Jueves 27 de julio de 2017,
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Lotería Nacional

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Placa en la primera sede de la Lotería Nacional

He buscado, y encontrado, el primer anuncio que recuerdo del calvo de la lotería nacional, porque he recordado una curiosa conversación, que disfruté durante el “sol sistere” de invierno del año 1999

Opinión

El calvo de la Lotería: 1998

Eran, ésos, momentos muy agradables, en uno de los puertos más hermosos de la Isla.

Éramos otros hombres, teníamos otro fundamento, otra esencia, configurábamos otra realidad, o mejor dicho, éramos el subproducto de otra realidad.

Una realidad más abierta, menos posesiva, más sutil … menos dependiente … podíamos subsistir en ella y nos esforzábamos por hacerlo.

Lo más curioso del tema es que coincidíamos, jamás nos poníamos de acuerdo para este tipo de encuentros.

Nos conocimos así, de esta manera, tomando café en éstos días y en un lugar olvidado para la concurrencia y la celebración de las fechas.

Año tras año nos dispersábamos entre las escasas mesas de la terraza, en una ocasión, blandamente lluviosa, decidimos compartir en una mesa, lentos sorbos de café, algún licor, volutas de humo, y pausadas, inconsistentes y frágiles conversaciones.

El gran e invisible ‘calvo’, que de forma totalmente aleatoria y sin
ningún sentido previsible, reparte la capacidad de convertir lo
incondicional en condicional
Recordando que “todo cuanto existe es fruto del azar y la necesidad”,
jugábamos a desmontar el mecanismo por el cual se
pueden generar necesidades colectivas


Y así lo elegimos y así lo mantuvimos … no era necesario convencernos los unos a los otros de nada, no teníamos intereses comunes o cruzados por los que empeñar palabra o intención; nos complacíamos y nos crecíamos escuchándonos, acompañándonos …

Éramos de geografía, de cultura, de pretensión y de resultados muy distintos, pero lo muy curioso es que también coincidiéramos en el gusto y la atracción por los objetos.

Fetiches, amuletos, pequeñas cosas que nos ayudaban a saber que existíamos.

Eran, estos objetos escogidos, la única seguridad de que cuando nos perdiéramos en la cotidianeidad, recordaríamos quienes éramos en realidad.

El coche, el mechero, la pitillera, alguna prenda de vestir, el calzado, el tabaco, coincidencias que nos daban a entender que éramos de la misma tribu. Una tribu nómada y tremendamente dispersa, con un muy singular sentido de la independencia, del honor y del orgullo.

Aquella fue la última vez que, en éstas fechas, disfruté de aquel puerto y de aquella compañía de coincidencia muy deseada, pero jamás provocada.

Hablábamos del sentido religioso tradicional de este anuncio que prometía felicidad, casi divina, si comprabas un numerito.

Y desgranando comentarios al respecto, y recordando que “Todo cuanto existe es fruto del azar y la necesidad” jugábamos a desmontar el mecanismo por el cual, de forma externa, se pueden generar necesidades colectivas, y de cómo para paliarlas nos esforzamos y nos encadenamos.

Aparte, y abundando en la imposibilidad de resolución de semejante trampa, descubrimos que muy probablemente, sin el azar, la necesidad no es más que un incondicional sin ninguna posibilidad de reconducción.

Y ahí volvíamos al calvo, el gran e invisible “calvo”, que de forma totalmente aleatoria y sin ningún sentido previsible, reparte la capacidad de convertir lo incondicional en condicional.

La deliciosa compañera, más que propietaria, de un Hunter 310 que compartía con un hijo de Odín, mujer decidida, rotunda, de ojos transparentes y gestos pausados, delicadamente escueta en sus comentarios, dijo, en un suspiro de convencimiento, que éso, precisamente éso, era lo que le faltaba a la democracia.

El azar.

Y recordé la democracia de Athenas, donde sólo los hombres libres la inventaban y construían, y recordé las habas blancas y las habas negras que elegían a los magistrados … el azar entre los hombres libres … para los esclavos no había azar, su condición venía impuesta por la fuerza y, precisamente, por el ejercicio democrático de sus captores, que se cuidaban mucho de evitar, precisamente, que el azar cambiara el destino de sus esclavos.

Más o menos como ahora mismo.

Sería curioso ver el resultado de un sorteo, entre los más preparados, entre quienes consiguen pasar el listón de una prueba, para ocupar el lugar que en la actualidad ocupa “el designado de antemano”.

Llevado al tema de las oposiciones, por ejemplo, resultaría que desestimamos la mejor puntuación en aras de una puntuación necesaria, y de entre quienes alcanzan esa calidad, las plazas son ocupadas por designio del azar.

Me gusta el sentido despersonalizador de este mecanismo y me inquieta las posibilidades que pueda apuntar semejante desatino, desatino ya que en nuestro actual sistema social, el experimento sólo podría implantarse por legítimo derecho de conquista, y yo renuncio gustosamente a intentar merecer ese derecho, y, además, nunca compro lotería … estoy convencido que en ese monopolio no puede residir “el azar”.


Si les apetece ver el vídeo en Youtube, sígan éste enlace.

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