Jueves 27 de julio de 2017,
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Crítica

A Diego Godè le diría que cualquiera que no hubiera leído nada de él, tendría que empezar por Kieteling

Me dolió bastante, tanto como duele un relato que no trata de ser
ficción, aunque utilice el desmantelamiento de (dos) personajes cuando
expone su involuntaria teoría de la literatura
Sobre Kieteling habría mucho que decir. Lástima que yo sea un perezoso. Me dolió bastante, tanto como duele un relato que no trata de ser ficción, aunque utilice el desmantelamiento de (dos) personajes cuando expone su involuntaria teoría de la literatura.

Kieteling es la visión del mundo que se desprende de la literatura que
emerge del señor sentimental-mecanográfico Diego Godè. Es desoladora.
Qué más se puede decir.

Si estuviera hablando con Diego Godè (me concedo ese privilegio para poder hablar de mí mismo como entrevistador, prologante, o edicionado primerizo), le diría que cualquiera que no hubiera leído nada de él, tendría que empezar por Kieteling. Ahí es donde escriben dos personas que no son Diego Godè: Una de ellas es un señor que se sienta y pulsa las teclas de un ordenador a un ritmo demasiado equilibrado para ser frenético -y demasiado rápido para ser pensado; es decir, un mecanógrafo de los sentimientos… El otro utiliza el seudónimo, pero en realidad es el propio Don Diego Godente, “godiendo” como nunca. Una criatura desde la cual se desparraman la ironía (que no puede distinguirse de su personalidad), la desconexión de las técnicas narrativas -para dejar de contar las cosas y empezar a hablar sobre ellas, y sobre todo un tipo que, sin darse cuenta, escribe sobre la manera en que él mismo acostumbra a escribir.

Algunos llamarían a eso la etapa de “madurez” de un autor. Yo mismo prefiero pensar que soy deforme en cuanto a mi profesión, y que con eso tengo excusa suficiente para llamar a esa etapa “madurez”, pero juego con cartas marcadas. A sus futuros lectores les diría que hay otros escritos que se ajustan mucho más a la personalidad Godente, son más literarios, más ficticios, cuentan historias, encapsulan visiones del mundo, pero no son visiones del mundo.

En cambio, Kieteling es la visión del mundo que se desprende de la literatura que emerge del señor sentimental-mecanográfico Diego Godè. Es desoladora. Qué más se puede decir. Así es como me ha parecido la obra Kieteling, y el hecho de que a mí me duela leerla no perjudica en nada mi visión subjetiva del asunto: no tengo el juicio nublado, tengo los sentimientos volátiles, como la atmósfera de Marte. ¿Y qué? ¿Acaso significa eso que Kieteling es menos desoladora como visión del mundo que cualquier otra Kieteling que alguien (incluido yo) hubiera podido describir jamás?
Esa es una pregunta que no necesita respuesta. Se llama pregunta “retórcida”. Así que para alcanzar la madurez, Diego Godè ha tenido que hablar sobre la verdad, vistiéndola de mimo, como el (los) protagonista(s) de la literatura en XIII capítulos titulada Kieteling; pero la verdad que ha tenido que contar es la suya propia, por mucho que el verdadero autor haya disfrutado con la escritura de ciertas porciones de su(s) obra(s).
Eso no es demérito ni tampoco es elogio. Es lo que me dicta mi visión de la Literatura con Letras Mayúsculas. Habría faltado una recomendación para que los lectores digan de Kieteling lo que a mí me apetezca que digan (principalmente los Lectores con Criterio Propio Continuamente Actualizado), pero no he tenido el día muy católico: las mentiras no son mentira porque lo sean, sino porque los medios las repiten. Por otra parte, como he mencionado, es imposible decir si Kieteling es verdad o mentira, si es ficción o teoría de la ficción, si nos engaña y nos duele por un momento, o nos hiere de veras para toda la eternidad. Por tanto también es imposible saber si este comentario es verdad o mentira, si es ficción o teoría de la ficción, si nos engaña y nos duele por un momento, o nos hiere de veras…
Esta noticia concursa en el I Premio  Periodista Ciudadano en la categoría de: Ciudadanía y Sociedad

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