Domingo 11 de diciembre de 2016,
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No es necesario un terremoto para acabar con un pueblo

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OPINIÓN

Basta con apagar sus sueños y destruir toda capacidad posible de anhelar y, peor aún, de luchar y de exigir para que desaparezcan de la faz de la tierra, convirtiéndose en muertos vivientes justo en espera de la inevitable extinción completa

“La mayor dificultad no está en las circunstancias, sino en el pensamiento”

Hace unos días tuve una recaída en mi salud; definitivamente esto me puso a pensar en muchas cosas.

Desde que me diagnosticaron lupus, traté de comprender el sentido que la enfermedad tendría en mi vida, muchas cosas de mí misma se aclararon, y lo más importante que

Más que comparar a México con Haití para sentir que estamos mejor que otros, considero que Haití puede ser, tristemente, nuestro futuro

logré aprender es que jamás volvería a tolerar algo que me lastimara o, peor aún, que me humillara o me hiciera olvidarme de mí misma, anteponiendo a otros, o aceptando situaciones que no me llevarían ni me acercarían a nada que me ayudara a crecer como persona, o simplemente, a ser feliz.

Desgraciadamente, lo hice durante mucho tiempo, y al final algo dentro, muy dentro, muere lentamente y nuestro ser sabiamente te cobra una factura.

La recaída de mi salud después del diagnóstico y de una respuesta favorable al tratamiento, me hizo pensar en la fragilidad que nuestra humanidad presenta a diario, y de la que muy pocos somos conscientes. La salud no es algo que directamente está bajo nuestro control, de ahí la vulnerabilidad a la que todos, sin distinción, estamos expuestos. Hace varios meses aprendí una gran lección y en estos días aprendí una nueva lección igualmente muy importante.

Es increíble escuchar hablar a las personas de la tragedia en Haití, de hecho, la mayoría se consuela de sus propios problemas comparándose con lo que viven en ese país tan desvalido. En muchas ocasiones he expresado que ese es un consuelo que no tiene validez, pues nuestra propia historia y nuestras propias circunstancias deben ser nuestro comparativo de bienestar si así lo deseamos. Las circunstancias están construidas y son dadas a cada uno de acuerdo a sus propias habilidades y capacidades, de hecho, en gran medida nosotros las hemos elegido y aceptado, y de las que no están dentro de nuestro control elegir, debemos ser conscientes que nuestra actitud ante ellas sí depende de nosotros y es sumamente vital confiar en nuestras capacidades, en todo aquello de lo que sí somos capaces; y enfrentarlo a capa y espada, sin dudar ni un minuto de la infinidad de posibilidades que se abren ante nuestros ojos para poder resolverlas y enfrentarlas.

Convencer a un pueblo entero de que no son capaces por sí mismos, además de cruel, es conveniente para muchas autoridades

Más que comparar a México con Haití para sentir que estamos mejor que muchos otros, considero que Haití puede ser tristemente nuestro futuro, lo que más me duele de la población haitiana, y que veo en muchas de las personas de nuestro país, es el grado extremo de indefensión en el que hemos caído, esto es, la imposibilidad que sentimos de ser capaces de hacer las cosas por nosotros mismos, esperando que alguien más nos resuelva la situación, o, peor aún, de sentir que de lo peor, tenemos lo menos peor y que así podremos seguir sobreviviendo.

El convencer a un pueblo entero de que no son capaces por sí mismos de hacer las cosas y de ni siquiera saber lo que necesitan, y aceptar fielmente lo que otros le dicen que es su necesidad primordial, aunque en realidad no lo sea, es realmente cruel, pero para muchas autoridades definitivamente resulta sumamente conveniente.

Al exterminar totalmente cualquier capacidad de iniciativa, creatividad, capacidad de anhelar, soñar y construir en una persona, la anulas por completo, y destruyes lo que nos dignifica como seres humanos y, sobre todo, lo que da sentido a la existencia de una sociedad.

El resultado, en gran medida, de todo lo que está sucediendo en Haití, es parte de este efecto tan triste que han vivido las personas de ese lugar, a tal grado que ni el propio Gobierno sabía como enfrentar la situación, porque además, tristemente, ni al Gobierno le importaba en el pasado lo que les sucediera, por lo que jamás hicieron nada por resolverlo. El pueblo desesperanzado y con la creencia de que las posibilidades no existían ni en ellos mismos, se sentaba a esperar, y esto lo único que ocasiona es que las circunstancias sigan presentándose, éstas no se detienen; sobre todo las tragedias naturales, esas, nadie las puede evitar, pero enfrentarlas sí podemos, y si la sociedad ya cuenta con redes construidas por sí mismas, en el momento de las tragedias solo se

Al exterminar totalmente cualquier capacidad de iniciativa, creatividad, capacidad de anhelar, soñar y construir en una persona, la anulas por completo

ponen en práctica y se echan a andar.

La mayoría de los mexicanos hemos perdido en algún momento de nuestras vidas la esperanza, la confianza y el deseo.

La decepción que vivimos a diario ante las injusticias, la corrupción y la falta de apoyo y, sobre todo, de interés de las personas a quienes realmente deberíamos de interesarles, nos está anulando por completo la confianza en los otros, pero principalmente en nosotros mismos, y muchos seguimos esperando que otros vengan a resolver nuestros problemas y seguimos aceptando soluciones que nos entregan como la verdad absoluta, cuando está comprobado que no es así, y peor aún, que no somos tontos y que no pueden engañarnos.

