Jueves 29 de septiembre de 2016,
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Pasando la frontera de nuestra libertad

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Pasando la frontera de nuestra libertad siempre llegamos a una perturbación de nuestro estado de ánimo: es el miedo que ha llegado, y que prácticamente todas las personas hemos tenido

En las democracias actuales es costumbre que, para dar sensación de libertad mal entendida, los gobiernos que rigen éstas hagan oídos sordos a las demandas de los ciudadanos -votantes sempiternos-, que cada día del año están pidiendo a voces más presencia de las fuerzas policiales, cuya principal función consiste, y siempre ha consistido, en prevenir los delitos contra las personas y la puesta a disposición judicial de los presuntos delincuentes que los cometen… antes de que los lleven a la práctica.

Las sociedades actuales se están volviendo conformistas, y esto hace que, se noten poco ciertas dosis necesarias de descontento y de oposición

Y es que las sociedades actuales se están volviendo conformistas, y esto hace que -en ellas-, se noten poco ciertas dosis necesarias de descontento y de oposición, no precisamente a las leyes -que todos debemos respetar-, sino a la forma de legislarlas en los parlamentos democráticos. Sí somos libres… de decir y pensar lo que creamos conveniente, pero, si no coincidimos con los pensamientos de la mayoría, podemos correr el riesgo de ser marginados de la propia sociedad en la que vivimos: esto es una tremenda contradicción que, ineludiblemente, nos genera miedo en el interior de nuestros corazones.

Pasando la frontera de nuestra libertad siempre llegamos a una perturbación de nuestro estado de ánimo: es el miedo que ha llegado, y que prácticamente todas las personas lo hemos tenido en alguna época de nuestra mortal vida. Y claro está que, en los momentos actuales, las calles del mundo entero se han convertido, y ahora también las españolas, en escenarios donde cualquiera de nosotros podemos ser atracados, violados, vejados, insultados… y, en muchos casos, hemos de luchar por nuestra propia supervivencia, sacando fuerzas internas de nuestra adrenalina que se dispara a la velocidad del rayo… Y es que el miedo es libre.

Estamos llenos de miedos: miedo a morir, miedo al dolor, miedo a la enfermedad, miedo al sida, miedo a perder la cabeza, miedo al amor…: son muchos y variados los miedos que pululan por la sociedad del siglo XXI. Y es que todas las personas han sentido ‘miedo’ alguna vez en su vida. Y dado que aquellas son distintas según sus culturas, éste es intercambiable en el ámbito mundial. Podemos hablar del miedo español, del miedo americano, del miedo ruso… Y ahora vuelvo a aludir a lo de ‘las diferentes culturas’, que definen a un país con respecto a otro… Por lo que es conveniente venir en conocimiento de que cada persona posee su miedo, que es personal e intransferible.

Mientras los adultos enseñen a los menores a tener miedo, existirán siempre ‘semillas de violencia’ anidadas en sus pobres corazones. Hemos de acostumbrarnos a estar más en contacto con nuestros pequeñuelos –la esperanza del mañana–, cogedles de la mano y hasta andar a gatas alrededor de la mesa del comedor, y ayudarles a ser útiles e instructivos para con los demás cuando lleguen a su mayoría de edad. Desterrad las palabras atemorizadoras: ¡Que viene el coco!, ¡mira esos fantasmas!, ¡que viene el guardia de…! Todos necesitamos que nos quieran, y, desde luego, los niños más. La presencia de los pequeñuelos en nuestras vidas es, y se convierte, en una vivencia irrepetible difícil de olvidar.

Mientras los adultos enseñen a los menores a tener miedo, existirán siempre ‘semillas de violencia’ anidadas en sus pobres corazones

Y es que todos los seres humanos nacemos, en principio, con semillas de bondad, racionalidad y generosidad. Pero, al mismo tiempo, se desarrollan en el interior de nuestros corazones simientes de odio, xenofobia, crueldad, violencia… (los animales matan por hambre, pero los hombres/mujeres matan por puro placer… ¡Triste y puro placer!). Cuando cometemos crueldad contra los menores, los convertimos en juguetes rotos de por vida. Ashley_Montagu dejó escrito: “Aprender a hablar nos cuesta muchos meses. Aprender a amar puede costar años. Ningún ser humano nace con impulsos hostiles o violentos, y nadie se vuelve hostil o violento sin tomarse el tiempo necesario para aprenderlo”.

