Domingo 25 de septiembre de 2016,
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Por qué nos gusta leer

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La identidad del narrador es lo único que no cambia a lo largo de la vida (foto: Rachel Sian)

Hablando de literatura hemos llegado a la vieja pregunta antropológica
de ¿quién soy yo?, y a su respuesta: soy el narrador

Al disfrutar por primera vez de una obra de ficción
experimentamos una nueva dimensión que nos transforma sutilmente. Su impacto sólo
es comparable al residuo onírico con que algunos sueños tiñen nuestra vigilia. Después
de su lectura nada es igual porque toda nuestra vida se impregna de elementos
literarios. No sólo de nuevos paisajes, personajes y emociones, también de la
capacidad de fabular.

Nos gusta leer porque
somos seres narrativos. Nuestra identidad es el resultado de un relato
ininterrumpido cuyos autores somos nosotros
La novela (…) nos
ayuda porque (…) nos revela la materia de la que estamos hechos

Con la lectura de obras de ficción mejora el discurso
general de nuestra vida y hasta nuestros sueños ganan en calidad literaria.
Pero eso no quiere decir que nos haga mejores personas; la literatura no está
hecha para el perfeccionamiento moral, en todo caso estético. Es verdad que
existen conexiones místicas entre bondad y belleza, pero todos conocemos estetas
que son unos indeseables.

Vale, pero ¿por qué nos gusta leer? Nos gusta leer porque
somos seres narrativos. Nuestra identidad es el resultado de un relato
ininterrumpido cuyos autores somos nosotros. Vamos contando nuestra vida a los
demás y a nosotros mismos y la memoria colabora recordando mejor las historias
que los hechos en que se basan. Nos gusta la ficción porque somos ficticios. No
en el sentido de que seamos falsos, bueno, algunos más que otros, sino en el
sentido de personajes de una trama que construimos con los elementos que la
vida nos ofrece y nuestra capacidad de contar historias.

Es difícil imaginar
siquiera nuestra identidad sin ese fluir discursivo del que somos narradores.
Narradores y protagonistas, aunque también víctimas, ya que casi nunca somos
completamente dueños de la trama. ¡Maldita sea!, ni en nuestra propias
invenciones salen las cosas tal y como queremos.

Hablando de literatura hemos llegado a la vieja pregunta antropológica
de ¿quién soy yo?, y a su respuesta: soy el narrador. Suena un poco
contundente, pero así es. La identidad del narrador es lo único que no cambia a
lo largo de la vida. Cambian el punto de vista del narrador (a veces
omnisciente, a veces atrapado en un personaje), la trama, los personajes (mamá,
papá, las mujeres, esa mujer en particular, dame pasta viejo, que me voy de
marcha, qué se habrá creído Juan Alberto, el mamón de mi jefe, qué ricura de
nieto, etc.), el estilo, el género (normalmente prosa con pinceladas épicas y
líricas para el recuerdo), incluso el protagonista se nos puede ir de las manos
hasta el punto de que nos cueste reconocerlo. Cuando es muy joven por
imprevisible, y a partir de cierta edad, porque comienza a parecerse
inquietantemente a nuestro padre o nuestra madre sin que podamos hacer nada por
evitarlo. Y es que llevamos la literatura en los genes.

La novela, en realidad cualquier género de ficción, nos
ayuda porque es una narración muy bien construida de la que podemos tomar
prestados elementos para el desarrollo de nuestra trama vital, pero sobre todo
porque nos revela la materia de la que estamos hechos. No podemos evitarlo. Ni
cuando nos entregamos a la vorágine de la vida social abandonamos el terreno
narrativo, simplemente ingresamos en el mundo dialogado del arte dramático y el
cine convirtiéndonos en actores y dramaturgos, que en el fondo es lo que somos:
auténticos monos dramáticos.

Pero volvamos a la idea inicial de que todo cambia después
de la primera vez. Aparentemente el mundo seguirá siendo el mismo tras habernos
sumergido en una trama de ficción, pero sabremos que existen otros mundos.
Nosotros tampoco habremos cambiado, pero percibiremos otras vidas en nuestro
interior. Otras vidas con las que vivir otros mundos. Y todo eso sin volvernos
locos, sin tener que abandonar nuestra butaca favorita, ni tener que
desarrollar lo que los americanos llaman, por falta de imaginación, una
personalidad múltiple.

Bueno, tampoco es tan fácil; leer no es consumir. Hace falta
cierta disposición de ánimo para abrir las tapas de un libro de ficción
sabiendo que los misterios nunca se revelan impunemente, que la aventura allí
escondida puede apoderarse completamente de nosotros, y, también, cierta actitud,
ya que sólo descubrimos los secretos de un buen libro a cambio de nuestra
entrega incondicional al placer de su lectura.

Foto: Rachel Sian

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