El país cada vez está peor… es una triste realidad, la situación cada vez es más difícil, la economía empeora, y el sentimiento de que no avanzas y de que solo trabajas para satisfacer tus necesidades y pagar tus deudas es algo tristemente generalizado. Igualmente la forma en que nos miramos unos a otros, todos con el afán de sacar el mejor provecho y, peor aún, de ver a quién perjudicas para salir bien librado. Si entre nosotros mismos nos vemos de esa forma, ¿qué podemos esperar de cómo nos miran nuestras autoridades?, ¿nuestros representantes?, ¿los diputados, los senadores, nuestros gobernantes?, ¿nuestros propios jefes?

Es increíble platicar con un niño que te abre su corazón y te dice que siente que no le importa a nadie, y este sentimiento empieza a cobrar raíces desde el seno de nuestro hogar, de ahí se expande, a nuestra escuela, con nuestros maestros, los directores, las autoridades de educación, y conforme crecemos la situación empeora, los niños de forma innata perciben que lo que viven con gente que los ama, o debería amarlos incondicionalmente lo vivirán con los demás y, es obvio esperarlo de alguien que no tiene

Las decepciones diarias ante las injusticias, la corrupción y la falta de apoyo e interés nos está anulando por completo

nada que ver contigo… Esta es nuestra triste realidad.

Al desmembrar a una sociedad al grado de no preocuparse unos por otros, y no pensar en que cada una de mis acciones afectará directamente a los que se encuentran cerca o lejos de mí, y, por consiguiente, a mí mismo, creamos una reacción en cadena de catastróficas consecuencias.

El lugar mas crudo en donde todos los adultos lo vivimos a diario es en nuestros lugares de trabajo. La enajenación que vivimos los profesionales y los empleados, todos los días, es trágica, y es la consecuencia mas grave: trabajar únicamente por un salario que al final no significa gran cosa, porque solo lo obtienes para subsistir, y acaba representando la pérdida de tu propio ser, porque al entrar ahí todos los días desapareces convirtiéndote en un objeto más, que al final termina no sintiendo, para poder sobrevivir.

Las cosas que vemos todos los días en nuestros lugares de trabajo se asemejan mucho a lo que sucedía en Haití: la gente con desesperanza ante las injusticias diarias, el desinterés de los jefes y las autoridades, el ventajismo de muchos que se agrandan los bolsillos con el único esfuerzo de la corrupción, y todos los demás sentados, observando que nuestro propio dinero obtenido de nuestros impuestos y nuestro sudor diario, termina siendo el premio de los que no se merecen ni siquiera tener el empleo que obtuvieron.

Ésta ha sido la gran lección que últimamente he aprendido. Mucha gente me pregunta cómo sobrevivir en un lugar de trabajo donde lo último que importa son las personas y sus necesidades, donde al final tienes que darle a los usuarios lo que bien se pueda, o peor, lo que se pueda con los menos, porque lo más es para otros, olvidándose de lo que sienten y de que un trabajo de verdadera calidad implica hacer las cosas como se deben y no como se pueden. Yo les contesto que, tristemente, al final somos las mismas

Escuché a alguien decir “ni modo, lo bueno es que yo no lo veré, que lo arreglen mis nietos”, la frase más cruda e inhumana que se puede escruchar estos días

personas las que hemos convertido nuestros lugares de trabajo en eso, y que permitimos y toleramos todo lo injusto y lo incorrecto, convirtiéndolos en estilos de vida que definirán el destino de nuestra existencia.

Escuché a alguien decir, “ni modo, lo bueno es que yo ya no lo veré, que lo arreglen mis nietos”… y me parece la frase mas cruda e inhumana que se puede escuchar en estos días… el sentarnos a observar que todo se destruya y no hagamos nada, no solo es trágico, es ir en contra de nuestra propia naturaleza con toda la conciencia de autodestrucción….y, definitivamente, yo no estoy dispuesta a ser un simple espectador en la historia de nuestra realidad.

No he sido una espectadora, de eso estoy ahora más segura que nunca, he luchado a diario por conservar mi espíritu, ahora me toca conservar mi salud y luchar por lo que es justo para mí y para los míos. El camino que elegí no es el más fácil, y es triste ver que en este sendero son muy pocos los que caminan y también muy pocos los que te ofrecen ayuda. Al contrario, es una vereda por la que siempre hay piedras, y en donde nunca falta el que te ponga más para que no llegues al objetivo, que no han entendido que a todos nos corresponde llegar, y en donde lo que tú logres grandemente nos afectará a todos de forma positiva.

Confío plenamente en mí misma, en la medida en que confían mis hijos en mí y todas aquellas personas que en algún momento han puesto en mis manos sus vidas para superar su salud emocional y mental. De todo corazón, a ellos, mi más grande agradecimiento.

Y es por estas situaciones que se presentan a diario, y por esa sensación, que las circunstancias nos inyectan el sentir de que no podremos, y que las posibilidades no existen, por lo que vale la pena luchar, por que la vida es frágil.

No es necesario un terremoto para acabar con un pueblo, basta con apagar sus sueños y destruir toda capacidad posible de anhelar y, peor aún, de luchar y de exigir para que desaparezcan de la faz de la tierra, convirtiéndose en muertos vivientes justo en espera de la inevitable extinción completa.San Francisco de Campeche, Camp.


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