Domingo 22 de enero de 2017,
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Napoleón el Pequeño

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Pequeña historia de un estremecedor paralelismo

Opinión

Llevo casi quince días de inctividad para mis escasos, aunque fieles lectores, sobreponiéndome a la riada de descalificaciones que nos inunda. Los dos partidos principales del país, bien es cierto que uno más que otro, se manifiestan con lo peor de Quevedo y lo mejor del idioma carcelario.

Después de este hebdomadario paréntesis he decidido optar por no encontrar un solo calificativo para este ‘Presidente Pazatero’, que en etimología biológica significaría algo parecido a “paz sebácea”. Pero esto sólo es una liviana broma del poco humor que me ha quedado después de ver la limusina que le han puesto a nuestro famoso killer que ya ha entrado en la galería de la fama junto a José María Jarabo o el Arriopero.

He decidido optar por no encontrar un solo calificativo para este ‘Presidente Pazatero’, que en etimología biológica significaría algo parecido a “paz sebácea”

Por fin algo hallé; nada espectacular pero sí… ¿infamante o congruente? ¿Tal vez arriesgada comparativa? O como ha dicho el Supremo, “estremecedor”, dando una patada a la semántica y su lógica lingüística al calificar las amenazas de nuestro ‘caos Juanito’ como “estremecedoras” pero no “terroristas”. Es que estos señores magistrados de la ‘Suprema Corte’, ensalzados desde el pedestal de roble donde apoyar sus afiligranadas puñetas, tienen un humor que estremecería al huído e inolvidable Coll. Qué temblor me estremece si pienso en un honrado Juez del Supremo fulminado de un naranjazo en la cara, cayendo exánime en los brazos de su correligionario par mientras masculla en el campo de fútbol: ¡Pues si que era terrorista!”.

Volvamos a nuestro tema: el lugar electo por aclamación neuronal fue encontrado en un libro de, los libros ¡malditos libros!, Victor Hugo: ‘Napoleon le Petit’. ¿Y para ese viaje tantas alforjas de recovecos, diréis?. Pues sí. A tal conclusión llegué recordando este libro de juventud madura mientras se forjaba el Mayo del 68 y a los estudiantes extranjeros nos sacaban deprisa del país que nos acogió.

En ese mismo país, hubo una vez un ciudadano: Carlos Luís Napoleón Bonaparte y fue elegido Presidente de la República en 1848 “…un hombre joven aún, vestido de negro… un rostro pálido… ojos pequeños y sin brillo, la actitud tímida e inquieta… ninguna semejanza con el emperador.” Así describía Víctor Hugo a quien pasaba bajo el umbral en cuyo frontispicio se leían las palabras: Liberté, Égalité, Fraternité. Quién juró permanecer fiel a la República a los tres años, (¡Hélas, qué coincidencia!), la quebranta, arresta a los representantes, atenta contra el poder legislativo, (“¡Mostesquieu ha muerto!,” Guerra dixit, otra coincidencia), robó el oro de los franceses, (¡Montilla, Clos…!, otrosí), decreta el despotismo y sube al trono. Mientras, los jefes de la derecha disfrutaban diciendo “es un idiota” (que no “bobo solemne”). El mismo Victor Hugo, dice: ” No es un idiota. Parece absurdo y loco porque está fuera de lugar…limitaos a situarlo fuera de la civilización europea.

Estos señores magistrados de la ‘Suprema Corte’, ensalzados desde el pedestal de roble donde apoyar sus afiligranadas puñetas, tienen un humor que estremecería al huído e inolvidable Coll

 

No deseo extenderme más; por favor, leed el libro. Terminó nuestro Napoleón el Pequeño, final del Libro III, por ordenar la masacre de Diciembre: las calles, muchas, entre otras, Poissonière, Montmartre, Saint-Denis… tantos, tantos lugares donde probablemente habremos disfrutado el reposo de una cerveza a la sombra de nuestros recuerdos. Leyendo la lista de muertos… “Señorita Seniac, bordadora, calle Saint-Martin 240, muerta en el hospicio Beaujon … Thirion de Montauban, propietario, calle de Lancry, muerto a la puerta de su casa, etc. etc.” así hasta ciento noventa y un (191) muertos que Bonaparte confiesa en un documento o inventario oficial de víctimas asesinadas aquel diciembre. Siniestro espejo de cualquiera de las víctimas de ETA; cualquiera.

Termina así su capítulo o Libro III: “Desde el momento en que pusieron el pie en el umbral de esta ciudad, desde que los cascos de sus caballos resonaron en el pavimento de nuestras calles, austríacos, ingleses, prusianos, rusos, todos, al penetrar en París, han vislumbrado en sus muros, en sus edificios, en su pueblo, algo de predestinado, de venerable, de augusto; todos han sentido el rumor de la ciudad sagrada; todos han comprendido que tenían ante ellos, no la ciudad de un pueblo, sino la ciudad del género humano; ¡todos han humillado la espada que levantaban!… eso que Wellington había prohibido a sus montañeses semidesnudos, eso que Schwartzemberg había impedido hacer a sus Croatas, eso que Blücher no había permitido a sus landwehr, eso que Platow no había osado ordenar a sus cosacos, tú, tú se los has hecho hacer a los soldados franceses, ¡miserable!

Libro VII: “… todos esos actos que llamáis crímenes son ya hechos consumados y, en consecuencia, respetables; todo eso ha sido ya aceptado, todo se ha adoptado, todo es ya legítimo, todo se ha tapado, todo se ha sido absuelto. …¿Por quién? Por una votación ¿Qué votación? ¡Los siete millones quinientos mil votos!“.

Con sus variantes, similitudes, diferencias, saltos de escala y tiempo; tú, tú José Luís Rodriguez Zapatero, lee este libro, Zapatero, estás viendo para otro lado mientras ignoras a jueces y fiscales, policías y etarras, islamistas y confidentes, espías y comisarios mentirosos. En París aprendí que los bulevares eran hermosos diseños pero en otros libros, no de Urbanismo, entendí que el urbanista Eugène Haussmann era más que nada un Prefecto del Gobierno Civil que ensanchaba rectilíneo las calles para mejor desplazar las tropas. La Historia será muy dura después si no cambias para que podamos cambiar todos esta vergüenza.

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