Sábado 29 de marzo de 2014,
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Preah Vihear: las ruinas del conflicto armado entre Tailandia y Camboya

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CRÓNICA / Una panorámica de tanques, carros acorazados, regimientos militares y soldados puebla Preah Vihear

La paz durante el día deja paso a los disparos tailandeses durante la noche, que ya han costado la vida a varios soldados camboyanos

Corría el año 1981, cuando un tal Tejero hizo que por primera vez en mi vida entendiera que los tanques y los soldaditos de plomo con los que solía jugar en casa de mis primos también existían en la vida real. Entonces no llegaba a los seis años de vida.

Han pasado justo 30 años y, curiosamente, el mismo día 23 de Febrero en el que un grupo de locos intentó instaurar el miedo en mi país, me veo de nuevo con los tanques y el ejército a pocos metros de mí. Solo hace unos meses visité este lugar como un turista más, la amabilidad de los soldados me conmovió por aquel entonces, ahora las miradas de esos valientes camboyanos, los cuales hace tan solo cinco meses tarareaban ‘Redemption Song’, del gran Bob Marley, al compás de la música de mi amigo Levi ‘el revolucionario capitalista’, habían cambiado, había tensión en sus rostros, y huían del objetivo de la cámara como si de un arma tailandesa se tratara.

“Nos gustaría contar lo que pasa, pero nuestros superiores nos han dicho que a la prensa y a los extranjeros no le digamos toda la verdad de lo que pasa”, afirmaba uno de los soldados, mientras nos hace de guía improvisado, a mi compañero de mi viaje, un ex soldado camboyano que luchó del lado vietnamita para liberar este país del régimen de Pol Pot. “Lo único que puedo deciros es que todas las noches los tailandeses abren fuego contra nosotros, aunque no respondemos. Están dañando el templo y han matado a varios soldados camboyanos”, replica.

La paz de este sitio es increíble, los pájaros cantan, y el silencio es la banda sonora de estas palabras que se mezclan con el olor de un campo que ha sido arrasado por la munición tailandesa. De repente, la señal del CMAC, grupo de desactivación de minas, nos anuncia que debemos quizás tener un poco más de cuidado por donde andamos. Son muchas las marcas rojas que nos indican que hay un explosivo activo, aunque aún más sorprende es ver este mismo color, acompañado de la clásica calavera, en el interior de la pagoda del complejo de Preah Vihear, a tan solo unos 15 metros de la bandera por la que este conflicto empezó, la cual sigue hondeando acariciada por el viento de este místico lugar. En las pasadas fechas, fuentes tailandesas afirmaban que no habían dañado las ruinas jemeres, algo que desde luego está muy apartado de lo que mis ojos pueden ver.

Según avanzamos, los soldados se empeñan en mostrarnos todos los lugares donde ha caído la munición tailandesa: las escaleras, alrededores, e incluso los propios muros de algunos de los templos del complejo jemer. La soledad que reina esta vez en este paraíso arquitectónico, contrasta con la alegría con la que los soldados mezclados con pocos turistas desprendían en el pasado otoño de 2010. Donde, por aquel entonces, los niños correteaban disfrazados de soldados adultos por las piedras, hoy los búnkeres improvisados han dejado una imagen de sobriedad difícil de encontrar en este país de sonrisas.

Al llegar al acantilado, las cosas se ven más claras, desde allí mi guía-soldado me explica desde donde los tailandeses atacan todos los días, una bandera con sus colores nos indica la frontera enemiga. De repente, una voz en perfecto inglés me interrumpe, se trata de ‘Su Excelentísimo’, como aparece anunciado en Internet, Kem Kunavath, miembro del comité central del CPP, partido del Primer Ministro Hun Sen.

Se presenta haciéndose pasar por un reportero de la Televisión Nacional, y dice que están haciendo un reportaje, sus cámaras no paran de grabarme mientras ando despacio al borde del acantilado de casi 700 metros, que permite ver la insólita belleza de este país. Acompañado por un equipo de la televisión de la que también es Director General, TVK, un canal al completo servicio al Gobierno de Hun Sen, recorre el complejo de la montaña filmando los destrozos que los M-46 tailandeses han causado en las ruinas del templo jemer. Nos paramos allí donde es más presente el daño, uno de los muro traseros de la pagoda principal está derrumbado casi en su totalidad, en sus proximidades varios restos de metralla de los proyectiles calibre 130mm lanzados por los M-46 tailandeses, o mejor dicho, la clase 59-1 ahora de manufacturación china, de la que Tailandia posee un total de 15.

