Lunes 05 de diciembre de 2016,
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Relaciones terapéuticas

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La relación del médico con el paciente es crucial

Análisis: sistema de salud
El autor, psicólogo clínico, analiza las relaciones de los médicos con sus pacientes y la vital importancia de establecer una relación entre ambos que permita asegurar el éxito de la prescripción médica, algo cada vez más difícil, sobre todo cuando no se ‘recetan’ tratamientos sino cambios importantes en el estilo de vida del paciente.

El reto consiste en sistematizar la intuición, el ojo
clínico, el don de gentes, los años de experiencia, etc. Habría que convertirlas en
elementos básicos de la formación científica y técnica
Llevo trabajando codo a codo con médicos más de veinte años.
Durante este tiempo he aprendido a valorar el trabajo de estos colegas “tan de
ciencias” que dedican gran parte de su vida a entender -ellos dirán
diagnosticar- los problemas de salud que afligen a otras personas y a tratar de
ayudarlas. Hay muchas similitudes entre su actividad, particularmente los que
trabajan en atención primaria, y la de los psicólogos clínicos, profesión a la
que pertenezco, pero la principal de todas ellas es la necesidad que ambos
tenemos de establecer una buena relación terapéutica con nuestro paciente o
cliente para ser eficaces.

Construir una adecuada relación terapéutica implica varias
cosas:

1º) Establecer  una buena
comunicación con el paciente sobre la base de una información significativa
sobre su enfermedad o sobre su particular forma de enfermar (entre otras
cosas). Esta circunstancia crea una relación asimétrica, que hay que saber
manejar si se desea mantener una actitud activa y colaboradora por parte del
paciente evitando la pasividad, la indefensión o la dependencia

2º) Crear un
marco de seguridad y confianza que permita establecer un diálogo de
colaboración con el paciente sobre su enfermedad y su tratamiento

3º) Llegar a
un acuerdo sobre lo que ambos -profesional y paciente- pueden aportar en el
proceso de curación.

 

La elección del término relación terapéutica en vez de
comunicación o relación médico paciente tiene que ver con un aspecto esencial
de la misma. La así llamada es una relación que se construye expresamente para
curar, en sí misma es curativa (no es sólo el contexto de la cura) y en algunos
casos es la única herramienta (o la principal) de la que podemos echar mano
para ayudar a nuestro paciente.

Cuando el sujeto desea conocer el origen de su dolencia,
acepta el diagnóstico del médico y está dispuesto a seguir el tratamiento, todo
marcha sobre ruedas. El médico prescribirá el tratamiento, el paciente lo
cumplirá y si todo va bien se curará o mejorará.

Los problemas comienzan cuando
el sujeto no quiere conocer el origen de su malestar (o como es más frecuente:
quiere y no quiere), o no acepta el diagnóstico ni/o el tratamiento. También
cuando la prescripción principal no es una medicación, sino más bien un cambio
de conducta o de hábitos de vida. Estos problemas forman parte del trabajo
cotidiano del psicólogo, pero cada vez más también de la práctica habitual en
las consultas médicas.

Los problemas comienzan cuando
el sujeto no quiere conocer el origen de su malestar, o no acepta el diagnóstico ni/o el tratamiento

Problemas relacionados con el comportamiento alimentario
(anorexia/obesidad), el consumo de drogas, tabaco y alcohol, con el
sedentarismo, con el estrés laboral o, por el contrario, con el desempleo,
situaciones de insatisfacción relacionados con el cambio de ciclo vital y
familiar que pueden producir decenas de problemas psicosomáticos, hipocondríacos
o accidentes, etc., (sin que lleguen a ser diagnosticados de trastornos
psiquiátricos o de drogodependencias) o bien relacionados con la dificultad de
cumplir fielmente el tratamiento prescrito (adherencia al tratamiento) se
multiplican día a día en los centros de salud.

En los casos en los que la prescripción se convierte en
recomendación, consejo o en el inicio de una conversación con objetivos
terapéuticos, además de ofrecer información al paciente para que comprenda
mejor la naturaleza del proceso que padece, así como sobre las posibles
alternativas terapéuticas, también hay que ser capaz de motivarle para el
cambio. Si la medida terapéutica pasa por un cambio de conducta (o hábito) con
consecuencias apreciables sobre el estilo de vida de la persona no podremos
confiar solamente en el poder de la prescripción, ni en la apelación a las
consecuencias negativas. En el momento mismo que recomendamos “deje de fumar” o
“practique deporte” o “aténgase a las consecuencias”, solemos darnos cuenta de
las posibilidades reales de su cumplimiento. Casi siempre hace falta algo más.

La mayoría de los médicos con experiencia saben interpretar
las actitudes de sus pacientes: la preocupación latente por un diagnóstico, la
ambivalencia o predisposición ante un posible cambio, el miedo o la reticencia,
así como sus fortalezas, su confianza, los apoyos con que cuenta, etc. para
utilizarlas en favor de una mayor aceptación de la recomendación o para
minimizar aquellos aspectos que puedan convertirse en auténticas resistencias
al cambio y/o al tratamiento. Los buenos médicos disponen de una auténtica
batería de recursos en materia de comunicación que les convierten en expertos a
la hora de establecer una adecuada relación terapéutica en la práctica clínica
cotidiana.

Se trata de capacitar
para establecer una adecuada relación terapéutica, particularmente en aquellos
casos en los que el objetivo principal consista en la adopción de
una determinada conducta, actitud o hábito

El reto consiste en codificar y sistematizar esas buenas
prácticas que con frecuencia quedan dentro de epígrafes como: intuición, ojo
clínico, don de gentes, años de experiencia, etc. Habría que convertirlas en
elementos básicos de la formación científica y técnica.

En mi opinión no se
trata de dejar todas las cuestiones relacionadas con la conducta en manos de
los psicólogos (aunque sea clamorosa nuestra ausencia en el sistema sanitario),
creo que se trata de una habilidad médica básica. Tan básica como la preparación
pedagógica lo es para un licenciado que se vaya a dedicar a la enseñanza. Debería considerarse una disciplina teórico-práctica e impartirse durante la
carrera y los años de residencia.

El objetivo básico consistiría en capacitar
para establecer una adecuada relación terapéutica, particularmente en aquellos
casos en los que el objetivo terapéutico principal consista en la adopción de
una determinada conducta, actitud o hábito.  También sería útil en cuestiones tales como la
de dar una mala noticia diagnóstica a un paciente o a su familia, afrontar la
agresividad de algunos pacientes o la 
sobreexigencia de otros. Incluiría técnicas para la entrevista, el
análisis de la conducta, el análisis del proceso de cambio y la toma de
decisiones que afectan a la salud, la motivación para el cambio, las
habilidades sociales y la comunicación.

En definitiva se trataría de contribuir a la mejora del
proceso de comunicación entre médico y paciente ofreciendo al profesional
herramientas útiles adaptadas a su práctica cotidiana que mejoren su eficacia. Quizás
sea esta antigua “tecnología” la que deba desarrollarse para que la actividad
sanitaria proporcione la satisfacción y la eficacia que todos deseamos.


Fotografía: (cc) Loli *-*

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