Martes 19 de septiembre de 2017,
Bottup.com

“Es chévere que lo miren a uno con respeto”

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Reportaje:
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Sebastián es uno de los muchos niños que trabajan en Colombia

Sebastían tiene 12 años y como millones de niños en el mundo debe trabajar, en algo que también es ilegal en Bogotá: el bicitaxismo (triciclos para transporte de pasajeros)

¿Por qué pondrá  Dios al comienzo lo mejor de toda la
vida?
  Víctor Hugo

 

Fechas importantes para los derechos de los niños, las niñas y los adolescentes en Colombia

 

1979.  Promulgación de la Ley 7ª que reorganiza al ICBF y crea el Sistema
Nacional de Bienestar Familiar
, se le asigna al
Instituto el objetivo de brindar protección a la niñez y fortalecer a la
familia, para lo cual debe desarrollar acciones preventivas de la
desintegración familiar y de protección preventiva y especial para los niños y
la familia.

1989. La Asamblea General de las Naciones
Unidas aprueban la Convención sobre los Derechos del niño.

1989. Se expide el Código del Menor,
Decreto 2737.

1990. El tratado sobre los Derechos de los
Niños entre en vigencia en los estados que lo ratificaron.

1991. Colombia ratifica la Convención sobre
derechos del Niños de la Asamblea general de las Naciones Unidas1991. La Constituyente incluyó el principio
de Protección Integral a la Niñez, desde 2 dimensiones: Garantía de derechos de
los niños y Protección en situaciones difíciles. Artículos 13, 44, 45, 50 y 67.

2006
Se expide el  Código de la Infancia y la Adolescencia,
consagrado en la Ley 1098. Este 
sustituyó al Código del Menor, salvo en los artículos 320 y 325 (sobre
protección contra la pornografía) y en lo relativo al proceso especial de
alimentos.

“Es chévere que lo miren a uno con
respeto”, dice Sebastián Rodríguez mientras camina orgulloso con su ropa nueva
que emula a uno de esos cantantes de reggeton, pantalones en los que cabrían
tres niños de 12 años como él, y una enorme camiseta roja con mangas amplísimas
que dejan ver su pecho de niño.  Sus
botas deportivas también son nuevas y ese raro olor que despide se entiende
como algún nuevo perfume que compró, según dice, en el sitio más bacano del centro de Bogotá, “a las niñas también
les gusta que uno huela elegante”.

Van a ser la 9 de la mañana y los
oficinistas se encuentran ya en sus cubículos, los dependientes de los
almacenes ven sus primeras ganancias y doña Berta mira partir a su hijo por las
empinadas calles del barrio, y es que “a
una le alegra que ellos ya sean independientes, y hoy en día, si no quieren
estudiar, ¿qué podemos hacer?; aquí nos toca sudarla a todos.  El único es 
Camilo (el hermano de Sebastián, de 10 años), que  sí le gustó el estudio y
hasta le va muy bien, espere que venga y verá cómo tiene el cuaderno, tiene
letra de pura señorita, y dibuja bien el pelao… espere y verᔠ.

Sebastián enciende su reproductor de
música sin marca, “es chino” argumenta orgulloso, y acomoda su morral en los
hombros de tal forma que pueda mover sus manos como lo hacen sus artistas
favoritos mientras cantan y los giros que hace con sus dedos -por lo menos para
un ignorante en la materia-  son similares
a  los de éstos.  La pendiente lo empuja y sus pasos se tornan
forzados y sonoros… Sebastián va inmerso en la banda sonora de su vida…

Luego de unos minutos de camino le hace
la parada a un transporte colectivo mientras le enseña  al conductor siete de sus dedos: una mano
plena y una V de victoria con su otra mano. “Pues hombre, quiere decir que me lleve por setecientos pesos” explica
con una mueca que significa “es obvio, ¿no?”. “Es que pagar 1.200 pesos es una
maricada, a veces no lo llevan a uno, pero a esta hora estos colectivos van
desocupados, ellos pierden”.

Según una ley de 2006 ningún menor de 15 años puede trabajar en Colombia, aunque se estima que el 14,5% de los niños y adolescentes no tienen otro remedio que hacerlo
Su madre: “A
una le alegra que ellos ya sean independientes, y hoy en día, si no quieren
estudiar, ¿qué podemos hacer? Aquí nos toca sudarla a todos”

Toma asiento  orgulloso, se sabe observado y eso le gusta.
Comienza a desvanecerse en la silla hasta estar prácticamente acostado y lo que
sucede al rededor no parece importarle, sólo de vez en cuando se incorpora
violentamente para observar por la ventanilla a algún adolescente con unos
tenis de marca y repite para él mismo “qué chimba, qué chimba, uff…”.

Cuando llega a su destino no oprime el
timbre, Sebastián chifla y el sonido maltrata el oído, su aparente seguridad
molesta. Se baja del vehículo y envalentonado por la curiosidad y las miradas
de los demás pasajeros levanta el dedo pulgar de su mano derecha mientras
cierra el puño y agradece al chofer por el espejo retrovisor mientras se aleja
ajustando el sonido de su aparato de música.

