Sábado 05 de abril de 2014,
Bottup.com

“Merece la pena estar aquí más de tres horas para que nos den un litro de agua para mi familia”

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CRÓNICA / En Phum Thmei los refugiados sobreviven con con el arroz que Cruz Roja les dona, el agua escasea

El hospital improvisado atiende altas fiebres y diarreas de menores, incluidos bebés, hasta ancianos de más de 70 años

A tan solo 70 kilómetros de la montaña donde los ejércitos tailandeses y camboyanos luchan por la posesión del templo jemer, Preah Vihear, se encuentra el ‘Nuevo Pueblo’, o Phum Thmei, como los campesinos allí refugiados lo han bautizado.

Allí, 4.054 seres humanos intentan sobrevivir alejados de las bombas y disparos que hace días sobrevolaban los tejados de sus hogares. Allí, 1.535 niños y niñas sobreviven en la anarquía absoluta alejados de libros y cariño. Ellos son la cara oculta de las guerras, las miradas incrédulas de los conflictos, los corazones rotos por las muertes. En sus ojos permanece grabada la huella del miedo, en sus manos las señales de una huida sin destino, en sus pies las heridas de un camino hacia un futuro desconocido. Ellos son los refugiados, almas desterradas sin más futuro que suplicar por una botella de agua, vidas refugiadas al amparo de organizaciones y gobiernos que quieran sofocar su dolor.

Phum Thmei

Después de una sofocante mañana de calor recorriendo el templo Preah Vihear, hablando con soldados que parecían un disco rayado repitiendo el mensaje que sus superiores les habían ordenado decir a la prensa y extranjeros, es hora de cambiar de destino. Es hora de buscar el calor de las miradas de aquellos seres humanos que sufren en silencio. Es hora de cambiar un paisaje repleto de armas, destrucción y desolación por otro mucho más duro, pero sin duda mucho más humano.

Descendiendo la montaña, la mano moviéndose en un adiós sin fin de los soldados contrasta con el rifle tipo-56 que sostienen con la otra, sus amplias sonrisas suponen un respiro a la sobriedad de los antiaéreos 61-K que plagan la montaña sagrada. Pocos minutos después la paz del asiento trasero del Toyota Camri me sirve de improvisado camastro donde echar una cabezadita.

“Omar, hemos llegado”, me dice Naret, nuestro conductor. Sin más tiempo que para acercar la mirada a la ventanilla, unos ojos llaman mi atención, es un chaval de corta edad, está sentando en el arcén de la carretera que une Preah Vihear con Ko Ker. La expresión de su rostro me anuncia que me prepare, lo que veré dentro será algo que nunca había visto antes.

Un cartel anuncia la llegada a Phum Thmei, las tiendas verdes donadas por el ejército camboyano tiñen de color este paisaje lleno de desolación y tristeza. A mi lado, un buen amigo, un ex soldado camboyano que luchó con los vietnamitas para liberar a este país de Pol Pot. Él me sirve de cámara improvisado, de intérprete a tiempo parcial, de contacto con el ejército, en sus manos la diminuta cámara de vídeo parece más un llavero que el aparato que grabará las palabras de los sin voz.

El llanto de un niño llama nuestra atención, su madre mientras sostiene a su bebé, nos concede la primera entrevista. “Llevo varios días aquí, cuando llegas nos hacen que nos registremos y demos nuestros datos, entonces te entregan una tarjeta con tu nombre, y esa es la única forma de conseguir alimentos y agua”, nos comenta mientras las lágrimas empiezan a cubrir su rostro, “yo les di todo lo que me pedían, pero no me han dado la tarjeta y nadie me da nada de comer o beber, no sé qué puedo hacer más, ellos no me creen”. Su desesperación conmueve a mi compañero, él grababa esta historia mientras yo estaba perdido entre una nube de miradas que buscaban el objetivo de mi cámara.

