Sábado 03 de diciembre de 2016,
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Paredes muertas de mi propia soledad

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OPINIÓN / Porque vivir quiere decir soñar… El llegar a ser anciano no tiene por qué convertirse en un camino sombrío, en un trayecto penoso

Pero lo cierto es que, en nuestra civilización actual -por así llamarla, pues en muchas ocasiones damos muestras inequívocas de estar poco civilizados…-, la vejez la estamos transformando en un problema emocional, nubes emocionales vestidas siempre de lutos.

Y es que muchas familias tienden a aparcar -como si de coches-chatarra se tratasen-, a sus más queridos seres –viejos- en cualesquiera residencias, donde los sentimientos humanos se transforman en piedras de granitos arcaicas, donde las ilusiones desaparecen todos los días cuando se acuesta la luna.

Y esto ocurre cuando las personas mayores saben, mejor que nadie, qué es importante en la vida, qué es accesorio, qué merece la pena hacer o desarrollar, qué amor es el verdadero y cuál es el falso…

Sí, desde luego, es cierto que los humanos llevamos anexa a nuestras mentes la soledad, sí, la soledad, cuando nos encontramos mermados en nuestras facultades físicas y mentales. Porque nuestros vínculos con los hijos -familias generalizadas-, se van debilitando progresivamente a medida que cumplimos más años.

Muchas familias tienden a aparcar -como si de coches-chatarra se tratara- a sus más queridos seres -viejos- en cualesquiera residencias

¡Y qué no falte la madre -mujer-, eje fundamental y necesario por el rodamos todas las familias! Los encuentros con el entorno familiar van siendo -poco a poco- menos frecuentes. Si convivimos con nuestros descendientes -hijos e hijas- nos vamos sintiendo como ‘pesadas cargas’.

Eutanasia acomodaticia para poder heredar al que se invita a morir, y desde luego, mejor antes que después. Y así forzarnos a emprender nuestro último viaje. Henri F. Amiel, Journal íntime, II, 181, dejó para la posterioridad: “Saber envejecer constituye la obra maestra de la sabiduría y es una de las partes más difícil del arte de la vida”. Sir Francis_Bacon (Londres, 1561 -id., 1626), filósofo y político inglés, manifestó: “Vieja madera para arder, viejo vino para beber, viejos amigos en quien confiar, y viejos autores para leer”.

Hoy por hoy no es raro comprobar que el anciano/a se cambie, con cierta frecuencia, desde el domicilio de un hijo al de otro: en cortos espacios de tiempo. Uno, cualesquiera, todos los que somos protagonistas de la senectud -período natural de la vida humana-, llegamos a entender que somos… viejas maletas -rotas y desteñidas- que se van pasando de mano en mano nuestros descendientes, tal y como si nadie las quisiera. ¡Qué triste resulta nuestra vejez! Esto fomenta, indudablemente, que el anciano deje de entender que la vida, y hasta nuestra muerte, tiene un sentido y muchas finalidades: respetémonos y amémonos los unos a los otros, que ésta es la verdadera religión del ser humano. Atrás quedan los cristianos, los mahometanos, los católicos, los budistas…, todas las religiones que tienen un solo Dios: el Dios de todas las religiones. Y comprendo que, si cada día tenemos un sueño, una ilusión, una tarea a desarrollar, de esta manera moriremos -poco a poco- sin darnos cuenta.

Estadísticas consultadas al respecto apuntan que éramos -uno se incluye también- siete millones de jubilados en el año 2003. Y es que cada día somos más los jubilados. Por lo que hace falta estimularnos -unos a otros- para que, en cierta medida, reconsideremos que seguimos poseyendo un presente y un futuro -este último más precario con proximidad a la muerte-, para que al final podamos luchar todos unidos contra la inactividad, contra la pérdida del amor de nuestros semejantes, contra la hostilidad de la que da muestras la propia sociedad en la que vivimos, que es proclive -cada día más- a una.

Eutanasia acomodaticia para poder heredar al que se invita a  morir, y desde luego, mejor antes que después

El día que mi costilla me falte -mi nunca bien valorada Mercedes- (deseo en verdad irme antes, dado que las mujeres son más diestras en defender y entender -polluelos de las familias-, a sus hijos), iré a dar con mis quebradizos huesos a cualquier residencia.