“Quiubo, 
Salao, cómo le acabó de ir anoche ¿si cogió buseta?” –No guey, me tocó coger
dos, me figuró todo el camino de pie, juemadre.

Sebastián revisa que todo esté en orden;
llantas duras, cadena templada, carpa en buen estado, frenos…  “¡Bien, mi Pacha! Es que sumercé es linda”, y
se persigna para iniciar la jornada como “bicitaxista” en las cercanías a la
Biblioteca El Tintal, al sur de Bogotá.

Si bien, este tipo de transporte no ha
sido reglamentado por la Secretaría de Movilidad ni por el Ministerio de
Transporte, se sigue utilizando en lugares de reciente urbanización donde el
servicio legal no ha llegado.  Sebastián
es abordado por una abuela que con dos pequeños paquetes en los que se alcanza
a apreciar una rama de cilantro, Sebastián la invita a sentarse, se persigna de
nuevo y se aleja lenta y pesadamente calle abajo, en medio del  tambaleo torpe de su vehículo.

Sebastián Rodríguez, 12 años, habitante de
la Localidad de Suba, es miembro activo de un grupo del que no sabe que hace
parte, o más bien, es número, no censado, del 14,5% de niños, niñas y
adolescentes que, según el DANE (2001) trabaja en la ciudades de Colombia.
También contribuye en los porcentajes de niños entre 5 y 17 años que trabaja y
no estudia (5,2%).*

Algo
que tampoco sabe, aunque, se diría, lo sospecha, es que en Colombia, luego de
la expedición del Código de la Infancia y la Adolescencia, consagrado en la Ley 1098 de 2006, ningún
menor de 15 años puede trabajar, aun cuando anteriormente el Código del Menor y
la legislación laboral determinaban que los menores de 12 años podían hacerlo
en condiciones especiales y con autorización.

En su trabajo, Sebastián es el menor, pero
no por muchos años. Yeison Alfredo tiene 14, trabaja menos horas y gana 17 mil
pesos la jornada, 2 mil más que Sebastián. ”La gente no se fija en la edad o
esas cosas, lo importante es que uno vaya rápido y les haga la charlita”. Y sí,
a nadie parece interesarle que el trabajo que debería hacer un adulto lo
desempeñe un menor de edad.

Mientras “Salao”, “suda la gota gorda”, la
Convención sobre los Derechos de los Niños y el Código de la Niñez y la
Adolescencia que habla de protección integral, sujetos de derechos, prevención
de amenazas y vulneración, planes, programas, recursos, crecimiento pleno y
armonioso, igualdad, dignidad, amonestación para los padres, entre otros muchos
términos, reposan justo al lado de él. Quizá jamás entre a la Biblioteca El
Tintal, pero quizás sí:

“A mí lo que me gusta es tener la platica
para las cosas de uno. Pedir es una mamera. Veterinario sería chévere, con bata
y todo…allá en el barrio hay un resto de perritos que están botados y
reenfermos. Pola, la perra de nosotros, como que adoptó (se ríe de la palabra
que le parece rara) a unos perritos chiquiticos, eran tres, pero se murieron
todos”.

“Pues sí, me gustaría ir al colegio, me da
es como oso… Sí, yo sé, que toca primero aguantarse el bachiller y todo eso
para ir a la universidad y estudiar lo de los animales y esa nota, ¿eso tendrá
mucha matemática?”.

Mirando a Sebastián, tan duro a veces, tan
adulto y luego tan supremamente niño, afortunadamente, no es difícil imaginarlo
lejos de este sitio que no es el suyo, “guerreando”, como él dice, con Baldor
y  “esos manes que sí saben resto,
compartiendo un espacio animado con sus compañeros en un salón de clases,
liderando el comercio clandestino de bombombunes y pedaleando hacia la
“veteranía”, esa profesión que parece gustarle.

Mirándolo es triste saber que nadie hace
nada para animar su variable posición de niño – que va desde querer ser
futbolista en febrero a cantante de regueton en abril- pero que por eso mimo,
también podría invitársele a disfrutar de un libro o una conversación casual
con el maestro del que se acordará toda su vida.

Sebastián, alias Salao, se despide de
todos sus compañeros de trabajo, finge ser adulto y rechaza un cigarrillo que
le ofrece Dientes, le da una palmada cariñosa a la carpa de su vehículo y
atraviesa la Avenida Ciudad de Cali, con un desprecio por la vida que
aterroriza a quienes esperan su transporte a este lado de la vía. De lejos
levanta la mano y chifla estridentemente señalando a su reemplazo que ahí viene
el siguiente pasajero, “¡duerme, marica!” y se sube en un bus en el quizá sólo
paga la mitad del pasaje. Y se pierde.

En
el nuevo Código se entiende por niños o niñas las personas entre los 0 y los 12
años y por adolescentes las personas entre 12 y 18 años de edad. Este sector
humano y social  suma entre 16 y 18
millones, dependiendo de las distintas fuentes estadísticas que se consulten
(algunas fuentes aseguran que constituyen el 41% de la población).

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Esta noticia concursa en el I Premio  Periodista Ciudadano en la categoría de: Sociedad y Ciudadanía

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