Supe que algo había sucedido cuando lo vi sentado en el suelo, con la mirada perdida en un por qué infinito. “Yo he sido soldado, una noche junto a 18 soldados, corrimos cuando las tropas de Pol Pot nos disparaban, atravesamos un campo de arroz, al otro lado estaba nuestra salvación, al llegar, todos vivos, mi capitán me empujó mientras me gritaba que si estaba loco, no entendía nada, ¡me acababa de salvar junto a 18 soldados más! Lo entendí cuando mi capitán lanzó una piedra hacia aquel campo de arroz, y aquello empezó a explotar. Había estado corriendo durante más de diez minutos en un campo de minas, entonces me gané el respeto de mis compañeros”, me cuenta. “Ahora veo que una mujer lleva varios días sin comer, y que los soldados están aquí para ayudarles y, sin embargo, no les dan de comer si no tienen la tarjeta, yo luché para ayudar a mi país, y ver cosas así no me gustan y me hacen estar triste”, finaliza. La sensibilidad de las palabras de esta mole de músculos de más de 120 kilos de peso me conmueve, sé que habla con el corazón, esa es su única vía de expresión, hasta que la sonrisa ocupa su cara por completo, y me anima a seguir, “vamos, que hay muchas más personas”.

Según recorremos el campamento, el pánico de las miradas se mezcla con incredulidad y sorpresa. Son todos campesinos de una de las más pobres zonas de Camboya, no están acostumbrados a ver a extranjeros. Los que chapurrean inglés se acercan, quieren enseñarme que saben el idioma de Shakespeare, “hello sir, where are you from?, you come to help? Thank you Sir, Thank You”, me repiten una y otra vez. Todos se piensan que pertenezco a una de las organizaciones allí presentes, que vengo a sofocar su sed, y que soy americano. La dulzura de su ignorancia contrasta con las miradas de los soldados que se apresuran a descargar un cargamento de arroz y agua donado por la Cruz Roja Camboyana, dos sacos de 50 kilos cada uno llenos de arroz y 24 litros de agua por tienda, me dice uno de los cientos de espectadores allí presentes.

Bajo los tanques de agua que ha donado Caritas, casi siempre presente en este tipo de situaciones, dos niños llaman mi atención. Duermen ajenos a todo lo que sucede alrededor, desnudos sobre esterillas son comidos por los cientos de mosquitos que habitan en este lugar. Su padre nos invita a pasar a su tienda, donde nos explica que ocho familias duermen en cada una, en total unas 50 personas en un espacio de 7 metros de largo por 4 de ancho.

Sigo caminando, la vida discurre como si de un gran mercado camboyano se tratara. Todo está a la venta, fruta, cigarros, bebida, agua, refrescos, pero sin embargo la escasez de agua se hace notar. “Solo tenemos el agua suficiente para beber, y muchas veces ni para ello, tenemos que ir a uno de los pozos que hay en el campamento y sacar de allí, pero no podemos ducharnos, algunos lo hacen, pero necesitamos más agua”, nos confiesa una familia, mientras miran embelesados como algo parecido a unos mejillones que han capturado en un río cercano se cuecen, no creo que lleguen ni a un cuarto de mejillón por boca, y su olor, mientras tanto, sirve de improvisado alimento con el que complacer sus estómagos.

Junto a los meaderos oficiales del campamento, las voces de una veintena de niños capturan mi atención. Bajo una tienda de intenso color rojo, chavales de edades comprendidas entre 7 y 17 años intentan componer un mapa situando los lugares desde donde han llegado y donde están las diferentes ciudades de Camboya. Aquí Save The Children ha montado una improvisada escuela donde, según me confiesa In Titya, coordinador asistente de programas de Save The Children en Camboya, “en el campo de refugiados no hay escuelas, aquí ayudamos a 151 niños con actividades para que se mantengan ocupados. Hay varias organizaciones ayudando y también compañías privadas, Bayon TV ha donado varias tiendas, Caritas está donando tanques de agua y está haciendo muy buen trabajo, World Vision también está presente, y luego otras que dan a las familias 5.000 rieles por día (1,25 dólares) y cuatro paquetes de noodles”, me confiesa. “La situación es un poco preocupante, falta agua, y no sabemos cuánto tiempo tendremos que estar aquí”, finaliza.

Nos acercamos a la plaza principal, donde una casa parecida a un cuartel domina la entrada. Allí se apilan cientos de paquetes que contienen la donación que la Cruz Roja Camboyana ha destinado a las familias refugiadas en Phum Thmei. Los soldados se mueven a toda prisa con sacos de 50 kilos de arroz a sus espaldas, mientras en otro lado una cadena de reclutas descarga las cajas de agua. El número de espectadores ha aumentado, recordemos que en este país es normal que cinco siempre permanezcan en cuclillas mirando como un trabaja, aquí trabajan muchos más y encima visten de uniforme. En la lejanía una niña mira hacia el horizonte azul de cajas de cartón que envuelven ese líquido tan deseado, un niño desnudo de unos siete años de edad mira embelesado el uniforme militar, mientras las sonrisas y los juegos de miradas no paran de coquetear con mi cámara, todos quieren salir en la foto.

