Domingo 25 de septiembre de 2016,
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“Nosotros, los pobres”

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OPINIÓN / ¿Creen que en un país con un 63% de mileuristas, y otras personas que no cobran ni eso, realmente existe una gran clase media?

Tal y como comenté en mi artículo ‘El problema de los actuales líderes políticos de la izquierda‘ publicado aquí en Bottup, probablemente no es sólo que vivamos en un país en donde, desgraciadamente, no existe la clase media, sino que lo más lamentable del caso es que una gran mayoría de sus habitantes están convencidos de pertenecer a esa acomodada clase social.

Se decidió entonces realizar una gran operación de marketing que, sin lugar a dudas, dio los resultados apetecidos a quienes la idearon

Verán, yo nací en 1964 y mi infancia transcurrió durante aquellos años 60 y 70 en donde, en cierto modo, se empezó a gestar esa idea difundida por algunos respecto a la clase media, es decir, mentalizar a la población de que empezar a tener alguna que otra comodidad significaba entrar de lleno en esa clase social. Sí, así es, comprar una televisión, una nevera o, por supuestísimo, un SEAT 600, no sólo era que ganabas en calidad de vida, sino que de alguna manera se dejaba de ser proletario para convertirse en un pequeño burgués (o al menos eso les debieron contar ‘desde arriba’ a todos esos millones de proletarios que con el sudor de su frente al fin comenzaban a tener algún tipo de comodidades).

Así pues, probablemente fue ese el principio del fin de la conciencia de clase, esa conciencia que siempre ha hecho a la clase trabajadora (a partir sobre todo de la culminación de la revolución industrial allá por el siglo XIX) tener una determinada fuerza frente a quienes han ostentado el gran poder. Por lo tanto, y frente a aquella amenaza que durante la segunda mitad del siglo XX suponían los poderosos países del Este de Europa para los que ostentaban el poder en Occidente, se decidió entonces realizar una gran operación de marketing que, sin lugar a dudas, dio los resultados apetecidos a quienes la idearon. No, ya no había clase proletaria pues… el proletariado jamás había tenido las comodidades que ahora podía obtener una gran parte de la población (les dieron unas migajas del gran pastel a cambio de hacerles creer que posiblemente ya no volverían a tener las necesidades de antaño o, dicho de otra forma, compraron su alma por un par de electrodomésticos y una semana de vacaciones en la costa).

Y posiblemente de esta forma fue cómo en la mayor parte de los países occidentales se empezó a perder la conciencia de clase, aunque por suerte, algunos países como Suecia, Dinamarca, Noruega, Finlandia y algunas otras excepciones no cayeron en la trampa y esa clase proletaria sí obtuvo realmente el premio por el que habían luchado durante tantos años, y que no era otro que el de poder construir un verdadero y auténtico ‘Estado del Bienestar’ para de esa manera sí tener asegurada una determinada calidad de vida no sólo momentánea, sino de futuro, ya que es el propio Estado el que protege al individuo ante cualquier necesidad inesperada. Pero en la mayor parte del resto de los países de occidente esa unión ciudadana o de conciencia de clase quedó aniquilada de tal forma que hoy en día, a pesar de apenas llegar a fin de mes y además tener una hipoteca que con un ‘mucho de suerte’ algunos conseguirán pagar cuando tengan 70 años, pues resulta que esta gran mayoría de ciudadanos y ciudadanas están convencidos de pertenecer a la acomodada clase media.

Les dieron unas migajas del gran pastel a cambio de hacerles creer que posiblemente ya no volverían a tener las necesidades de antaño

Verán, no se si valdrá como ejemplo, pero recuerdo que en mi infancia, allá por los años 60 y 70 como anteriormente he dicho, siempre oí hablar metafóricamente a mi padre, cuando se refería a la clase social a la que pertenecíamos tanto yo como mi familia, como a “nosotros, los pobres”, y eso que probablemente, al menos en aquella época, mi familia sí que podría considerarse que pertenecía a esa clase media a la que muchos creyeron pertenecer por simplemente comprar un 600, pues en aquel tiempo del desarrollismo todo aquel que se dedicó al negocio de la construcción empezó a tener una muy buena calidad de vida. Así pues, por aquel entonces mi padre tenía una pequeña, pero rentable, empresa de construcción con varios trabajadores a su cargo, lo cual hizo que con los beneficios del negocio pudiéramos disfrutar de una buena posición social (aquello duró hasta finales de los 70 cuando de nuevo la construcción sufrió una de sus habituales y cíclicas crisis, pero eso es otra historia).

