Martes 25 de marzo de 2014,
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Sexo, cultura, género e identidad

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La sexualidad es una construcción social

La sexualidad es una construcción social

Se trata de desbaratar sistemas epistemológicos tradicionales, no se puede uno quedar solamente en el proceso de recibir y acumular información. Así pues es tan importante el sexo en la vida de cada una de las personas que es fundamental entenderlo y estudiarlo. Las apelaciones de identidad como género, clase social, formación racial, nacionalidad, sexualidad, son categorías que implican y explican ciertas relaciones de poder en la sociedad; estas relaciones son jerarquizadas según unos valores dominantes y limitantes.

Gayle Rubin, antropóloga cultural, a través de su ensayo ‘El tráfico de mujeres: notas sobre la economía política “del sexo”‘ explica que toda sociedad tiene un sistema de sexo-género, un conjunto de disposiciones por el cual la materia prima biológica del sexo y la procreación humanas son conformadas por la intervención humana y social y satisfechas en una forma convencional, por extrañas que sean algunas de las convenciones. Rubín señala que el sexo tal como lo conocemos -identidad de géneros, deseo y fantasías sexuales, conceptos de la infancia- es en sí un producto social. Pero hace énfasis en que es necesario entender las relaciones de su producción.

Toda sociedad tiene un sistema de sexo-género, un conjunto de disposiciones por el cual la materia prima biológica del sexo y la procreación humanas son conformadas por la intervención humana y social y satisfechas en una forma convencional

De esta manera, se presenta al género como una división de los sexos socialmente impuesta. Es un producto de las relaciones sociales de sexualidad. Los sistemas de parentesco se basan en el matrimonio; por lo tanto, transforman a machos y hembras en ‘hombres’ y ‘mujeres’, cada uno una mitad incompleta que sólo puede sentirse entera cuando se une con la otra. Desde luego, los hombres y las mujeres son diferentes. Pero no son tan diferentes como el día y la noche, la tierra y el cielo, el yin y el yang, la vida y la muerte. La idea de que los hombres y las mujeres son más diferentes entre sí que cada uno de ellos de cualquier otra cosa tiene que provenir de algo distinto de la naturaleza.

La vida sexual humana siempre estará sujeta a la convención y a las interacciones humanas. Nunca será completamente ‘natural’, aunque solo sea porque nuestra especie es social, cultural y articulada. La salvaje profusión de la sexualidad infantil siempre será domada. El enfrentamiento entre niños inmaduros e indefensos y la vida social desarrollada de sus mayores probablemente siempre dejará algún residuo perturbador. Pero los mecanismos y los objetivos del proceso no tienen por qué ser en buena parte independientes de la elección consistente. La evolución cultural nos da la oportunidad de tomar el control de los medios de sexualidad, reproducción y socialización, y de tomar decisiones conscientes para liberar la vida sexual humana de las relaciones arcaicas que la deforman. Una revolución feminista completa no liberaría solamente a las mujeres: liberaría formas de expresión sexual, y liberaría a la personalidad humana del chaleco de fuerza del género.

La evolución cultural nos da la oportunidad de tomar el control de los medios de sexualidad, reproducción y socialización, y de tomar decisiones conscientes para liberar la vida sexual humana de las relaciones arcaicas

Foucault parte de la idea de que la sexualidad está reprimida; sin embargo en vez de estudiar el origen de la represión, lo que hay que cuestionar según él, son las operaciones y las estrategias que se utilizan para reprimir la sexualidad en las sociedades industriales/capitalistas. No hay una sexualidad propia de un ser humano ni una manera natural e inherente de expresar o sentir placer. Lo que hay es un sistema que determina según una jerarquía de superior a inferior cuáles actos son aceptables en la sociedad. Esta norma, en una sociedad capitalista como la de los siglos veinte y veintiuno, tiene un interés en administrar la sexualidad a favor de un sistema laboral de mercado.

De esta manera, Gayle Rubin menciona que la precisión con que coinciden Freud y Lévi-Strauss es notable. Los sistemas de parentesco requieren una división de los sexos. Los sistemas de parentesco incluyen conjuntos de reglas que gobiernan la sexualidad. La crisis edípica es la asimilación de esas reglas y tabúes. La heterosexualidad obligatoria es resultado del parentesco. La fase edípica constituye el deseo heterosexual. El parentesco se basa en una diferencia radical entre los derechos de los hombres y los de la las mujeres. Así pues, el complejo de Edipo confiere al varón los derechos masculinos, y obliga a las mujeres a acomodarse a sus menores derechos.

Es entonces ese ‘elemento histórico y moral’ el que proporcionó al capitalismo una herencia cultural de formas de masculinidad y femineidad. Es dentro de ese ‘elemento histórico y moral’ que está subsumido todo el campo del sexo, la sexualidad y la opresión sexual. Es precisamente ese ‘elemento histórico y social’ lo que determina que una ‘esposa’ es una de las necesidades del trabajador, que el trabajo doméstico lo hacen las mujeres y no los hombres, y que “el capitalismo es heredero de una larga tradición en que las mujeres no heredan, en que las mujeres no dirigen y en que las mujeres no hablan con el dios”.

Existe un sistema que determina según una jerarquía qué actos son aceptables en la sociedad. En una sociedad capitalista como la de los siglos XX y XXI, tiene interés en administrar la sexualidad a favor de un sistema laboral de mercado

Personalmente al igual que Gayle Rubin, pienso que hay que soñar con la eliminación de las sexualidades y los papeles sexuales obligatorios. El sueño que me parece más atractivo es el de una sociedad andrógina y sin género (aunque no sin sexo), en que la anatomía sexual no tenga ninguna importancia para lo que la gente es, lo que hace y con quién hace el amor.

Imagen: bomboncito

Editado por la Redacción: subtítulo, destacados e imagen

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