Jueves 29 de septiembre de 2016,
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Mileuristas con un nuevo estigma: emancipación precaria

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Más de la cuarta parte de los jóvenes de 29 años vive con su familia


Se van antes de casa, pero un mercado laboral muy flexible, el de la vivienda muy rígido y un Estado que delega en las familia les obliga a depender de sus progenitores hasta los 30

El número de jóvenes de entre 16 y 29 años que viven exclusivamente de sus ingresos
casi se ha duplicado desde 1997, hasta alcanzar en 2006 un 26,3%. Además, el
porcentaje de quienes se independizan de la casa familiar ha crecido un 11% en diez
años, hasta llegar al 31% en 2006, y los jóvenes que el Instituto Nacional de
Estadística califica como personas emancipadas (las que tienen un empleo
remunerado, son el miembro con mayores ingresos de un hogar o su cónyuge) han
pasado de ser un 16% en 1997, a un 29% en 2007.

Hay un 13% más de jóvenes emancipados que en 1997, pero ya a los 29 años de edad, el 60% aún depende de sus padres
Soler: “La protección de los padres (…) ayuda a la
emancipación pero desincentiva las responsabilidades
políticas y la toma de medidas  que atajen las dificultades emancipatorias”

Semi-independencia

“Imputamos el ascenso a esta situación coyuntural y a que las familias han adoptado
nuevas estrategias para facilitar antes la emancipación de los jóvenes”, explica Roger Soler, uno de los autores del estudio, elaborado a partir sondeos realizados
el CIS a miles de jóvenes en los últimos diez años mediante entrevistas personales y
de datos de diferentes ediciones de la Encuesta de Población Activa y citado por SINC. Soler subraya que han crecido las situaciones intermedias de semi-dependencia. Más
de la mitad de los jóvenes entre 21 y 29 años dependen económicamente de la familia
o residen en el hogar familiar aún viviendo de sus propios ingresos.

A los 29 años, la edad estudiada con mayores tasas de emancipación, más del 40%
de los jóvenes tiene una independencia total, más de la cuarta parte vive en casa de
su familia, y un porcentaje similar depende económicamente, total o parcialmente, de
su familia. Cerca de un 5% son dependientes residenciales y económicos.
La dependencia económica y la residencial tienen diferentes ritmos: “La emancipación
residencial no se corresponde con la económica, se marchan antes de casa pero
siguen dependiendo económicamente de sus padres”, apunta Soler.

Frente a otros países donde los jóvenes disponen de becas que proporcionan
autonomía durante sus estudios (como los países escandinavos) o pueden acceder a
créditos al estudio, en España, tanto Estado como mercado dejan a la familia la
función de proveer de un cierto bienestar a los jóvenes, afirma Soler.

“La protección parental”, que hace posible lo que el informe llama “transiciones
precarias de emancipación en forma de situaciones de semi-dependencia”, ayuda a la
emancipación pero desincentiva la toma de medidas en función de “responsabilidades
políticas” que atajen las dificultades emancipatorias, explica Soler.

La precariedad del mercado de trabajo no permite a los jóvenes obtener los ingresos
suficientes, indica el investigador. Ellos sufren más el desempleo, la temporalidad de
los contratos, la sobrecualificación y los bajos salarios y a diferencia de otros países,
es infrecuente compatibilizar trabajo y estudios. Además, una “protección social
deteriorada” delega responsabilidades en las familias (sólo un tercio de los jóvenes en
paro cobra subsidio por desempleo).

Mercado del trabajo flexible y el de la vivienda, rígido

Más complicado aún es conseguir una vivienda, señala el informe. Frente a la
flexibilidad del mercado laboral, el de la vivienda se caracteriza por su rigidez, una
escasa oferta de alquileres cuyo coste se ha disparado, unos precios de compra que
se han triplicado en una década, y un parque insuficiente de alojamientos de
protección oficial, que deja a un amplio porcentaje de la población sin posibilidad de
acceder a vivienda libre ni subvencionada.

Estos obstáculos tienen otros efectos entre los jóvenes y retrasan su entrada en la
vida política y ciudadana, destaca Soler. El investigador conluye que la tendencia de
los jóvenes a la “comodidad” de quedarse en casa y ahorrar no es una causa de la
situación, sino “el fruto de la situación actual”.

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