Es indudablemente cierto que tengamos cierto temor al calentamiento global, al terrorismo internacional y nacional, a emprender un viaje al extranjero donde podemos ser secuestrados para alcanzar un suculento rescate, a que te caiga encima cualquier ‘bomba del mal’ perdida en el espacio… ¡Son tantos los miedos con lo que convivimos! Y es que el miedo es libre.

Coinciden los entendidos en la materia, y entiendo que no están equivocados, cuando señalan que para formar el carácter de una persona, sin duda, precisamos de algunas necesidades primordiales. A saber: afecto, calor humano, alimentos… Es decir, todos los estímulos necesarios, y al mismo tiempo complementarios, para saber discernir entre el bien y el mal. Por el contrario, bajo necesidades contrarias a las anteriores: abandono psíquico o psicológico, falta de afecto, falta de comprensión… los niños/as tienden a desarrollar un carácter dudoso y temeroso: pierden el amor a la vida, y se convierten en ‘juguetes rotos’ de por vida, que muchas personas (mal nombradas de esta manera) violentan y tienden a deshacerse de ellos. Estoy hablando de realidades, que no de ficciones. He aquí por qué aparecen en el entorno familiar chicos/as solitarios.

Nuestra sociedad actual se ha hecho permisiva y complaciente, hasta tal punto, que todo nos parece bien, y hemos dejado de pensar, para no complicarnos la vida. ¡Bonito panorama!

Ningún ser humano nace con impulsos hostiles o violentos, y nadie se vuelve hostil o violento sin tomarse el tiempo necesario para aprenderlo

Avanzamos por un camino que parece equivocado, en muchos casos, tolerante y, como consecuencia nos encontramos inmersos en un cúmulo de defectos (imperfecciones morales): hay defectos de familia, de estado, de ocupación, de edad, etcétera. Si todos estos defectos coinciden en un individuo y no se previenen con prudencia y eficacia, estamos contribuyendo a formar un monstruo intolerable, una especie de ‘Superman’ en cuanto a las ideas, que nos lleva de un lado para otro sin limitaciones en cuanto al tiempo o al espacio.

Václav_Havel, dramaturgo [ex presidente de la República de Checoslovaquia (1993-2003)], dijo en su día a varios rotativos españoles: “La tolerancia empieza a ser una debilidad cuando el hombre empieza a tolerar cosas intolerables, cuando empieza tolerar el mal”. Preguntado si conocía la frontera entre una y otra, manifestó: “Desgraciadamente no hay computador ni matemático que pueda fijar la frontera. Esto depende del sentido ético y moral”.

Mariano Cabrero es escritor


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Sobre el autor

(...)He nacido en Madrid, 8 de Noviembre de 1938. Estoy casado y con dos hijos. Soy esscritor, poeta y ensayista. Funcionario de La Administración del Estado(escala Ejecutiva), jubilado, pero con unas ansias enormes de seguir escribiendo para aprender de los demás. Informar, tratar de ilustrar y entretener forman parte de mi bagaje cultural, que renuevo a diario. Y en todo momento trato de transmitir tranquilidad y esperanza a la sociedad actual: todo dentro de una ética periodística adecuada a cada momento. Busco como articulista el informar cuanto antes lo que acontece a mi alrededor. Lo demuestro con mis humildes obras( hijos propios salidos de mis sueños): "Periodismo: ¡Difícil profesión!" (1995) y "Mi compromiso con el periodismo" (1998). Intento penetrar en el difícil mundo de la poesía, y lo lleva a cabo con silencios, diálogos con muertos y con la exaltación del amor a la mujer: el ser más maravilloso sobre la tierra. Trato de demostralo con mis libros de poemas : “Reminiscencias de mi juventud, Poemas" (1994), "Miscelánea de muertes, sueñosy recuerdos, poemas" (1995), "La realidad de mis silencios, poemas" (1997) y "La travesía de la vida, poemas" (2001).Siempre escribo para aprender de los demás, de sus críticas, de sus consejos...He tratado de no mentir, más uno lo haría en dos casos muy concretos: a) para salvar la vida de un ser humano, y b) para elogiar la belleza de una mujer –parto de la base de que para uno existen tan sólo mujeres menos guapas, pues toda mujer tiene su encanto...-.

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