Martes 27 de septiembre de 2016,
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Ser niño en Tordesillas

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OPINIÓN / Un menor de trece años: “No. No nos da pena el animal. Yo no soy el toro. ¿A mí qué más me da que sufra?”

Si los animalistas tuviésemos que enumerar las veces que nos han dicho que no nos importan los seres humanos, e incluso que los odiamos, nos faltarían ganas, memoria y dígitos.

Así que hoy no vamos a hablar de Volante, el toro alanceado hasta la muerte en Tordesillas el 11 de septiembre, vulnerando la ordenanza según la cual debería haber sido indultado, sino de cuáles son algunos de los efectos que sobre las personas, las que sí cuentan para los gurús de la ética especista, tienen estas acciones.

Otro niño de ocho años expresa las ganas que tiene de matar al toro. Cuando el reportero le pregunta el motivo responde: “No lo sé, es la tradición”

La niñez, desde el punto de vista legal y según la Convención de los Derechos del Niño, se extiende hasta los dieciocho años. En el plano psicoafectivo, dura hasta que se alcanza un grado de madurez suficiente para tener autonomía, y, en el físico, hasta la pubertad. Sea como sea, una persona de trece años es un niño. Uno de esos seres a los que juramos otorgar protección especial en función de su particular vulnerabilidad.

Las siguientes declaraciones fueron realizadas por un chaval de esa edad a un conocido diario de nuestro país, con motivo de la celebración del Toro de la Vega en Tordesillas. Un crío de trece años que esperaba el paso del animal que iba a ser alanceado: “No. No nos da pena el animal. Yo no soy el toro. ¿A mí qué más me da que sufra? Y los que tiran cabras o corderos desde el campanario igual. Yo no soy ni la cabra ni el cordero. Me da igual…”. Otro niño de ocho años expresa las ganas que tiene de matar al toro. Cuando el reportero le pregunta el motivo responde: “No lo sé, es la tradición”.

“A mí qué más me da que sufra…”. Por favor, hagamos un alto, porque esta frase atraviesa los ojos y se clava en el cerebro. Hagamos una pausa y reflexionemos acerca de la terrible realidad que habita en esas palabras salidas de la boca de un crío. Creo que, llegados a este punto, sobraría seguir escribiendo. Así sería en una sociedad sana, pero a la vista está que en la nuestra tienen absoluta vigencia moral y legal aberraciones que elevan la perversión a la categoría de cultura, diversión y marca de identidad.

Se llama empatía a la capacidad de percibir y compartir afectivamente la realidad de otro individuo en un contexto común. Su carencia es, de hecho, uno de los rasgos de ciertas psicopatías. En el caso de ir acompañada de agresividad, se puede llegar a producir un proceso de cosificación de la víctima, animal o humana, ignorando la capacidad de ésta para sentir miedo o dolor ante un ataque violento.

Es evidente el vínculo existente entre los estímulos que ese niño está recibiendo, su actitud ante el padecimiento de un ser vivo que no sea él y la absoluta falta de empatía que presenta

No hace falta tener el título de doctorado en psiquiatría para entender el vínculo existente entre los estímulos que ese niño está recibiendo, su actitud ante el padecimiento de un ser vivo que no sea él, la absoluta falta de empatía que presenta y las consecuencias que tanto para él como para otros acarrea la formación que está recibiendo. Todo ello, y esta es la piedra angular del problema, contando con la complicidad de sus amigos y el beneplácito de padres, vecinos y responsables políticos.

No, no es necesario hablar del Toro Volante. Basta con hacerlo de un chico de trece años de Tordesillas para saber que la violencia no puede pasar por el tamiz de las especies y que es una conducta que, si se adquiere y se asume como natural, marcará de forma indeleble el código ético de esa persona. Sí, persona, no animal.

Lucía Arana Igarza (Protectora El Cau Amic)
@LuciaArana

Julio Ortega Fraile (Delegado de LIBERA! En Pontevedra)
@JOrtegaFr


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