Las señales del CMAC aparecen de nuevo, es momento de sentarse, y descansar del intenso calor que en esta mañana casi no nos deja respirar. Es entonces cuando Kem Kunavath comparte unas palabras conmigo, aunque se niega a ser fotografiado, y la pistola del guardaespaldas que no se separa de nosotros no es como para tentar a la Diosa Fortuna. Es ahí donde me afirma: “no entiendo por qué Tailandia reclama el templo, somos hermanos y no deberíamos luchar, sino más bien trabajar juntos, todas las noches los tailandeses abren fuego, están destruyendo este lugar sagrado para los camboyanos, mientras nosotros no abrimos fuego, no tenemos por qué hacerlo, Preah Vihear es de Camboya”. Apoyado en uno de los muros del templo me señala el lugar donde uno de los soldados camboyanos cayó muerto, “su sangre todavía permanece sobre las antiguas ruinas”, me afirma, mientras mis ojos lo constatan. Es entonces cuando se interesa por saber qué hace un periodista extranjero en la cima de la montaña, “no muchos han subido aquí desde el comienzo del conflicto, en total no más de diez, pero sin duda, creo que eres el primero en pisarlo desde que la paz durante el día reina en la zona”, me afirma, mientras se sorprende de que hable un poco el

Desde el inicio del conflicto no más de 10 periodistas extranjeros han pisado la zona, Omar Havana es el primero desde el cese de las hostilidades durante el día

idioma local. Es entonces cuando se despide, acompañando sus palabras de una enorme sonrisa me afirma: “después de tres años viviendo en este país, te has convertido en un camboyano más, eso es seguro. Buena Suerte”, algo que, como le contesté, “eso espero”.

Es hora de intentar acercarse a la línea que separa ambos ejércitos, área por el que hace cinco meses andaba como “Pedro por su casa”. Hoy los soldados que tan dispuestos estaban a posar junto a sus rifles de asalto, los tipo 56, la copia china del mítico Kalaschnikov ruso, se ocultan del objetivo de la cámara. La presencia de un extranjero les inquieta, pero aún más el saber que uno de los miembros del CPP no les quita los ojos desde su todoterreno blanco. No me permiten acercarme a más de 10 metros de ella, desde aquí se pueden contemplar los bazocas chinos apostados juntos a las improvisadas trincheras camboyanas. Los soldados descansan en sus hamacas como si nada fuera con ellos. A pocos metros, lo que antes era el punto de venta de refrescos, tabacos y demás vicios para los turistas que visitaban el templo, hoy se ha convertido en un improvisado casino donde los reclutas dejan en las cartas los pocos rieles que ganan por defender su país.

Ante la imposibilidad de sacar información de este mudo batallón de bravos camboyanos decido poner fin a mi ‘visita’ al templo Preah Vihear. Recostado en uno de los árboles de la entrada, recapitulo en mi cabeza todo lo que en estas casi cuatro horas he visto, escuchado o sentido. Un sonido familiar en este país me interrumpe, “sir, money”, es el mismo soldado que me ha hecho de guía impuesto el que me pide algo de dinero por su ‘trabajo’, la oportunidad perfecta para sacar la información que me falta, pienso, aunque a éste ni un billete de 50 dólares le saca unas palabras diferentes al discurso que le han hecho aprender de carrerilla. Un cartel agujereado por los tailandeses me da la despedida, “orgulloso de haber nacido jemer” reza.

Dos motos nos esperan para bajar por la nueva carretera en construcción hasta el pueblo de Svay Chrum, mientras intento seguir grabando sin morir en el intento, las cuestas tienen desniveles bestiales, los soldados apostados en sus casetas me dicen adiós, ahora sus sonrisas relajan sus caras. Mirando a la derecha, parece mentira que un templo de hace cientos de años en esta pacífica y selvática montaña mantenga en vilo a la población de estos dos países. Mirando hacia a la izquierda, los búnkeres, uniformes militares y los rifles de asalto tipo 56, los antiaéreos 61-K, y demás armas de la ‘paz’ te recuerdan la locura que es vivir en países donde la palabra de los ciudadanos es ignorada, donde el pueblo se pone al servicio de la política para defender ‘propiedades’ diferentes a las que anuncian normalmente la mayoría de diarios internacionales.