Un sol rojo sangre nos anuncia el ocaso de la jornada, nos esperan más de cuatro horas de camino de vuelta por carreteras no asfaltadas y lugares perdidos en el mapa, y nuestro conductor, Naret, no es tampoco, que digamos, Fernando Alonso, aunque se lo crea. Aceleramos nuestra marcha, en el camino, los niños juegan en las largas calles que parten este pueblo. Las mujeres, como gallinas en una jaula, ondean sonrientes la tarjeta amarilla que les permite obtener agua para su familia, todas esperan con entusiasmo, sentadas en el suelo casi unas encimas de otras, “merece la pena estar aquí más de tres horas para que nos den un litro de agua para mi familia”, nos dice una sonriente madre, “yo tengo ciatro hijos y un marido”, añade.

De visita obligada es la tienda del hospital, por llamarlo de alguna forma. Allí una de las enfermeras nos explica que sobre todos los ancianos y los niños están sufriendo enfermedades de diversa consideración, “los casos más comunes son altas fiebre y diarreas entre los más jóvenes y los más mayores. Tenemos desde bebés de tan solo meses de edad, hasta personas de más de 70 años entre los residentes en el campo”, nos confiesa. “No tenemos medios suficientes, podemos donar algo de paracetamol o pequeñas inyecciones, pero en casos de mayor importancia, trasladamos a los pacientes a los ‘hospitales’ más cercanos en los camiones de la Cruz Roja que están aparcados fuera del campamento”.

Emprendemos el camino de salida de Phum Thmei, sé que será mi última oportunidad de grabar todo lo que veo en mi mente, a paso lento me fijo en cada detalle, en cada mirada, en cada persona. Ese pijama tan utilizado en Camboya para la vida diaria, aquí parece un uniforme de uso ‘obligatorio’. Es hora de intentar empezar a cocinar la cena, los olores se mezclan produciendo un hedor intenso que hace mis ojos llorar. Los niños apuran sus últimos minutos de juegos antes de que el ocaso del día los obligue a estar en casa. La carretera se ha convertido en un improvisado campo de canicas donde decenas de chavales juegan sin parar a pocos metros del inmenso trasiego de coches y camiones de la zona. A pocos metros de nuestro coche, aparcado en el lado opuesto de la calzada, un fuego provocado destruye los pocos árboles que quedan en la zona. El ejército, en previsión de lo que pueda pasar en el conflicto, está allanando el paisaje, para posiblemente alojar a más personas en caso de que sea necesario. En medio de tanta humareda, una niña mira ajena a pocos metros de las llamas como el ‘camión de bomberos’, si se puede llamar así, lanza el agua hacia el lado contrario, momento en el que decenas de niños aprovechan la ocasión para darse esa ducha que tanto echan de menos.


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Sobre el autor

2 Comentarios

  1. Víctor J. 26/02/2011 en 14:55

    Omar, en primer lugar darte la enhorabuena por el reportaje y agradecerte el que muestres constantemente al mundo esa realidad en la que desgraciadamente viven demasiados seres humanos. Y por otro lado, denunciar por enésima vez esa hipocresía que no sólo tienen muchos de los que nos gobiernan, sino también una determinada parte de la ciudadanía que, ante hechos como estos, suelen mirar hacia otro lado. De ahí que posiblemente triunfen programas como “gran hermano”, “salsa rosa”…

  2. Mady 26/02/2011 en 11:29

    Sobrecogedor panorama. ¡Camboya, siempre Camboya! Y estos abismos sociales que trituran toda dignidad humana.
    Los nadies, los olvidados. Y los que gustan del despilfarro y las alfombras rojas.
    Y como telón de fondo eso que llaman Mercado y es cueva de ladrones. Sin escrupulos devastan, roban y condenan a los pueblos por unas riquezas naturales que no les pertenecen.

    ¿Cúando dejaremos de ser siervos pasivos, ciegos y sordos? ¿Cúando tomaremos conciencia responsable? y de las trágicas consecuencias que comporta nuestra mentalidad, nuestra sumisión voluntaria, nuestro “estilo de vida”

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