Jueves 19 de enero de 2017,
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Pakistán en equilibrio

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Pakistán sufre tensiones entre quienes buscan más democracia y libertad y quienes piden independencia y un islamismo más radical. En este trapecio poliédrico es donde vive el gobernante Pervez Musharraf. La necesidad del general de apoyarse en los islamistas para la pervivencia del régimen, al que llegó mediante un golpe de estado, pone en jaque al mayor aliado de EE.UU. en la zona y, al tiempo, lugar de acogimiento de AlQaeda.

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Una mujer con velo, ante el retrato de Musharraf

Pakistán vive en el centro del radicalismo islámico. La inexistente y controvertida línea Durand que separa Pakistán y Afganistán es el reducto y el escondrijo de la plana mayor de Al Qaeda, al amparo de los avatares políticos e históricos de la zona, tanto en el pasado como en el más reciente presente, que ha obligado a alianzas y a desencuentros algo dirigidos por potencias extranjeras: el Reino Unido en el pasado, EEUU en el presente.

“Pervez Musharraf, ha jugado desde su posición de potencia nuclear y geoestratégica, a ponerle una vela a Dios y otra al diablo aliándose con EEUU y, al tiempo, viviendo una extraña connivencia/convivencia con Al Qaeda”

El dictador de Pakistán, Pervez Musharraf, ha jugado desde su posición de potencia nuclear y geoestratégica, a ponerle una vela a Dios y otra al diablo aliándose con EE.UU. y, al tiempo, viviendo una extraña connivencia/convivencia con Al Qaeda. Ese juego de malabares tras el 11S le ha traido suculentas ventajas en la zona y le ha convocado, frente a EE.UU., como el mayor aliado de EE.UU. entre los países islámicos al oeste de Arabia Saudí frente al radicalismo iraní y las potencias rusa y china.

Pakistán ha alentado a los extremistas que atentaron en septiembre y febrero pasados en India, actuando se bastión del sunnismo frente al chiismo iraní. La lucha pendiente con India, siempre en la sombra de la guerra, es su hito para la posesión de la temible bomba del islam. En frente los gigantes India, China e incluso Rusia, observan cómo EEUU crea un nuevo monstruo, al estilo Sadam o Bin laden del que esperemos no tengamos que arrepentirnos mañana. El inmóvil régimen pakistaní se enfrenta a una “gran oposición” islamista que se añade a la efervescencia independentista de Baluchistán: En el pasado el islamismo de las  madrasas era favorecido por el régimen mediante guiños interesados. Hoy ese matrimonio o convivencia agria se tensa mediante la convocación de una huelga general y la solicitud, perenne, de adoptar la Sharia como ley dominante y predominante.

“…los gigantes India, China e incluso Rusia, observan cómo EEUU crea un nuevo monstruo, al estilo Sadam o Bin laden”

El detonante de toda esta crisis larvada es el intento de destitución de la presidente de la Corte Suprema, Iftikhar Chaudhry en marzo pasado debido a  la oposición a la política autoritaria de Musharraf y la intención de eternizarse en el gobierno.

Detrás de todo esto y con los antecedentes antes descritos parece que el apoyo del estamento militar, sobre el que se asienta el poder de Pakistán se tambalea en un Pakistán que vive en una crisis pospuesta pero no eliminada.

Una desestabilización de Pakistán, al estilo Irak, dejaría el conflicto de Bagdad en pequeño al tiempo que desestabilizaría las balanzas del Islam y el frágil equilibrio en la frontera Indio-pakistaní, por donde transcurre el gasoducto de la paz de gas desde irán y Pakistán a India, expandiendo, en caso de un Pakistán débil, el poder de Irán y del Islam más radical hacia India y China y Rusia, con los que tiene tratados energéticos favorables. Todo ello sin contar con el peligro nuclear subyacente de la “bomba del Islam” pakistaní. La secuencia de asesinatos “convenientes” al poder, como el último de Karachi con 42 victimas, mediante sus milicias paramilitares afines junto con decisiones injustas y, de nuevo, favorables al gobierno de Musharraf ha llegado a indignar a la sociedad pakistaní que se levanta, ahora, unido por la argamasa del islamismo. La huelga paralizó las mayores ciudades del país, Rawalpindi, Islamabad, Lahore, Peshawar y corta las mayores vías de comunicación.

El poder de Musharraf decae mientras busca apoyo en lo que será su némesis: el radicalismo. Pakistán, se quema la mecha mientras se llega al corazón de la bomba.

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