Jueves 08 de diciembre de 2016,
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Razones de una victoria

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OPINIÓN / El éxito de la selección en este Mundial no va a ser sólo deportivo: la elegancia, la prudencia, el saber estar, el respeto al adversario y el gusto por el estudio y el análisis de este equipo, servirán para poner freno a la superstición y el dogmatismo religioso

Nada más terminar el partido, La Siete inició una rueda de entrevistas ‘express’ con los protagonistas de la gesta. La victoria sobre Alemania metía a la selección española de fútbol en la final de la Copa del Mundo, y los ánimos estaban desatados. Sara Carbonero gestionaba los canutazos, mientras desde lo alto del estadio J.J. Santos coordinaba el post-partido, acompañado de Paco González, José Antonio Camacho y Guillermo Amor. De entre las pocas preguntas que se pudieron hacer, hubo una que se repitió a distintos jugadores: qué prometían si ganaban el Mundial.

Los medios de comunicación se han encargado como fieras de rociar por el aire el talismán que aseguraba al héroe el triunfo final: la promesa

Los guardianes de la fe católica llevan cargando sobre nuestras espaldas este castigo desde que los cristianos dejaron de ser perseguidos para convertirse en acosadores. La ‘promesa‘ es una especie de contrato que se celebra entre el Hombre y la divinidad, de tal forma que el primero se asegura el éxito de su empresa, y el segundo obtiene del primero una ofrenda en forma de padecimiento, dolor o humillación. La fe católica no es la única que emplea este tipo de contrato, pero sí la que más y mejor lo ha desarrollado.

La selección ha llegado hasta la final del campeonato del Mundo, basándose en un sanísimo sentido del trabajo, de la depuración del error, del tesón, del trabajo en equipo, de la inteligencia, de la prudencia y del respeto al adversario. Todas ellas virtudes emanadas de la razón y, en menor medida, del corazón. Pero una vez llegados a esta gran encrucijada que es la Gran Final, los medios de comunicación se han encargado como fieras de rociar por el aire el talismán que aseguraba al héroe el triunfo final: la promesa. Para ese último esfuerzo, ni el trabajo, ni el análisis, ni el estudio, eran ya útiles. El triunfo final sólo podía pasar por apostarlo todo a la sinrazón, a la irracionalidad, a lo inconsciente. El Todopoderoso se encargaría de todo, ellos sólo tendrían que entregar a cambio su padecimiento.

Inoculando este ánimo entre los creyentes de su fe, la jerarquía católica se ha asegurado dos cosas: la primera, dejar a todo el mundo bien claro que aquí, quien manda, es el Señor Todopoderoso. Que las cosas ocurren porque él quiere que ocurran; no porque el universo tenga ningun tipo de ley natural que el Hombre haya podido descubrir y estudiar. Y la segunda, ha conseguido asociar la inteligencia y el estudio a la derrota, al pecado, a la soberbia de quien quiere ser más que la divinidad. La famosa sentencia de Miguel de Unamuno, “que inventen ellos”, para referirse al desprecio que la sociedad ultracatólica de su tiempo sentía hacia la razón y el estudio, refleja bien a las claras esa intención. Hoy ese talibanismo católico ha remitido en su acoso, pero como podemos ver, el mensaje subliminal de sus consignas más perniciosas sigue vivo.

Iniesta pasó de la pregunta olímpicamente, pero Xavi fue, incluso, un poquito más lejos: le sugirió a Carbonero que empezaran a ser los periodistas los que se raparan el pelo

Para los medios de comunicación resulta muy goloso que los jugadores comiencen a hacer la patochada de turno para hacer más gráfica su promesa: raparse el pelo, teñirselo de alguna forma estridente, o grabarse un tatuaje. Para los medios la pasta es la pasta, y el dinero es su único Dios. No son ningún mensajero de la jerarquía católica, pero tampoco les importa a qué oscuros intereses están sirviendo con su comportamiento ni las consecuencias sociales de éste.

Hasta ahora, los jugadores han venido sometiéndose al rito de forma más o menos gustosa; pero algo debe estar cambiando en este país, cuando ni Xavi ni Iniesta pasaron por el aro cuando Sara Carbonero les preguntó sobre ‘su promesa‘ en el postpartido de Telecinco. Iniesta pasó de la pregunta olímpicamente, pero Xavi fue, incluso, un poquito más lejos: le sugirió a Carbonero que empezaran a ser los periodistas los que se raparan el pelo.

Malos tiempos deben de estar corriendo para la Iglesia Católica, cuando el desplante es tan evidente, y tan frecuente. Y es que la prensa no ha dejado en los últimos días de presionar a los jugadores con la dichosa pregunta. Laura Martínez, en la Cadena Ser, quiso colocarle el mismo yugo a Puyol, usando una fórmula más sutil: “Termina esta frase: si llego a la final prometo ….”. Y Puyol también declinó la invitación, de la misma forma que lo haría Vicente del Bosque en la víspera de la gran final. Los ‘manolos’ de Cuatro, Carreño y Lama, siguiendo ese aire de humor desternillante que le quieren dar a la sección, le preguntaron al seleccionador si se afeitaría el bigote si ganaban la final.

Si yo formara parte de las altas jerarquias eclesiales de este país, estaría más que preocupado. Mientras la España laica y racional triunfa en ese Mundial, la creyente y católica Argentina ha sido, junto a Francia (en manos de un entrenador-astrólogo), el gran fracaso de este Mundial. La imagen de Maradona aferrado a su rosario mientras Alemania goleaba a su selección ha dado la vuelta al mundo. El Dios católico se muestra muy cruel exigiéndole a su criatura que padezca y se humille públicamente si quiere alcanzar la salvación; pero se muestra mucho más cruel cuando, a pesar de las penas prometidas, le acaba dando la espalda delante de todos.

Si yo formara parte de las jerarquias eclesiales de este país, estaría más que preocupado. Mientras la España laica y racional triunfa, la creyente y católica Argentina ha sido el gran fracaso

¿Qué le queda ahora a Maradona? Su Dios le ha ignorado, y ha dejado bien a las claras su falta de recursos e inteligencia para preparar y analizar los partidos. El argentino ha reunido como jugador y como entrenador lo peor de la moral católica: ha hecho trampas (la mano de Dios y sus risotadas recordando cómo le habían dado de beber agua con somníferos a un defensa brasileño en el Mundial del ’90, están en la mente de todos), pasó por el mundo de la droga (lo cual no es nada de lo que avergonzarse si no vas dando por ahí lecciones de moral y pureza), ha sido padre fuera del matrimonio, es ligeramente homófobo (su enfrentamiento con Pelé ha dejado perlas inolvidables), y su arrogancia y soberbia son tan famosas como sus goles.

Si España ha ganado esta noche el Mundial, no habrá sido porque ningún jugador vaya a hacer la semana que viene el camino de Santiago o haya decidido subir al trastero la videoconsola hasta septiembre. Y si no lo hubiera ganado, sería mejor que hubiéramos analizado con serenidad e inteligencia las razones de la derrota. Esta noche, no todos los españoles habrán estado apoyando a la roja. Habrá muchos que se habrían enconmendado al Todopoderoso para que nos arruinara la noche, y para que el desánimo y la desesperanza colectiva les lleve de nuevo a la Moncloa.

Fotografía (CC): juanedc


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