El silencio se apodera de nuestros primeros diez kilómetros con destino al campo de refugiados de Phum Thmei, en el distrito de Kulen. Dentro ya de un destartalado Toyota Camri, conducido por Naret, un soldado del Regimiento 51, y disfrutando de un espléndido aire acondicionado que enfría las quemaduras que el abrasante sol ha dejado de recuerdo en mi piel, no paro de pensar en los contrastes en esta zona del mundo. Esta mañana tomaba café en una ciudad repleta de turistas en busca de emociones en los templos de Angkor, tan solo a tres horas de mala carretera, dos países se apuntan mutuamente con armas de fabricación china, rusa, americana, francesa, israelí, italiana, alemana, y en tan solo 45 minutos estaré en un campo con más de 5.000 refugiados. Una vez más, esto es Camboya.

Tras una pequeña siesta, cansado de una panorámica llena de tanques, carros acorazados, regimientos militares y soldados, Naret nos anuncia que hemos llegado al ‘Pueblo Nuevo’, Phum Thmei. Nada de lo que me podía haber imaginado se asimilaba a lo que mis ojos vieron nada más salir del coche.

A menos de 70 Km se encuentra el campo de refugiados de Thmei, donde sobreviven 5.000 personas, los auténticos damnificados por el conflicto

Entonces y solo entonces, comprendí. Llevaba más de seis horas en la cima de Preah Vihear intentando sacar una buena imagen que interesara a esos medios de comunicación internacional que solo se empeñan en anunciar sangre y destrucción. Pero el instinto de un fotógrafo es diferente, algunos lo dan todo por la moda, otros por los reportajes de boda, aunque todos aprietan el botón con el corazón. En ese mismo instante, donde los primeros ojos de un niño refugiado entraron en mi visor, mi corazón se encogió, y como por instinto cada vez que sucede esto mi dedo índice siempre aprieta ese botón que inmortaliza un instante de la vida de sufrimiento y la tristeza de unos ojos que han sido obligados a desertar. Es desde este mismo momento, desde cuando el conflicto bautizado como Preah Vihear, se grabará en mi mente como la ‘Guerra de Phum Thmei’.

Han pasado 30 años desde que ese niño jugaba a dominar el mundo con sus soldados de plomo, hoy los tanques son reales en el país en el que vivo, los soldados se mantienen atentos, y los ciudadanos como mi compañero de viaje, no dudan en afirmar que empuñarían un arma si los tailandeses entran en Camboya. Han pasado muchos años desde que las guerras que la industria americana del cine nos vendía fueran ‘mis guerras’.

Las guerras no son más que discusiones políticas de quien tiene más o menos, de quiero tener más y no sé cómo hacerlo, de estúpidos engreídos que juegan con los seres humanos como yo jugaba de pequeño con aquellos tanques en la casa de mis primos. En el conflicto entre Camboya y Tailandia, la solución será como siempre suele pasar en estos casos: habrá un alto el fuego permanente que será roto cuando uno de los dos países vuelvan a tener problemas más graves de fondo, como es el caso en estos momentos. Tailandia no quiere cejar en su intento por recuperar la soberanía perdida en Preah Vihear, saltándose a la torera las decisiones de 1962 del Tribunal Internacional de la Haya, basados en tratados de la época de las colonias francesas. Intentan un imposible. Camboya espera, Preah Vihear es camboyano, y seguirá siendo jemer pase lo que pase, en este caso la táctica del Primer Ministro Hun Sen está dando sus frutos, es solo hora de esperar a que su homónimo tailandés, Abhisit Vejjajiva haga caso a la razón y ordene un alto al fuego incondicional, ratificando los acuerdos de 1962, donde se le daba a Camboya la soberanía sobre este templo, obra maestra del Imperio Jemer.

Aunque la guerra verdadera, esa que no sale en las primeras páginas de los medios de comunicación, es la que sufren los millones de refugiados que estos conflictos sin sentido producen. Ayer estuve junto a 5.000 de ellos, su vida, sus historias, su guerra, será contada en un próximo artículo.


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