Pero aún así, y a pesar de gozar realmente de esa acomodada posición durante aquellos años (de ahí que les haya querido poner en situación), mi padre durante aquel tiempo jamás pensó que perteneciera a la clase privilegiada y ni tan siquiera a esa clase media a la que algunos de sus trabajadores creían pertenecer al comprar su primer televisor, pues probablemente las terribles necesidades que tuvo que sufrir en la posguerra le hizo comprender que, en el fondo, para conservar y defender los derechos sociales de las clases no dominantes (salvo en los países que tienen un elevado Estado del Bienestar) hay que tener claro que en cierto modo sólo existen dos grandes tipos de clases sociales: los que pueden vivir de rentas (puesto que sus abarrotadas cuentas bancarias les ofrecen tal opción individual), y los que necesitan seguir viviendo del esfuerzo de su trabajo, aunque por suerte hoy en día tengan más comodidades (como es el caso de la inmensa mayoría de los asalariados, incluyendo por supuesto a una gran parte de los autónomos y de los pequeños empresarios que, sin darse cuenta, muchos siguen sin entender que la unión social hace la fuerza).

Sólo existen dos grandes tipos de clases sociales: los que pueden vivir de rentas  y los que necesitan seguir viviendo del esfuerzo de su trabajo

Sí, esa fue siempre una de las lecciones de coherencia, humildad y realidad social que aprendí de mi padre desde muy niño, de ahí que, cuando con apenas 20 años hablé con un amigo sobre este tema y le empecé diciendo que “nosotros, los pobres, deberíamos concienciarnos de…”, de repente observé que mi amigo casi se enfadó conmigo diciéndome: “nosotros no somos pobres, somos clase media con bastantes comodidades” (en aquella época todavía existía la peseta, pero para que se hagan una idea de la posición social de su familia, su padre era un trabajador al que hoy podríamos englobar en el grupo de los mileuristas y, además, hipotecado). En fin, supongo que todavía hay mucha gente que confunde ser en cierto modo proletario (clase social que vive exclusivamente del fruto de su trabajo puesto que no tiene grandes cantidades de dinero en sus cuentas de ahorro) con ser indigente o con vivir por debajo del umbral de la pobreza (personas que desgraciadamente no tienen ni un mínimo para vivir con ciertas garantías de futuro).

Bien, pues como comprenderán, y en parte porque también con aquella edad de 20 años era algo habitual, decidí inmediatamente cambiar esa profunda conversación que estaba dispuesto a tener con mi amigo para empezar a hablar de chicas guapas, de fútbol y… bueno, iba a decir que de los cotilleos de la prensa del corazón, pero no, de ese tema de la prensa rosa he de reconocer que tanto en aquella época como ahora siempre he sido, por decirlo de alguna forma, un auténtico analfabeto del cotilleo. En fin, ya ven, cada uno tiene su cruz.

Víctor J. Maicas es escritor

Gráfico publicado en El País el 22 de febrero de 2012

Editado por la Redacción:
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Sobre el autor

Viajero incansable y escritor, mis novelas publicadas son “La playa de Rebeca”, “La República dependiente de Mavisaj”,“Año 2112. El mundo de Godal” y "Mario y el reflejo de la luz sobre la oscuridad". Son, principalmente, novelas comprometidas y de crítica social. Además, he escrito artículos para la prensa escrita así como también para diferentes publicaciones digitales. En la actualidad soy miembro del Consell de Cultura de la ugt-pv y socio o colaborador de diferentes ONG’s

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