Lunes 05 de diciembre de 2016,
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Qué ofrecen los políticos: espectáculo, representación y consumo

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Últimamente se han convencido de que su papel no
consiste tanto representarnos como en representar para nosotros

Opinión

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El espectáculo de la política o los políticos-espectáculo (Movimente)

Desde que la política ha unido su destino al de los medios
de comunicación sociales ha evolucionado en tres vertientes interesantes, pero
inquietantes: el espectáculo, la representación y el consumo. La metáfora tradicional
de la política como espectáculo es el circo: ¡Pasen, señores, pasen! ¡Pasen y vean! ¡Ante ustedes el
mayor espectáculo del mundo! ¡Ante ustedes, damas y caballeros, ante vosotros,
niños y niñas que pronto seréis votantes, se presenta el GCN!

Un circo
renovado en el que contemplarán aterrados al jefe de la oposición bramando como
fiera salvaje, sin domador que lo sujete ni jaula que lo contenga. Algo
pavoroso, se lo aseguro, algo nunca visto, algo que les helará la sangre en las
venas y sembrará de dudas y miedo sus corazones. Pero, a continuación, en un
ejercicio de hipnotismo y retórica, el jefe del Gobierno les hará olvidar todo
lo que han visto y oído, les transmitirá optimismo y confianza en el futuro
porque, señoras y señores, apreciados votantes, él, el gran prestidigitador,
les hará comprender que el país va bien.

¿Por qué aceptamos la política espectáculo? Porque somos
cotillas, (…) porque queremos
apiadarnos y aterrorizarnos, deseamos vengarnos, (…) deseamos
experimentar el deseo de justicia (…). Porque nos gusta
el teatro
Este mecanismo es el básico para mantener interesados a los espectadores y para
vender periódicos y otros productos que ofrecen los medios de comunicación
Ahora todo
gira en torno a la persuasión, la credibilidad, la puesta en escena, la
retórica, en definitiva a los elementos que constituyen las técnicas del noble arte dramático

También les hemos traído artistas
desde las más remotas tierras autonómicas. Les presentaremos lanzadores de
cuchillos, que raras veces fallan;  magos
e ilusionistas capaces de hacerles ver cosas increíbles como aserrar los
cuerpos de sus compañeros por la mitad y luego recomponerlos como si nada, o
casi nada; fieras, trapecistas, mentalistas, y un sinnúmero de payasos, que es
lo que más abunda en este circo del humor, tal vez un poco negro, pero humor al
fin y al cabo.

Sonrían señoras y señores, sonrían que no les cuesta nada. Y por
último me presento a mí mismo o a mí misma, que tampoco soy manco, ni manca, ni
estoy aquí, aunque les cueste creerlo, por ninguna cuota, sino por méritos
propios. ¿No me creen? Pasen, pasen y vean.

¿Por qué aceptamos la política espectáculo? Porque somos
cotillas, porque nos gusta vivir en la vida de los demás, porque queremos
apiadarnos y aterrorizarnos (como en la tragedia), deseamos vengarnos, riéndonos
de los malos o de los que envidiamos oscuramente (como en la farsa), deseamos
experimentar el deseo de justicia (como en el drama social). Porque nos gusta
el teatro. Lo que nos lleva al segundo plano de la política: la representación.

Hace mucho, muchísimo tiempo nuestros políticos querían ser
nuestros representantes, pero últimamente se han convencido de que su papel no
consiste tanto representarnos como en representar para nosotros. Ahora todo
gira en torno a la persuasión, la credibilidad, la puesta en escena, la
retórica, en definitiva a los elementos que constituyen el teatro desde tiempo
inmemorial, a las técnicas del noble arte dramático.

Pero toda representación
necesita un público. Un público crédulo que desee ser seducido. Sin estar
dispuestos a suspender el juicio, aunque sea temporalmente, para entrar en el
juego de la ficción es imposible la representación. Esos somos nosotros:
espectadores ilusos y ávidos de ficción. Por eso la verdad, como en el cine o
el teatro, no juega ningún papel. Las historias no tienen que ser verdaderas
para ser buenas sino verosímiles y sugerentes. La apariencia y una trama bien
construida son los ingredientes necesarios para mantener nuestra atención.

Pero
para que haya tensión dramática -elemento imprescindible en el mantenimiento de
la trama- tiene que haber conflicto. De ello se encarga el bipartidismo, el
eterno y siempre renovado juego entre gobierno y oposición. Hay más cosas pero
este mecanismo es el básico para mantener interesados a los espectadores y para
vender periódicos y otros productos que ofrecen los medios de comunicación. Se
trata exactamente del mismo mecanismo que mantiene el interés por los equipos
de fútbol rivales, con sus colores, su afición, su pasión y todo eso.

Finalmente la confluencia de intereses entre políticos y
medios de comunicación convierte la política inevitablemente en un producto de
consumo y a nosotros en consumidores. Consumidores más o menos informados, más
o menos exigentes, pero consumidores al fin y al cabo. Y como tales también en
presuntos implicados o culpables potenciales de lo que no sale bien.

De los
malos programas de TV no tienen ellos la culpa sino el share, o sea, nosotros;
de la degradación del medio ambiente no tiene la culpa la industria sino
nosotros que no consumimos responsablemente productos biodegradables, de la
tragedia de las carreteras no tienen la culpa la industria automovilística, la
falta de transportes públicos, los déficits de las carreteras, la legislación,
etc., no, la culpa es de los conductores. Pagamos y consumimos productos
inseguros -incluida la política mediática- en condiciones de inseguridad, y con
el superávit se financia una publicidad que nos vende más de lo mismo y nos
culpa a nosotros de las consecuencias indeseables.

En ese sentido la política como producto de consumo es la más sutil y
peligrosa de todas. Un instrumento más al servicio del capitalismo incontinente
que nos esponja y nos empapa. A su lado, la política como espectáculo y como
representación son inocentes juegos de niños.

 

Foto: Movimente

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