Hombres y mujeres, mujeres y hombres condenados de por vida a dialogar y pensar -con jubilados de edades similares- sobre el pasado, y esto es muy triste. De alguna manera se anula el binomio experiencia/entusiasmo. Es decir, el diálogo entre adultos y jóvenes. A estas casas de acogimiento -mal llamadas de la ‘tercera edad’: no existen edades para la muerte-, las deberíamos de llamar o conocer por su propio nombre: paredes muertas de mi propia soledad. Hay un proverbio chino que así reza: ‘De jóvenes somos hombres, de viejos niños’. Pues bien: ¡Cuidemos a los niños!

Sin presente y sin futuro, necesariamente, la vida en la vejez tiende a refugiarse en el pasado: ¡qué tristes perspectivas de vida se avecinan para las personas mayores! Pienso, muchas veces, que es provechoso reírse de un mismo e, incluso, de nuestra propia sombra: de esta manera descubro lo poco que sé, y lo mucho que me queda por aprender.

La sociedad que nos ha tocado vivir (¿esa maravillosa democracia española, qué nos habla del estado de bienestar para todos, qué nos habla de la igualdad de oportunidades, qué nos habla de viviendas asequibles para nuestra juventud…?) ha ‘roto aguas’, y ha relegado a las personas longevas, única y exclusivamente, para que emitan su voto cada cuatro años… A lo sumo ha construido pocas residencias -jaulas de soledad- donde podemos ir a morir, y, desde luego, ser olvidados por propios y extraños. Eso sí, para morir con tranquilidad, llevando sobre nuestras espaldas sacos pesados con tierras cargadas de olvidos, penas y sinsabores.

Son los ancianos quienes acumulan mayores índices de depresiones y suicidios. Vivir estas situaciones y desear la muerte, verdaderamente, todo es uno

Y, sin embargo, los mayores también somos seres humanos que poseemos nuestros corazoncitos -que siguen latiendo con lentitud-, pero caminamos despacio, hablamos despacio… Debemos pasar ‘del rosa al amarillo’, esto es, de la vitalidad y pasión amorosa juvenil a un status de personas maduras: vida afectiva, segunda actividad, fomento de la cultura, hacer lo que nunca pudimos llevara la práctica… ¡Ah!, se me olvidaba (¿no lo adivináis?)…, y continuar nuestras vida sexual, un tanto limitada, y quien diga lo contrario miente como un cosaco, pero relegada al quinto lugar según el orden expuesto de lo que piensa un semejante vuestro, que puede estar equivocado.

Por último, como colofón, no dejo de leer y comprobar que son los ancianos -sus personas- en los que se acumulan mayores índices de depresiones y suicidios. Vivir en estas situaciones y desear la muerte, verdaderamente, todo es uno. Por cierto, que los viejos deben y pueden enamorarse, pues mientras hay vida existe siempre el camino hacia la esperanza.

Mariano Cabrero Bárcena es escritor.

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Sobre el autor

(...)He nacido en Madrid, 8 de Noviembre de 1938. Estoy casado y con dos hijos. Soy esscritor, poeta y ensayista. Funcionario de La Administración del Estado(escala Ejecutiva), jubilado, pero con unas ansias enormes de seguir escribiendo para aprender de los demás. Informar, tratar de ilustrar y entretener forman parte de mi bagaje cultural, que renuevo a diario. Y en todo momento trato de transmitir tranquilidad y esperanza a la sociedad actual: todo dentro de una ética periodística adecuada a cada momento. Busco como articulista el informar cuanto antes lo que acontece a mi alrededor. Lo demuestro con mis humildes obras( hijos propios salidos de mis sueños): "Periodismo: ¡Difícil profesión!" (1995) y "Mi compromiso con el periodismo" (1998). Intento penetrar en el difícil mundo de la poesía, y lo lleva a cabo con silencios, diálogos con muertos y con la exaltación del amor a la mujer: el ser más maravilloso sobre la tierra. Trato de demostralo con mis libros de poemas : “Reminiscencias de mi juventud, Poemas" (1994), "Miscelánea de muertes, sueñosy recuerdos, poemas" (1995), "La realidad de mis silencios, poemas" (1997) y "La travesía de la vida, poemas" (2001).Siempre escribo para aprender de los demás, de sus críticas, de sus consejos...He tratado de no mentir, más uno lo haría en dos casos muy concretos: a) para salvar la vida de un ser humano, y b) para elogiar la belleza de una mujer –parto de la base de que para uno existen tan sólo mujeres menos guapas, pues toda mujer tiene su encanto...-.

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