravesado nuestro país, logrando que mucha
gente apague sus pantallas porque han vuelto a encenderse sus
corazones.

Solitarios cansados de chatear con el nick de Brad Pitt, con
lo bonito que es llamarse Mariano y acariciar las noches en las nalgas
nada virtuales de una mujer. Especialmente ahora que, pese a los
obispos, sabemos que las pantallas te pueden dejar ciego, pero nunca
las cosas del querer.

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2 Comentarios

  1. Anónimo 12/02/2008 en 7:04

    ¿Dónde queda la auténtica personalidad del infante, si todo lo que ve, oye y lee está mediatizado? Para cuando llega a la madurez, su raciocinio para discernir lo bueno de lo malo se le ha esfumado por los aires.

  2. Anónimo 06/02/2008 en 8:38

    Una vez más, sublime. Me gusta mucho como escribes, aunque creo que siempre tiendes a verlo todo medio vacío, tu ángulo al menos es mucho más sereno que la visión apocalíptica (cuando conviene) o superguay de la muerte (cuando conviene también) que se impone a la Opinión Pública habitualmente.
    Espero tu próxima pieza.

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