Sábado 01 de octubre de 2016,
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Navidades ‘abandonadas’ o la imposible vuelta al hogar en los despoblados

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Vista panorámica de Santa María en Cameros

Santa María en Cameros (La Rioja) es una aldea sin gente y con casas que apenas son la sombra de la que fueron. Se las está comiendo la ruina

Dicen que cuando Icona decidía comprarlos, ya estaban de capa caída. Eran pueblos con el abandono metido en el alma. Entonces llegaba el Instituto para la Conservación de la Naturaleza (Icona), ofrecía un dinero, no he oído si mucho, poco o suficiente, y los que estaban aburridos de tanto éxodo junto a los que hacía un tiempo que se habían ido pero conservaban sus casas, todos, vendían. Icona repoblaba los terrenos deforestados del lugar con pinos, poco exigentes siempre para crecer. Entonces, el suelo, antaño esquilmado por la presión ganadera, empezaba a recuperarse gracias a las coníferas. Pero las casas, sin dueño, se iban hundiendo hasta quedar como ahora en montones de piedra cada vez más incapaces de burlar la gravedad. Cuando paseo por Santa María en Cameros, ruina sobre ruina, y veo el verde de los pinos en el barranco, pienso en estas repoblaciones que ponen vida en un sitio y la quitan de otro. Quizá la vida sea sólo un trasvase.

 

Los tres arroyos que confluyen a los pies de la loma donde se yergue Santa María en Cameros (La Rioja) están helados. Las piedras que les lanzamos nos devuelven un ruido seco que delata que el hielo está “más duro que la pata de un santo”, como diría mi madre. Pero el sábado fue Navidad y el viernes Nochebuena. Y aquí el silencio es tan sepulcral como hermoso. En estas fiestas tan escandalosas no sé dónde puede haberse metido el bullicio. Quizá se haya pulverizado en los vanos de la espadaña de la Iglesia, donde ya no cuelgan las campanas. ¿Para qué? Ya no hay nadie a quien llamar ni nadie a quien recordar.

 

La torre de la iglesia, del S. XVISanta María en Cameros es una aldea sin gente y con casas que apenas son la sombra de la que fueron. Se las está comiendo la ruina. La iglesia de la Asunción está en una lista roja que elabora la asociación ‘Hispania Nostra’. Publica relaciones con las construcciones de valor arquitectónico en nuestro país que se las está llevando la desidia y el olvido. SOS desesperados que sueñan con entrar en el espectro sonoro humano y ser captados por algún oído sensible y dispuesto a la acción. No sé, tal vez fueran más eficaces los mensajes en una botella. La iglesia de la Asunción está literalmente que se cae.

 

También está cambiando la línea recta por la combada el magnífico frontón pegado al templo. El día de Navidad podría haber sido una buena fecha para disfrutar de un partido entre los mejores pelotaris de la zona.

 

Y detrás del frontis, una fuente con abrevadero y sin los dos caños que parece que tuvo. Se la están comiendo los matorrales. Pero aún se conservan las magníficas losas que dibujaban un camino para acercarse a los caños sin embarrarse en los días de lluvia.

 

Pienso en la buena situación de la casa que ya ha perdido el tejado y la llena la maraña vegetal. Está enfrente de la fuente, junto al frontón y al lado de la Iglesia. En el corazón social del pueblo.

Dicen que cuando Icona decidía comprarlos, ya estaban de capa caída. Eran pueblos con el abandono metido en el alma

Un buen lugar para vivir, eso sí, sin agua corriente, ni electricidad, ni ninguna otra comodidad. Pero cuando no existían tampoco se podía reparar en ellas. Lo malo es cuando empiezas a darle vueltas a que en otros lugares cercanos es posible vivir de otra manera.

 

¡Qué vida más esforzada la de aquellos vecinos! Como está en una cumbre, añadieron terreno a la cima a base de construir bancales….Muros de piedra sobre piedra, arquitectura seca la llaman, y luego imagino que irían rellenando el interior con tierra para formar sus huertos y sus eras. La única manera de añadir superficie a una pendiente. Y los muros de sujeción del terreno habría que mantenerlos, y ese oficio daría de comer a más de uno en la zona.

 

Aún se conserva el murete que delimita la dehesa de quejigos de Santa María. Las llaman dehesas boyales. Son un ejemplo de armonía de intereses. En una dehesa los árboles crecen de manera espaciada para que en el suelo pueda germinar la hierba. Los árboles frondosos, hoy magníficos robles con unos troncos espectaculares, dan leña para el fuego, bellotas para el ganado, que además pace a sus pies y en verano se refresca a su sombra y se garantiza la pervivencia del bosque en lugar de arrancarlo para convertirlo en pastos.

 

Al final de la dehesa hay un magnífico acebal. Acaban de hacer una entresaca que ha limpiado parte del bosque para que crezca de una manera menos enmarañada y más equilibrada.

 

En la nieve hay huellas de ese tránsito invisible que hay en el monte pero que nos habla de venados, jabalíes, tal vez tejones. Atravesando el hayedo nos ha parecido ver un gato montés. ¡Es curioso cómo van quedando nuestras pisadas impresas junto a las de otros mamíferos! Siempre pienso que en el bosque, aunque parezca mentira, hay horas en las que aquello puede parecer la Gran Vía. Las huellas en la nieve no me contradicen. Y vuelvo a la reflexión del principio: tal vez la vida en algunos casos no sea más que un mero trasvase.

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1 comentario

  1. Cristina Lasa 15/05/2012 en 11:00

    Hola,
    me ha encantado leer tu artículo.
    Conozco muy bién la zona, mi familia es de San Román de Cameros. Desde muy pequeña me encantó Santa Maria y me gustaría que se repoblase, pero de gente.
    Un abrazo,
    Cristina.

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