Jueves 29 de septiembre de 2016,
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Relato de un rehén

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MICRORRELATO / Tras la captura, la noche en una mazmorra

En la calle un grupo de hombres desconocidos me salieron al paso, llevaban ‘Winchester’ unos y machetes otros. Descalzos y descamisados, andaban con no buenas intenciones. Quien me apuntaba con el rifle detrás de la cabeza me pidió subir a un jeep y salimos del pueblo por una carretera destapada que conducía a una vereda boscosa y desolada. El trayecto fue extenso. Una parte donde el carro no tenía paso la anduvimos unos a caballo y la otra mitad a pie, yo siempre con las manos amarradas y una soga de enlazar reses alrededor del cuello de la que de vez en cuando tiraban para hacerme caer. Opté por no hablar, pues en cada intento recibía, además de un lenguaje agresivo, un culetazo en la frente o en la espalda. Muchas horas después arribamos a una deshabitada ranchería de indios. Al fondo quedaba una mazmorra de ladrillos casi subterránea e infestada donde se podía sentir el golpeteo de cientos de patitas de bichos escabulléndose. Ahí me metieron. Recién entré todo estaba negro, una pequeña lucerna en lo alto del muro permitía entrar del exterior algunas brisas y pequeños puntos de luz empañada.

Debía de ser un poco más de la medianoche cuando abrieron la puerta y arrojaron un bulto a mis pies. Recogí las piernas para no tocarlo. El individuo, que se movía enroscado, soltaba hondos pujidos de dolor

Liberé las manos una vez supe adaptarme a la oscuridad. Recuerdo que vi una especie de camastro hecho de paja y, sobre éste, un montículo de huesos del que sobresalían cráneos. El piso estaba negro de suciedad, un acre olor amoniacal procedente de aquel cúmulo se respiraba en el calabozo. Agazapado quedé en un rincón: atemorizado y rezando para que no me mataran. Debía de ser un poco más de la medianoche cuando abrieron la puerta y arrojaron un bulto a mis pies. Recogí las piernas para no tocarlo. El individuo, que se movía enroscado, soltaba hondos pujidos de dolor.

Hubo una plaga de zancudos devoradores aquella noche, la más larga de mi vida. Los ruidos del monte trashumaban alrededor del húmedo y tenebroso recoveco. De madrugada empezó a llover duro y parejo. El destello de los relámpagos apenas podía divisarse, luego el ruido atronador del rayo me estallaba al pie del oído. Después de mucho aguardar decidí indagar al sujeto. ¿Quién?, dije. El individuo, ansioso, preguntó en repetidas ocasiones si yo era Miguel. A pesar de que la voz le sonaba destemplada, reconocí a mi hermano y fui a tantearlo en la oscuridad. Rodrigo, embutido y retorcido como un animal enfermo, temblaba inhalando ese fétido hedor a cadaverina de los muertos. Tenía las manos atadas a la espalda, lo solté y le ayudé para que corriera su cuerpo hacia mi rincón. Luego le indiqué que se cubriera la nariz con la camisa. El resto de la noche oímos voces distantes de hombres ebrios, sus risas y las exclamaciones de las jugarretas que unos a otros se hacían.

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